7 de febr. 2014

EL VERMUT DE KIKO AMAT #6 - ARTUR ESTRADA (AINA/NUEVA VULCANO)


Aina me impresionaban como pocos grupos me impresionaban. En 1997 los miraba con una admiración poco velada. Aina me recordaban a Dexys, y cada vez que digo esto la gente me mira como si me faltase un hervor o me hubiese pegado un castañazo contra una farola. Lo mantengo. La cosa iba de intensidad y fervor religioso, de levantar a la gente, de dedicarse a una disciplina hasta las últimas consecuencias. Pero no mediante autodestrucciones triviales ni malditismo de plexiglás, sino a base de esfuerzo. Un esfuerzo exaltado, delirante, una concentración focal que Aina tenían y casi nunca he vuelto a ver en otras bandas. Podía atacar un ejército marciano por aire, tierra y mar, podían cambiar los ciclos lunares, pero Aina no abandonaban el local de ensayo; es que ni a tiros, se lo juro. Su dedicación era pasmosa, envidiable: parecían monjes locos, milicianos vocacionales, todo era irrelevante si lo ponías al lado de aquella idea.



Si quieren, les hablaré de potencia: Aina despeinaban, como ningún otro grupo me despeinó ni volverá a hacerlo. El impulso y brío de su música eran completamente físicos, te incrustaban en la pared, y a la vez te elevaban el alma. He visto grupos (locales, ingleses, americanos) palidecer, salir al escenario después de Aina cabizbajos y desmoralizados, arrastrando las guitarras como si fuesen cadáveres recién asesinados. Por vez primera, el equipo local ganaba en todas las ligas, incluso en las de campeones. Era algo que daba ganas de agitar banderas con tremendo frenesí: nadie vencía a Aina. Era imposible hacerlo. ¿Cómo ganas a alguien que pasa la mitad de su existencia en un cubículo musgoso perdiendo capacidad auditiva, perfeccionando su arte, y luego aparece allí arriba, sobrio y feroz? Entrevistándoles cuando se despedían, el año 2003, Pau Santesmasses (compositor principal, batería e ideólogo) me dijo: “Era una disciplina muy natural, que transmitía una pasión muy concreta.”. Y Artur Estrada (voz y guitarra) añadió: “Era pura dedicación.” Dedicación, disciplina, pasión. ¿Y aún les extraña que cite a Dexys?

Cuando Aina cesaron de existir, Artur Estrada formó un grupo nuevo: Nueva Vulcano. Perdió la mitad de fans, se marcó un espléndido The Style Council, porque, francamente, lo fácil hubiese sido continuar con algo parecido a su banda anterior. Artur tomó el camino pedregoso, el de las lacerantes zarzas, como el coronel Kurtz ingresando en los Marines a los cuarenta años, como Dexys (por tercera vez) cuando se obligaron a aprender a tocar violines: el camino arduo, cuesta arriba y contra corriente, salmón-style. Las coordenadas de Nueva son parecidas y disimilares a la vez: dedicación extrema pero mayor libertad de movimientos, potencia escénica (no tan despeinante como la de Aina, pero casi), emoción contenida-liberada, rotundas canciones en español, letras y estribillos memorables (con tendencia a esfumarse perversamente en la segunda estrofa) y una mirada lenitiva para con el paso en falso (quiero decir: NV se permiten cometer equivocaciones líricas, escénicas o sónicas; lo que, naturalmente, está bien). Y todo ello ensamblado con la ayuda de dos viejos amigos (Wences y Albert). Alguna gente se marchó disgustada ante tal trueque de significados y significantes, pero los que se quedaron –entre los que me incluyo– formaron otro considerable ejército de supporters, que continúa creciendo con los años. Puesto que he seguido a sus dos grupos como fan cercano, periodista aliado y amigote merodeador desde su primer single (Uptight, BCore 1995), puesto que siempre “tuve la sensación de pertenecer/a un escamote por el bien común”, se impone como nunca una conversación de calado en una vieja bodega de Gràcia.



Como es costumbre en esta santa casa, no empezaremos con “cómo habéis grabado el nuevo disco” porque a) No entendería nada de lo que me dijeras y b) Sería soporífero. Prefiero que me hables de tus revelaciones musicales, de infancia y adolescencia.
Gracias a Dios. Lo otro sería aburridísimo. Hablaremos de Bruce Springsteen, que sé que es un tema que te interesa muchísimo (ríe). En casa de mi padre él era el mayor de nueve hermanos, imagina, y los que eran diez años menores que él tenían discos de The Jam y El Último de La Fila, por ejemplo. Cito dos que te gustan (ríe). Había otros que eran una mierda. También The Police, recuerdo la primera cinta que mi padre me consiguió. Lo recuerdo perfectamente, en uno de esos recuerdos que quizás te montas tú para ordenarte la vida: ir en el metro a casa de mis tíos a grabarla. The Police, Regatta de Blanc. Si el año 1988 era el del concierto de Amnistía Internacional con el Bruce y toda la pesca, y yo tenía doce años, pues lo de Police debió ser a los diez. Una de mis tías tenía dieciséis años, y en su habitación había un poster gigante de Iggy Pop manoseándose el paquete. Y yo con mis diez años iba allí y flipaba, escuchaban mucho Bowie y Iggy, aunque esta gente a mí nunca me ha dicho nada. Esta tía mía al poco se hizo heavy, y allí terminó nuestra relación musical. Pero con mi otro tío sí continuamos. Y el concierto de Amnistía fue el primero en que vibré... Bueno, excepto con Deacon Blue (ríe) ¡Peter Gabriel tocó también! Recuerdo que el Bruce, después de veintisiete horas de conciertos de todo el mundo, tocó “Born to run”, donde siempre se hace lo mismo: se abren las luces blancas para que se vea a todo el público y se cante el Uo-uo-uo, y miré a mi alrededor y había gente durmiendo. Puro rock de estadios, que es una cosa que Nueva Vulcano siempre hemos dicho que tenemos, de épica absurda.

