6 de set. 2013

EL VERMUT DE KIKO AMAT #3 - FELIPE (LOS CANGUROS, LOS FRESONES REBELDES, COLA-JET SET)


Para mi tercer vermut me encuentro con Joaquín Felipe Spada (“solo Felipe”, cómo Morrissey o Batman) en el Bar Oller del passeig de Sant Joan, muy cerca de donde vivo. La ley del mínimo esfuerzo, pensarán, pero ni hablar; mi vagancia ha sido tan solo geográfica. Llevo orbitando de un u otro modo alrededor de la obra de Felipe desde mis dieciséis años, más o menos. Durante mi adolescencia, su ignoto grupo pop (Los Canguros) era mi claro favorito local; un grupo al que sentí con fervor partisano, cómo si me perteneciesen en exclusiva. Posteriormente le seguí en Pepito Sex y Los Fresones Rebeldes, por razones musicales además que emocionales, llegando incluso a acompañarles en la mayoría de sus conciertos fundacionales y giras tempranas. Le perdí la pista con Cola-Jet Set, pero aún así podría decirse que Felipe ha estado en mi educación desde hace casi treinta años. Si tiempo es igual a esfuerzo, entonces le he dedicado a esta entrevista mucho más trabajo que a ninguna otra que haya hecho o haré. Una vida, casi.

En cualquier caso, me gusta cómo piensa Felipe. Si no en lo político, campo en el que tuvimos alguna riña subida de tono en el pasado (y seguimos sin coincidir un ápice en el presente), sí en lo estético, musical y cultural. Me interesa cómo encajan los engranajes de su mente, cómo se mueven los tornillos y tuercas en su cabeza, a la hora de hablar de pop; siempre me inspira escucharle hablar, las asociaciones que realiza. Comparto sus opiniones sobre muchos conceptos, como he vuelto a comprobar leyendo el libro de artículos, notas y entrevistas que le ha editado Chelsea Ediciones, titulado ¿Eso dije? ¡Dios mío!: “el gusto por la acción, la división entre lo que es correcto y lo que no –antes maniqueo que relativista”, su entusiasmo inquebrantable, sus ganas paralelas de enseñar y aprender, su curiosidad flamígera y amor por la vida, su pasión por los discos pop y los artefactos hermosos que crea el hombre. Ustedes podrán no estar de acuerdo con muchas de sus opiniones, pero lo que no podrán decir es que no merezca unas cuantas preguntas: ¿un señor de derechas y católico pero enamorado de lo mod, el punk, los situacionistas, lo riot grrrl y McCarthy, que ha militado en subcultura subterránea desde 1980 y después obtenido un hit mainstream de los gordos (“Al amanecer”, que ustedes habrán bailado en un par de bodas) con el insospechado grupo pop que lideraba en los noventa (Los Fresones Rebeldes), fan de la “idea joven” pero padre de dos (casi tres), teórico y práctico de todo lo pop? Su perfil no es precisamente común. En este vermut hablamos de Serrat, mods y rockers, Beatlemanía, rumba catalana, tocar de oído, prehistoria subcultural barcelonesa, The Specials y The Boys, Federico Jiménez Losantos y Sergi Arola, Los Canguros y Los Fresones Rebeldes, posibilidad de cambio y peso del bagaje, familia y contradicciones, Pere Ubu y tontipop. Hay de todo, ya lo verán. Risas también.

Me gustaría que empezaras hablando de tu primer flechazo pop, de cómo empezó tu amor hacia los discos. Sé que tempranas epifanías habían tenido lugar con Simon & Garfunkel, y por supuesto todos los primeros mods de Barcelona veníais de haber sido antes Beatlemaníacos.
Sí. Leí en una entrevista que tú también hablabas de haber escuchado Beatles, Simon & Garfunkel, “Hurricane” y “Mozambique” de Dylan, en casa. Pero a mí esto no me venía por familia. Los Beatles me llegaron con la aparición del doble azul. La segunda casa la teníamos en el Masnou, y yo no tenía donde ir, y mi primo, que era el enrollao del pueblo y era dos años mayor que yo, me llevaba con sus amigos. Yo era el pegote, porque no bebía, no fumaba (y cuando fumaba no era lo que ellos fumaban), y siempre iba un paso atrás. Pero en una de las fiestas sonaba el doble azul, y la chica más guapa me sacó a bailar el “While my guitar gently weeps”. Yo tenía trece años y pensé: la vida puede ser mejor que como ha sido hasta ahora.