Supongo que sobre ese bagaje de Bruce y The Police al poco empezarías a amontonar los gustos de colegas, o de gente de tu alrededor, hermanos mayores de amigos...
En el camping donde íbamos los fines de semana había un amigo muy solitario y tal a quien le gustaban U2, The Clash... U2 me molaron, pero lo de los Clash fue fuerte. El recopilatorio The story of the Clash. Y por supuesto los Ramones, lo que más. Llegué a verlos, cuando tocaron en Barcelona. Fui con un colega al salir del básquet, yo aún ni tocaba en Aina.

Tocaron dos veces, las dos teloneados por BB Sin Sed, 1989 y 1990.
Debió ser en 1990. Le metimos güisqui al bote de Isostar que utilizábamos para el básquet y llevábamos en la bolsa. Quizás incluso fuimos en chándal (se lo piensa). No, en chándal no, fuimos en tejanos. Allí me encontré con Didac Santesmases (de Shanty Rd). Otro recuerdo inventado, tal vez: aquel fue el primer día que fumé.

A lo largo de estos años no estabas rasgando guitarras aún.
No, esto era muy prematuro. Tenía una guitarra pequeña que le habían regalado a mi madre de niña y yo utilizaba para jugar. Y en el camping, durante el verano, había gente que tocaba “Lola”, y cosas así, en fogatas de campo, cuando aún podías hacer fuego donde te daba la gana, o también podías escuchar un “The sounds of silence” desde otro sector... (ríe)

“The sounds of silence” es una canción perfectamente digna. No hay nada de qué avergonzarse.
Yo tenía trece o catorce años. En casa de mis tíos se cantaba por Navidad, cançó catalana, villancicos, y lo pasábamos en grande, gente encima de la mesa, alguna visita sospechosa al lavabo... (ríe). Con el tiempo he entendido el por qué. O sea: ¡eran muy jóvenes! Y de la fiesta. Incluso cuando ya tenía Aina me pedían que tocara algo y no tenía ni idea. A día de hoy sigo sin tener ni puta idea de tocar los clásicos. No sabría tocar “Knocking on heaven’s door”.



Unos jovencísimos Aina subiendo el ampli Ampeg por la ventana (no cabía por la puerta). ¿En algún lugar de Francia, 1995?

Ese es un gesto que te honra.
Ni esa ni ninguna otra. Es un drama. Te separa de la sociedad. Estás en un sitio y siempre alguien te pide que te toques una, ¿Tú tocas, no? ¿La guitarra? ¿Desde hace (con gran énfasis) VEINTE AÑOS? Y tengo que confesar que no, no se tocar ni una canción de... yo qué sé, Bob Marley.

No eres como Carlos Cros (ex-Selenitas), que es como un jukebox musical. Le ofreces un trago y le pides una y te la saca, pis-pas-Nicolás.
Eso, eso. Eso es súper admirable. Yo admiro mucho a Carlos Cros por eso. Y si no se la sabe, se la inventa. El Edu de Za! te tocaría ahora mismito un “Boig per tu”, aquí, tal cual, lo mismo que te sacaría una de The Magnetic Fields.

Todo eso me cuesta de creer. O sea: alguna podrás tocar. ¿Ni las de Mega City Four?
Esas sí. Cierto. El “Stop” de Mega City Four. Esa la toco en un santiamén. Pero si mi tía me dice que le toque algo por Navidad y le toco el “Stop”, ¿qué crees que me va a decir? (se troncha) Para no saber, no sé ni hacer cejillas.

Yo estoy peor, porque no sé ni de qué me estás hablando. ¿Cejillas?
Es como una posición simple, que es la que de hecho usan los Ramones, Clash y toda esa gente, que te permite hacer todas las notas, subiendo y bajando en el mástil. Muchas canciones con tablaturas y tal son cejillas que yo no domino. Eso te impide sentirte músico, o guitarrista, de entrada. Pero también está bien, mira.