¿Existía bazofia musical previa que tuviste que expulsar de tu cuerpo una vez viste la luz? Yo dejé atrás Tina Turner, Duran Duran y el Thriller.
En realidad no. Mi padre era un gran fan de Serrat, un artista que aún considero bastante bueno. Mi primer concierto fue en 1967, yo debía tener cinco años, y vi a Serrat en la plaça del Diamant, con miniorquesta y todo. Los cuatro primeros discos se escuchaban en casa continuamente, y me encantaban: “Camí avall”, “La tieta”... Ese es mi bagaje, en cierto modo.

¿Cuáles son las raíces de tu familia? ¿Hay inmigración en el linaje?
Sí y no. Raíces, nada de nada. O sea, mis padres nacieron en Barcelona, pero los abuelos eran de Logroño, de Valencia, de Italia y de Barcelona, pero murcianos.



¿Murcianos de Murcia o el “murciano” peyorativo que se utilizaba aquí en los años cincuenta?
Murcianos de Murcia. Vinieron aquí sobre los años veinte. Y mi abuelo materno, la parte Spada, era italiano, había venido a trabajar en una fábrica italiana de Badalona, y se estableció aquí. Y por parte de padre, mi abuelo era un militar de Logroño que se casó con una valenciana. Pero lo de raíces inexistentes lo decía porque mis padres ya se sentían solo de Barcelona, y lo mismo me pasó a mí. De pequeño sí fui a alguno de los pueblos de Murcia de donde venían, pero en casa tampoco se hablaba mucho del pueblo, no se le daba mucha importancia. Mi abuelo paterno abandonó la carrera militar al finalizar la guerra, y se hizo dentista.

Durante muchos años el colectivo de Beatlemaníacos fue el único en Barcelona que enarboló la llama del pop.
No estábamos muy bien vistos, porque los Beatles eran demasiado buenos, y en el rollo underground los Stones eran los que se meaban por la calle, los malotes, y gustaban más. Cuando yo empecé en el 73 o 74 hacía solo cuatro años que los Beatles se habían separado, pero aquello se veía como el paleolítico inferior. Y las carreras por separado... Aquí, hasta que murió Lennon, el “Imagine” no era un gran hit, no eran tan apreciados. Y todo esto se me mezcló con la llegada del punk. De gente que no fuesen hippies o derivados yo solo conocía a los de la Beatlemanía y al chalao que estaba en la tienda de Gay & Company poniendo el “Pretty vacant” a toda pastilla y tocando la guitarra invisible. Era lo único diferente que había visto hasta entonces.

Firmaste por una causa que en aquel momento no tenía ni nombre, pero que no era ni layetana, ni progre, ni rumba... En estos tiempos de recuperación de la rumba catalana, tú eres de los pocos que continúa diciendo que aquello te parecía atroz.
Sí. Y de hecho, un descubrimiento mod al que no me pude enganchar fue cuando se entró en la fase del latin soul, y a mí aquello me seguía recordando a Gato Pérez. Quizás sea un maximalismo, pero en el fondo no podía luchar contra ello. Nunca lo pude digerir. Aquí estaba el Gato, venían los de Fania, había mucho ambientillo de ese. Y cuando terminó la fiebre llegó el “Devórame otra vez”, y desde Madrid otra vez lo mismo, me hicieron un sándwich [ríe]. Era interminable. Por parte de mi primo conocía a todos los progresivos: Genesis, Yes, Emerson, Lake & Palmer... Lo fui mamando, pero tampoco me llegó a gustar nunca.

Es curioso lo que dices de que cosas de hacía solo cuatro años pareciesen tan antiguas. Hablando con Robyn Hitchcock me dijo lo mismo, que los del 77 veían a los del 67 como muchísimo más antiguos de lo que nosotros vemos ahora a los grupos de hace una década.
Cierto. Proporcionalmente, a los Pistols los sigo viendo como de antes de ayer, y a los de los sesenta como de otra era. Además, hay que considerar que ahora sabemos que en los sesenta habían muchas cosas chulas, pero yo de mi infancia sesentera solo recordaba los tejidos que picaban y sofocaban, y María Dolores Pradera en la televisión. Sabía que habían existido Los Cheyenes y Los Salvajes, pero eso en la tele no salía. No los viví.

Y en la adolescencia ayudaste a fundar una subcultura nueva aquí, los mods. ¿Cómo empezó?
Puedo contarte mis orígenes. Siempre hay una voluntad de hacerte venir los orígenes mod antes de 1980, pero lo cierto es que para todos empieza con la película Quadrophenia. Yo antes de eso había visto cosas, pero no tuvieron sentido hasta que vi la película, en el 80, y me dije: “Ostras. Esto sí que me gusta. Me gusta la ropa, la música, a esto me apunto de alguna manera”. Coincidió que había visto a los Jam por la tele, con vestidos como los de los Beatles y guitarras Rickenbacker y también me dije: “Esto está pasando ahora. Quizás hay algo ahora en que vale la pena meterse del todo”. Me enteré de que había un mod, el primer mod, Pedrito Llorens(1). Los contactos se hacían en Star Records, una tienda de discos y cómics que había en la calle Pau Claris. Ese era el punto de encuentro de la gente inquieta que estaba metida en cosas más modernas. Los de la tienda habían ido a los Estados Unidos y habían traído dos toneladas de discos de nueva ola, muchos artistas desconocidos entonces (20/20, Tuff Darts...) que ahora me digo: si lo hubiese sabido... Descubrimos muchas cosas. Había una tele donde ponían todo el día el Eat to the beat de Blondie, un concierto especial para TV de The Knack, y antecedentes de videoclips de la nueva ola. Eso lo podías ver gratis desde la calle, y de vez en cuando conseguías algo de dinero para comprar algún disco en el interior. Allí compré las primeras cosas de Jam. Cuando salió “Going underground” por la tele allí ya dije: “Basta. ¡Ya no puedo más!” [ríe].

Te dijiste: ¿dónde dan el carnet de esto? ¡Cuenten conmigo!
Sí. En la tienda había una chica, Elena, que siempre juntaba a la gente: si a ti te gusta esto tienes que hablar con este o aquel, que viene tales días, ya le hablaré de ti... Así se establecieron los primeros lazos con Pedrito, con los primeros mods del Liceo Francés, que eran cinco o seis. Y con esta gente ya fui a ver a The Specials, cuando vinieron el octubre de 1980 a la plaza de toros Monumental de Barcelona. Ahorré durante semanas (sin fumar) porque valía 850 pesetas de la época, una fortuna. Pero tocaban The Specials y The Boys. Si estabas en lo de Jam sabías que en una foto de la guitarra de Paul Weller lucía una pegatina de The Boys. Y te decías: “Si es bueno para Paul Weller será bueno para mí” [ríe]. Previamente había conseguido el disco de los Boys en una tienda de Mataró, durante uno de los safaris que hacía con la Derbi Variant a el Masnou,el primer álbum. Esas cosas alguien las editaba, por alguna razón, alguien debía decirles: “Lo último en Inglaterra es esto”. Movieplay consiguió los derechos y lo sacó. Así que fui al concierto bien empollado de Boys, que nos hicieron superfelices a todos. Los Specials tocaron dos horas, las tocaron todas, las bailamos todas y estuve tres o cuatro semanas con dolor de huesos. Fue como jugar un partido de tenis después de no haberlo hecho durante años. “Parece que no ha sido nada”, y a la mañana siguiente: “Ay, ay, mi espalda, Dios mío, no puedo respirar”.



El baile 2-Tone es bastante gimnástico. Tienes que darlo todo. De hecho, el baile como tal es un trote sobre la misma baldosa.
Yo aprendí a bailar con el ska, y se trataba de: correr más, y luego correr menos, y luego otra vez más, y luego nadar corriendo, y luego volar corriendo, y todo el rato venga a correr.

Entonces llegaron Brighton 64. Hay una frase que siempre utilizas para explicar su importancia, y es que “allí se tomaron decisiones de por vida”. Que aquel instante te llevó a donde estás ahora.
Sí, pero a la vez también pienso que el destino es... O sea, que si no tomas la decisión ese día, a la mañana siguiente tomarás otra que te volverá a llevar allí. No diré que tenemos un camino marcado, pero a veces lo parece.