Aina eran como los hermanos pequeños de la escena hardcore en Barcelona. ¿Cómo entrasteis a ese pequeño pueblo? La primera vez que escuché vuestro nombre no sé si me lo dijo el mismo Jordi BCore, cuando el tío pasaba por las desaparecidas oficinas de Semaphore (yo iba allí de visita), o si me lo dijo Marc Sora de Childhood, en plan “Hay unos chavales en Barcelona que son igualitos que Samiam”.
Habíamos visto a Subterranean Kids teloneando a Fugazi en Zeleste 2. Habíamos ido a conciertos pequeños de Communiqué, gracias a Pau Santesmasses. Nos habíamos encontrado en el cole, y él conocía a skaters, y fue él quien tiró de nosotros. Conocía la música por los videos de skateboard de la época, y yo conocía el punk que él no controlaba. Entre los dos nos complementamos. El grupo clave de la época para nosotros eran los Innocents. Porque los Corn Flakes eran mayores, y tenían una actitud distinta, y los Subterranean eran más de caña. Pero los Innocents... Yo no me lo creía, los veía tocar y me decía: “Dios, qué buenos, son buenísimos, les admiro”. Eran tres o cuatro años mayores que nosotros, lo suficiente como para tener una escena consolidada de peñita de Sants, con espíritu de barrio. Eran fiesteros pero muy positivos, hacían canción social pero también canciones de amor. Era un grupo que daba gusto ver. Transmitían algo. A la vez, parecía que sabían tocar pero no eran de hacer solos. Y como Samiam y Jawbreaker era lo que más nos molaba, pues eran perfectos. Nuestro contacto con toda esta gente era, de hecho, Marc Sora de Childhood. Ensayábamos en el mismo local y le pasamos nuestra primera maqueta.

Él difundió la palabra de Aina durante los primeros días, como un evangelio. Se lo decía a todo el mundo, el amigo estaba deslumbrado.
Haciendo aquello tampoco había tanta gente. Innocents, Penguin Village, que eran mucho más poperos que nosotros. Y nosotros desarrollamos una obsesión con todos estos grupos de BCore. Y obviamente con el rollo de Berkeley de la época. Estaban los Fuel, que nos encantaban. Y Samiam tocaron en una sala (más bien puto bar) de Zaragoza, y nos tuvo que llevar la madre de Pau, con Didac también, que era un niño. Y estuvimos hablando con ellos, y nos contaron lo que hacían en Oakland y Berkeley, donde en casas de colegas tocaban Green Day, Jawbreaker, ellos, Nuisance, Monsula, Fuel, por 2 dólares, y nosotros flipábamos. Existía una comunidad muy sólida, lo hacían todo muy bien. Luego nos dedicaban una canción a la “Barcelona people” (se monda). ¿People? ¡Pero si éramos cuatro gatos! En aquella época tocábamos con el Marc Grau, que luego estuvo en Els Pets.

¿Os habíais bautizado ya como Aina?
No. Teníamos otro nombre (pausa dramática y risas): Sunflowers. Que por tu cara veo que habíamos conseguido tener escondido de ti durante todo este tiempo (más risas). Con el dibujito de la flor y todo el rollo. Pero gracias a Dios había un grupo asturiano que se llamaban Soonflowers, con dos os, una flor desconocida. Al final nos pusimos Aina, por la hermana pequeña de los Santesmasses, y nos gustaba. Éramos Pau cantando, yo al bajo, el Marc Grau a la guitarra, que era el único que sabía tocar, cejillas, solos y lo que quieras, y el batería era un punki. Ensayábamos en el sótano de casa de sus padres, que eran recolectores de fruta que se habían mudado a Sabadell. Y allí empezamos, en el garaje. Ya me gustaría tener un local ahora como aquel.

Aina erais un grupo raro, en el sentido que (esto lo razoné a toro pasado) no erais particularmente amigos entre vosotros. No salíais juntos ni nada de eso. Pero os unía la idea, y aguantabais solo para tirar adelante el grupo. Eso es inusual, porque al formar una banda el vínculo principal suele ser precisamente la amistad.
Era curioso, sí. Pero había una idea común de cómo hacer las cosas, de viajar mucho cuando no habían muchos otros grupos que lo hicieran, ir por Europa, fuimos tres o cuatro veces, cinco o seis semanas seguidas cada una. Tocando cada noche. Para decirlo rápido y fácil, ahora tenemos mucha más relación que cuando estábamos en el grupo. Ahora el Titi se tomaría unas birras y estaría la mar de simpático.

Resulta complicado imaginar cómo se sostiene algo así. Solo puede ser que la idea final sea tan poderosa que todo lo demás valga la pena.
Bueno, cuando los vínculos emocionales son muy fuertes, aguantar diez años como grupo, girar por el mundo, conviviendo día a día con amigos, puede ser también muy complicado, ¿sabes? Nosotros quizás teníamos una relación poco... afectuosa (ríe). Por decirlo de alguna forma.

Aina eran distintos por esa férrea ética de trabajo, que raramente había yo visto en nadie y casi nunca he vuelto a ver. Era inspirador y admirable. El grupo lo era todo, lo demás era irrelevante.
Era como estar en la mili. Yo quedaba con la gente de Sant Boi, ya lo sabes, y me estaba yendo siempre temprano, en mitad de una farra. Con los chupitos en la mano me preguntaban: “Pero, ¿dónde vas ahora?”. A ensayar. Nadie lo entendía. “¡Pero si ensayasteis hace dos días!” Cuando teníamos el local en aquella quinta planta, con Los Selenitas al lado, de repente pusieron un temporizador para que se apagaran las luces de noche y la gente se fuese a casa. Nosotros, muchas noches, especialmente cuando estábamos haciendo el segundo disco, el del avión, quedábamos a las siete de la tarde, y repetíamos, repetíamos, repetíamos. Ensayar en francés se dice repetir, y con razón. Era la mili. Luego vi en el documental de los Ramones que ellos trabajaban igual. Luego cuando Bipartite yo me fui a Dublin, el Pau empezó a viajar mucho a Estados Unidos y ya no fue tan así. De hecho siempre decimos que al Bipartite la faltaba algún hit. Las canciones se habían hecho con menos tiempo.

Tocabais constantemente, y –como componías muy lentamente– por lo general siempre era el mismo repertorio. Una y otra vez. Como un mantra, o una misa.
Ya no tocábamos las del primer disco, solo lo nuevo. No había apego por lo primero. Al final sí, cuando nos separábamos ya nos permitíamos tocar el “Hh&ld/Wences”, para complacer a la gente. Pero todo ello surgía de Pau, de su forma de ser y ver las cosas y funcionar. Creativamente también tiraba del carro. Era el jefe del grupo. Yo componía algo al principio, pero en los últimos discos mi aportación en cuanto a composiciones fue muy pequeña. Pau mandaba mucho. Y tiraba del carro cuando las cosas iban mal. Titi, por otro lado, conducía siempre. Esas giras de cinco semanas que te decía, él se las cascaba al volante. Siempre era lo mismo: venía aquí un grupo americano, con las manos en los bolsillos y una bolsa con dos calzoncillos y un cepillo de dientes y un libro de vete a saber quién. Nosotros poníamos equipo y furgo, y al Titi de conductor. Y cada noche tocábamos en un sitio de Europa, sin teléfonos y casi sin mapas. Tocábamos, dormíamos en casa de alguien y de buena mañana, a conducir otra vez. Por suerte no tomábamos ni una puta birra. Era un grupo autónomo. Luego Titi se subía al escenario y parecía poseído, era un nervio.

Era una cosa monacal, austera, un grupo ascético. We jam econo, como los Minutemen.
Durante unos años se ve que Titi incluso (nos lo contó luego, años más tarde) se levantaba temprano ¡para ir a correr! Pero lo mantuvo en secreto. Los demás con el tiempo nos fuimos animando. Cerveza barata, al menos, sí había. O gratis. Francia era open bar total.



Aina ante el club Red Eye, Londres, 1999. Antes de su concierto con Bob Tilton.

Creo que define perfectamente a Aina que me hayas contado lo de Titi corriendo cada mañana y no me haya sorprendido en absoluto. De hecho, encaja perfectamente en la idea que tenía de vosotros.
Lo entiendo. Aquí las cosas estaban menos organizadas, pero en Francia nos adoptaron hasta el extremo de poner el acento circunflejo en la I de Aina, y un tío de Tours (que tenía una novia gallega) empezó a llevarnos allí a tocar y grabar. Y estaba lleno de asociaciones culturales, recibían ayudas del gobierno, y los grupos iban de gira todo el tiempo, y tocaban mucho, y fumaban mucho y comían mucho y bebían mucho, porque aquello era barra libre. En Francia llegábamos, nos daban de comer y luego nos preguntaban a qué hora queríamos cenar. Cuando ya nos habíamos atiborrado de brie, y Pau y yo nos habíamos llenado los bolsillos de queso (ríe). Bollos al bolsillo. Y luego cenorra. Había pasta, cajas de Kronenburg, que alguna vez –lamento decir– birlamos y metimos en la furgoneta. Francia era la bicoca. Pide y se te dará. Todo sencillo y punki, cultivando su propia marihuana y sus cosas, pero estaban bien organizados. Y eran mucha gente: el grupo, el de las camisetas, un montón de fanzineros...

Esta forma de funcionar la adoptasteis vosotros, en cierto modo. ¿Antes no existía algo así aquí?
En nuestra escena no. No así de sólido. Además, el sector hardcore de allí era muchísimo más abierto que aquí. Podías mantener conversaciones sobre Pavement con toda tranquilidad. Y Aina era un grupo que tenía esa doble jugada. Nos gustaban Quicksand y grupos cercanos al hardcore, pero también Pavement y grupos así.

En esta charla están apareciendo grupos que ya casi nadie recuerda: Fuel, Quicksand... Nadie les cita como influencia. Nueva Vulcano tienen algo de Fuel, aunque no mucha gente sea consciente de ello.
Fuel aún suenan la mar de bien. Yo estoy completamente atrapado por ello, fue la música que me impactó en su momento y soy incapaz de renovarme. Puedo comprarme unos pantalones verdes, pero no dejar de escuchar esos grupos.

Debes ser el único hombre en la tierra que aún cita a Ned’s Atomic Dustbin como influencia. Lo que, por supuesto, vuelve a honrarte.
(Ríe) Soy así de burro. Y esta noche, cuando la pinche Wences, voy a ser el único tío celebrándolo. Cuando murió Wiz, de Mega City Four, fuimos al concierto de homenaje y tocaron Ned’s y estuvimos allí gozando, la gente enloqueció, tirando vasos llenos de cerveza al aire...

Os pilló de lleno la escena semi-crustie inglesa aquella de Mega City Four y adláteres, también muy organizados, todos fans de Hüsker Dü, todo el día de gira con sus furgonetas...
Sí. Éramos fans de aquello. Tocábamos en el Jimmys de Burdeos, y el técnico llevaba una camiseta de los Megas. Mientras que aquí tocabas en cualquier puto pueblo y nadie les conocía. La cultura musical en Francia era alucinante. También en el País Vasco. Ibas a tomar el café a cualquier lado y sonaban Fugazi. Andoain es un sitio que nos influenció mucho. Allí podías comunicarte con gente afín.

Aquí la escena hardcore era mucho más sectaria y cerrada, sin duda. Bueno, todas las escenas lo eran.
Estas divisiones de bares, este es el de los punks y ese el de los otros, es una cosa muy de aquí, española, y también de Barcelona. En Francia hay una tradición rockera más amplia, mayor madurez democrática, menos sectarismo en ese aspecto...

Y más mujeres. Porque aquí había dos.
Una era la mujer de Francesc Feliu, que siempre iba a los conciertos (ríe). Esto, por fortuna, ha cambiado completamente.

Demasiado tarde. Para mí.
Ya. Ese es otro tema, y muy interesante (se carcajea). Solo por el olor que hacen los bares ya vale la pena.

Aina eran un vendaval que barría del escenario el resto de grupos de la noche. Esto no lo podéis decir vosotros, porque sonaría petulante, pero ya te lo digo yo. Había una potencia superior que venía precisamente de todo aquel esfuerzo y horas dedicadas.
Es curioso, porque el Titi decía que iba allí a hacer ruido y ya está. Pero necesitábamos tener un cierto control para luego poder expresarnos bien. Tenerlo todo bien preparado, el set perfecto, aunque eso podía tener cosas negativas. Cuando en 1999 tocamos con Bob Tilton allí en el Red Eye de Londres, tú estabas, pues también te podía parecer que lo suyo era más libre. O que era más dinámico y flexible. Habrá gente que dirá: “hostia, para ver a Aina me voy a Cartagena a ver un desfile militar”. Teníamos ese punto de control enfermizo, preparar los enlaces entre canciones, preparar el concierto como una unidad. Como una cosa hermética, que venía de casa hecha, y sobre esa base ya podíamos relajarnos.



Creo que ese es el corazón de ciertas disciplinas que nos gustan. Hay una contención y un artificio que sirven para que luego la expresión sea más emotiva y sincera. Aunque suene a paradoja.
Eso lo pienso mucho a la hora de hacer las letras. Hablar de las cosas sin hablar de la cosa exacta. Dando un rodeo. Eso es algo que tú debes encontrarte a menudo. A diario (ríe).

A veces es más importante lo que dejas fuera.
Pero tú siempre has sido de escribir a borbotones, ¿no? Quizás con la edad te contienes algo más.

No creas, el vómito nunca me ha funcionado. Edito mucho, y lo que me chuta es la emoción contenida. La verborrea no es la expresión natural de la emoción. O no se recibe como tal.
El punk rock primitivo sería la excepción. Pero incluso allí, con grupos como The Jam, hay un mensaje que por visceral que sea necesita una estructura, una organización, historia, algo que sostenga la explicación.

Y tiempo. La gracia del pop es que el tiempo es una limitación, y eso ya actúa como barrera de contención inmediata.
Hay tornades que se repiten. Veo a vàlius y admiro la concreción lírica, que es algo que siempre me ha costado horrores, desde Aina. Lo de vàlius es exagerado, porque los títulos de las canciones se limitan a una palabra.

Yo diría más: en vàlius a veces incluso la letra es solo una palabra.
Eso me encanta. Las metáforas son como una droga que hay que intentar dejar. El mayor problema de las comparaciones, el refranero, las metáforas, es que pueden desviarte del contenido, y convertirse solo en forma. Es tan divertido jugar con ello que una palabra te lleva a otra, y esa a otra, y al final te desvías de la idea inicial que hizo nacer la canción. A veces corrijo poco, y si tengo dudas me quedo con la primera idea, que era la que lo originaba todo. Al menos, será lo que te impulsó a hacerla. Como es música, punk rock y tal, prefiero darle baza a lo primero que me sale. Suele funcionar. Imagino que en novela es distinto.

Es una artesanía que siempre está en proceso de enriquecerse, lo de componer. Durante años estuviste escribiendo letras en inglés, de nivel muy alto (comparado con los que solo encadenaban conceptos abstractos en inglés inventado), y ahora estás aprendiendo a hacer esto, imagino.
Lo del pasado Vermut, cuando Manolo Martínez hablaba de dejar de escribir canciones, te lo hace plantear, la verdad. ¿Por qué seguimos haciéndolo? La respuesta es esa canción que aún tienes que escribir, o algunas cosas que quieres probar de forma distinta. Y como Manolo es un tipo estudioso y conceptual eso implica por su parte una tremenda faena previa a hacer las cosas. “Trabajo de mesa”, que dicen los Pony Bravo. Una idea que hay que desarrollar, aprender a decir. Nosotros nunca hemos tenido eso, en ninguno de nuestros grupos. O al menos yo no soy consciente de que hayamos trabajado así. Igual hubiese hecho falta para concretar un poco las cosas que decimos. O el tipo de disco que hacemos. Ponernos un día y decir: “ahora haremos un disco así”. Lo grabaremos en tal sitio, y será nuestro disco de tal rollo. Nunca ha sido así. Es más: “vamos al local, tenemos esto y aquello, ¿Qué grupo vimos ayer? Ah, fueron los Bluetip. Pues venga, tupés arriba y ya está” (ríe). Hay poca idea conceptual.

Bueno, tampoco hay nada implícitamente malo en parecerse a alguien. Aina eran un grupo que dio a conocer a muchos grupos que os gustaban, Jawbox y así.
Sí, las cintas que le grabábamos a la gente eran muy populares, sin duda.

¿Hubo un deseo de escribir en español que precipitó el fin de Aina, o la cosa fue al revés?
Había canciones de Nueva Vulcano en inglés, y el resto del grupo me insistió en abandonarlas y dedicarme solo a escribir en español. Aina ya estaba terminando, Pau vivía fuera... Cuando vimos a grupos como Los Planetas en el Festival de Benicàssim, el año 1995, no nos gustaron nada. Habíamos ido allí a ver a Mega City Four, tú estabas también. Con Una semana en el motor... ya empezaron a gustarme, y el álbum me influenció mucho, pero luego he visto imágenes de 1995 y también eran un buen grupo entonces. Yo no estaba preparado, simplemente. También descubrí a los poetas que todo el mundo lee, Gil de Biedma y Ferrater, y ellos me hicieron ver que podías jugar con las palabras y pasarlo bien. Para empezar algo nuevo esas dos cosas eran bastante ideales: para pasar página y probar otras cosas. “Planetear” era algo que se les decía a todos los grupos de guitarras, y a nosotros también. Además de que no me atrevía a cantar muy alto, y me daba una cierta vergüenza abrir mucho la boca y que se me entendiese, con lo que sin querer acababa quedando todo aún más Planetas. Pero estaban Seam y grupos así que eran y son los que de veras nos influencian, y sin embargo no se nos dice porque la gente lo conoce menos. La primera versión que hicimos fue de Los Planetas, eso sí.

Yo recuerdo la de Nacha Pop, “Antes de que salga el sol”.
También. Pero en el Funhouse, con Nisei y otros, hicimos la de Los Planetas, “Nuevas sensaciones”, para que nadie nos viniese más a insinuar si nos parecíamos a ellos o no. La hacemos, nos gustan y ya está; que se sepa. Y la letra también era un auto-gag, una broma interna sobre el cambio respecto a Aina. Luego hemos conocido a Jota, y es divertido escucharle porque siempre nos critica mucho (imita a Jota, también, como Manolo Martínez en el pasado Vermut): “Pero si ahí no hay ni rima ni hay ná, pero tú cómo tocah la guitarra, y lo raro es que viene hente a veroh” (ríe).



Bueno, tiene razón en que vuestros estribillos no son nada obvios. Para empezar, no se repiten. A veces, la única manera de saber que eso es un estribillo es porque el público los canta a voces con fastuoso ímpetu. No sé si eso sucede por perversidad o por casualidad.
Eso lo dices por lo que me comentaste el otro día, que en el nuevo single el “escamote” no vuelve a salir.

Sí, eso me lo he tomado como algo personal. ¿Por qué coño no se vuelve a repetir la frase del “escamote” en “Por el bien común”? Es un gancho que se desengancha. No tiene sentido.
(Carcajada) Ya. Sobre todo en el nuevo hemos intentado que la voz guíe un poco la estructura de la canción y que no haya una estructura rígida. Un momento: esta es la típica conversación increíblemente aburrida, solo para músicos. Estamos perdiendo lectores.

No: lo de la composición como tal no me aburre, solo lo de las notas. Si me cuentas algo del “fa sostenido”, malamente vamos.
(Carcajada) Bueno, la voz siempre ha sido el instrumento más vilipendiado del grupo, y de la música que hemos escuchado. Queremos que la estructura sea menos rígida, aunque sí queremos estribillo. A veces nos queda una canción pequeña, de un minuto y medio, y no le cabe nada más.

Grupos que siempre os han gustado como Jawbox o Jawbreaker tampoco han sido de incluir estribillos muy visibles.
Depende de la época de cada uno. Jawbreaker, por ejemplo, se fueron simplificando con los años, y hacia el final eran mucho más punk rock que al principio. Creo que Nueva Vulcano vamos un poco en la misma línea que Jawbreaker: hicimos un primer disco muy ruidoso, un segundo de probar cosas raras (aún no sé por qué) con la batería que iba sola por ahí, y luego canciones más largas, y entró Marc Clos y nos volvimos locos con las percusiones, tú decías The Sea & Cake y yo no sabía ni quien coño eran... Un desmadre. Y el tercero, Los peces de colores (BCore 2009), fue nuestro disco más popero y más punk. Más estribillos y más voz. Y ahora estamos intentando mezclar ese espíritu luminoso y optimista con las estructuras ricas del segundo. Eso es la única cosa que hemos pensado antes. Juego entrópico (BCore 2005) fue un disco vilipendiado por nosotros mismos, pero luego le hemos visto cosas buenas: al menos nos atrevimos a hacer cosas nuevas a nivel de sonido, de canciones, de ruidos.

La filosofía es parecida a la de Aina, en el sentido de que trabajáis mucho, pero ahora sí sois un grupo de amiguetes que disfruta de todo el proceso, de ir por ahí, de comer en bares (listados en el libro de Alberto Polo, Hasta la boya y volver).
En Aina no se comía, eso para empezar. Y eso afecta a la felicidad de uno. Ocasionalmente Titi nos dejaba ir al lavabo, pero de comer nada. Porque no podíamos pagarlo, vaya.

Quizás eso te dejó un trauma, y por eso ahora en Heliogàbal siempre dais buena cena a los músicos. No quieres que la gente pase por lo mismo que tú. ¡Que nadie vuelva a pasar hambre (de gira)!
(Risotada) Sí. En Nueva Vulcano si se puede se come, y se come bien. España tendrá muchos defectos, pero es un país con muchos bares. Muchos. Y muy buenos. Donde se puede comer barato y de calidad. Esta última gira: Madrid, dos días, luego Galicia. Mierda, horarios: no podremos comer en El Ancla, que es el sitio favorito de Nueva, la primera foto del libro. ¿Cómo lo hacemos? Salimos después del concierto en Madrid y dormimos en la carretera cerca de León. Solo para llegar a tiempo para comer en aquel lugar. Y comimos, y le mostramos el libro al amigo, que se emocionó mucho. Vamos allí desde el final de Aina. Es un bar de carretera, sin carta: lo que han pescao aquel día. Es maravilloso. O igual son cosas de la edad. Si pierdes expectativas por algún lado, concretamente en cuanto a ambición –no artística sino de repercusión– pues tienes que ganar por otro.

Pero tampoco creo que Nueva naciesen con ambición de petarlo por ningún lado, ¿no? Bueno, además que aquí no lo peta nadie. Ni Los Planetas. Los Planetas, a escala inglesa y solo en cuanto a ventas, serían un grupo de cuarta división...
Como los Ride, o así.

Peor: como los Senseless Things.
(Risas) Ya. Hay periodistas que no lo entienden. Que te preguntan: “Cómo es que no estáis tocando en todos los festivales españoles, os merecéis eso o lo otro”. Y la entrevista va sobre eso: sobre falta de reconocimiento. Y me halaga que la gente piense así y los amigos se preocupen por si podemos vivir mejor, pero eso nunca ha sido central para Nueva Vulcano. La gente que admiramos nunca ha gozado de ese tipo de éxito, y eso que tenían mucho más talento que nosotros. Shudder To Think o Jawbox firmaron por multi, duraron un año, vieron (por ambos lados) que aquello no chutaba, y “chaval vete a tu pueblo”.

Bueno, los que llevamos tiempo observando esas relaciones sabemos que a) Resultan dañinas para la ética personal y b) Nunca acaban bien. No hace falta ser CRASS ni un loco anarquista en bicicleta para verlo. Es puro sentido común. Esas dinámicas son malas: empezar con reality shows, un anuncio para marca de ropa... No lleva a nada enriquecedor ni positivo. Ni a más ventas, si eso era lo buscado.

Quizás es que no les importa que acabe mal o bien. Igual no quieren tener un grupo longevo, diez años tocando... Igual no quieren ni tener un grupo, sino tener tres o cuatro grupos. Eso es algo sorprendente. Y Albert Guardia está muy en contra de ello, que todos sus chavalitos toquen en cuatro grupos, sacando casetes... ¡Concéntrate! ¡Ten un solo grupo! Hostia, la chavalada a veces es difícil de comprender. Hacen las cosas de otro modo.

Stephen Pastel me decía que era importante que no te gustase todo. El afán por descubrir cosas es encomiable, pero desconcentra. Y ese mosaico en pop no siempre cuaja. Es mejor un grupo a quien le gusta una cosa y le gusta horrores.
Yo creo que el problema es Internet. Por eso es bonito escuchar a grupos como Lungfish. Grupos que siempre hacen lo mismo. Que te levantas un sábado por la mañana y pones un disco suyo, luego otro y para acabar un tercero, y ya tienes la casa ordenada. Me gusta que los matices y cambios en los discos sean cosas de connoisseur. Que aquel disco de Fugazi sea “el tranqui”, pero todo lo demás continúe igual.

Una de las facetas que me emocionan de Nueva Vulcano es una que no sé si percibe la gente: el contenido autobiográfico de las historias que se cuentan.
Como te decía antes, la faena anterior de conceptualizar no se ha hecho. Así que yo lo he hecho así porque los grupos que admiraba lo hacían. Y siempre me ha parecido normal hacerlo. Y me ha dado que pensar: ¿tendré poca imaginación? Porque solo hablo de mis cosas. En el colegio veías a gente muy imaginativa, que escribían sobre cosas fantásticas y dragones, o hacían dibujitos con muchos elementos, y yo dibujaba una cafetera (ríe). A veces incluso una silla de vimet. Y esto te puede reportar alguna dificultad cotidiana, pero bueno. Nunca lo he escogido; me salían así. Con la edad lo miro más, y ahora me permito fabular con lo nuevo, inventar alguna situación, también por influencia de otros, como Guided By Voices, por ejemplo.

Sí, yo me preguntaba más sí la audiencia percibe el detalle vivencial o es algo que solo se ve pared adentro. En tu casa, vamos.
No sé. Sí sé que la gente se lo hace suyo, y entonces deja de ir sobre mí. Y es evidente desde el inicio. El idioma hace mucho. La gente se lo hace suyo. Incluso The New Raemon se lo hace suyo (ríe).

En el pop la cosa va así, lo siento. Tú no tienes potestad de escoger usuario, o dar instrucciones de funcionamiento. Lo dejas ahí fuera, y que cada uno haga con ello lo que se le antoje.
Ya. Por eso la gente dice: “esto me pasó a mí”. Aunque no fuese lo que yo decía. Pero esto también me sucede a mí como fan. A veces le he ido a algún músico yanqui con exactamente lo mismo, “me encanta como describes tal historia”, para que el hombre me diga que eso no era lo que estaba diciendo, ni de coña. Y yo me había montado otra película, por esa necesidad existencial de identificación literal.

El pop es perfecto por eso. Por cómo explica tu circunstancia, o tú te lo haces venir bien para que lo haga (aunque esa no fuese la intención original de la canción).
Y encima te hace mover el cucu. ¿Qué más se puede pedir? Esto siempre será así, porque la rima y la estructura son divertidos como ejercicio, y las listas de Joan Miquel Oliver están muy bien, digan lo que digan los puristas, y el tipo es un genio, obviamente. Pero la canción siempre estará cerca del impulso que te hizo escribirla. Y siempre es algo vivencial. Antes era más fustigación, y ahora ya está bien, eso se acabó. Es pesado y repetitivo y ya no me interesa, ahora tengo necesidad de hablar de las cosas buenas. Obviamente el rock y las novelas que hemos leído siempre tienen un lado tal vez no dramático, pero sí melancólico.

O sea, que no es embarazoso para ti hablar de ominosos asuntos privados.
No. El rock se ocupa de embarrar y disfrazar esas confesiones. No hay una repercusión de lo que canto en mi vida privada. Sí que hay ganas de decirle a alguna gente: “¡eh, que esta iba de ti!” Pero nunca lo he hecho. Ahora siento la tentación de hacer una canción sobre no decirle a alguien que esa canción iba sobre él.

Pero puede ser fatigoso, exponerte así. Decirle al mundo: estas son mis faltas.
Bueno, en un libro es distinto, porque alcanzas un nivel de intimidad muy alto con el lector. Eso es imbatible, porque necesitas un momento de intimidad total: lees en la cama, y tal. Intimidad. El rock es diferente. No lo noto en mi vida, no se habla de ello en mi casa. Y los del grupo menos.

Claro. Para mí continúa siendo extraño decir cosas en libros que jamás diría en un bar. “Eh, silencio todo el mundo: Quería confesar que soy un perro de Satán. Gracias por vuestra atención”. Eso no sucedería en la vida real.
(Carcajadas) Claro. Bueno, a veces contándolo en canciones o libros estás como intentando que algunas cosas no vuelvan a pasarte. Pero ahora estoy más pendiente de rememorar recuerdos gloriosos. Que la vida puede ser muy guay. Que tendría que celebrar el día que nos reímos tanto, como en “El ataque”. Fue como decir: “eh, qué gran día fue aquel”. Fue una vez que Mar y yo íbamos a una boda de su familia en Almería, e íbamos en el coche de mis suegros, habiendo (nosotros) dormido solo dos horas. Y nos dio un ataque de risa tremendo. Ahora estoy pendiente de cosas así. Lástima que la cabra tira al monte, y la tendencia a la flagelación es la que es. En todo caso, lo que yo creo que es evidente en alguna letra siempre resulta que no lo es. Se lo cuento a Wences y Albert y flipan. Jamás lo habrían imaginado.

Me encanta la ética Nueva Vulcano de ir de gira siempre que se pueda, a salas pequeñas y todo eso, tratando con cariño a un público fiel.
Sí. Para nosotros también es una forma de ser miembros de Nueva Vulcano, de sentirlo y hablar de ello, y de la escena. En nuestra vida diaria no somos Nueva Vulcano. Trabajamos en otras cosas, y no podemos hacerlo el centro de nuestra existencia. Tú eres Kiko Amat todo el día, pero yo solo soy Artur de Nueva Vulcano cuando estoy de gira.

Cuando te pones el traje, como un superhéroe.
Sí.


Fotografia de portada: Carlos Leoz 
Text: Kiko Amat
Correcció: Marta C.

1 comentari:

Zana ha dit...

"Bueno, los que llevamos tiempo observando esas relaciones sabemos que a) Resultan dañinas para la ética personal y b) Nunca acaban bien. No hace falta ser CRASS ni un loco anarquista en bicicleta para verlo. Es puro sentido común. Esas dinámicas son malas: empezar con reality shows, un anuncio para marca de ropa... "

Si salir en realitys o aceptar hacer anuncios para marcas comerciales es una falta de honestidad para un músico, escribir en un sitio como "vice magazine", abiertamente chungo, clasista, violento y publicitario ¿Qué nombre tiene?
Por no hablar de las fotos que hacen cobardemente a gente diferente para reírse de ellos en su mierda de web.

Eso en cuanto a "ética", porque en cuanto a "estética", pasar por el aro de escribir con ese estilo para pajeros 00's que tienen, en plan "así es la vida en un puto camping" no es como para ir de abanderado de la integridad y el working class hero y todo lo demás