Claro. Las cosas encajan en el talante y la proclividad que ya tienes. Y de repente llega un grupo que parece hablar por ti.
Desde luego. A partir del concierto de The Specials la cosa creció y creció, funcionaba a base de avistamientos: “Oye, pues en mi barrio parece que hay uno que tiene pinta de...”. “Pues dile que venga, que nos reunimos en tal sitio”. Y así aparecieron un día los hermanos Gil, que por su cuenta habían viajado a Inglaterra en el 79, en un momento en que lo mod estaba en boga y les gustó in situ, y se unieron al asunto. Eran hermanos, como los de los Kinks, tenían un grupo y encima tocaban la música correcta; eso parecía un buen punto de partida. Una vez, en el bar Boira, durante un concierto de B64, aparecieron unos ingleses que nos miraban y reían. Les pregunté de qué se mofaban y me dijeron: “Mira, no te ofendas, pero hemos visto que sois mods, y nosotros somos de allí, y lo mod en Inglaterra tiene un sentido, nació allí por una serie de circunstancias, pero aquí es artificial, no tenéis el background”. Y tal vez era cierto que no lo teníamos, pero lo estábamos creando en aquellos conciertos de Brighton 64. De allí emergió un movimiento que luego se multiplicó por toda España, todas las redes que existen hoy se forjaron en aquel momento. Y por las razones que fueran nos empecinamos en tirar aquello adelante. Y lo conseguimos.

Esa es la parte más inspiradora de las subculturas de los ochenta. Gente que creó algo de la nada más absoluta. Uniendo puntos a base de puro entusiasmo, explorando, sin manual, probando qué encajaba y qué no.
Lo de la música (no hace falta decirlo), no era como ahora, cuando puedes acceder a toda la música de la historia en un clic. Y no es una frase hecha, pues en Spotify realmente es así. Tenías que mirar qué había en casa, qué tenían tus amigos, establecer asociaciones, quién hacía una versión de quién... No había ni reediciones, solo empezaron a aparecer gracias a Diego Manrique y la colección Años Dorados, que sacó todo lo de los Kinks, y un poco antes Columbia había sacado alguna cosa de Lovin’ Spoonful, una gran influencia en lo que hago. Pero lo de los sesenta, en los setenta, no estaba muy bien visto. Y luego estaba la famosa figura del primo que iba a Londres y le encargabas todo lo que podías.

Y te traía todas las tallas equivocadas.
[Ríe] En efecto. Y le pedías un disco, que no encontraba, pero te traía algo que le habían dicho que era parecido, y que generalmente era un truño. Pero a veces comprabas algo por error y resulta que era mucho mejor que lo que creías que era. Otra vez fui a Mataró a buscar el nuevo disco de un grupo de ska (y si era ska me tenía que gustar), y cuando lo puse, de ska no tenía nada. Pero era el "Geno" de Dexy’s Midnight Runners. Buf.

Vuestro credo de entonces se articulaba entorno a la “idea joven”, algo que has seguido predicando toda la vida. ¿Cómo definirías esa actitud vital?
Bueno, es un poco difícil de definir, pero una forma de explicarlo podría ser que ves las cosas como por primera vez, sin estar resabiado, con todas las ganas de llegar al fondo de aquello. Sin pensar: en el fondo esto es como todo, esto no lleva a ningún lado... No. Se trata de mirarlo todo como si todo fuese posible en cada momento, con los ojos de la primera vez, con la creencia de que, incluso si nadie lo ha podido hacer antes, ¡tú lo conseguirás! [Arrea un puñetazo a la mesa y se carcajea].

Creo que esta “idea joven” siempre va acompañada de una cierta visión romántica, un gusto por la épica personal. Verte a ti mismo mientras haces lo que haces, romantizándote un poco.
Claro. A mí me enganchó mucho el cambio que tenía lugar en uno. Yo hasta entonces era el pardillo de la clase, el gordo, el de los granos y tal y cual. Pero entre los mods yo ya no era ese tío. Era uno más, y encima bien considerado; de golpe ya no era un mierda. A los mods los veía como unos Trece de la Fama(2), poniendo en marcha algo importante y fabricando recuerdos que siempre durarán.




A ti en algún punto te llegó el desencanto tribal, algo muy común: el momento de dejar la pandilla atrás. ¿En qué punto tuvo lugar?
Eso es algo lógico, y lo ves cuando ya tienes un recorrido vital y vas viendo cómo son las cosas. Todo son ciclos y tiene que ser así. Llega un momento en que ya te has puesto todas las ropas y ya has bailado todos los bailes, y te dices: ahora qué hacemos. Y en aquel momento, el Qué Hacemos era un mirar solo hacia atrás, un purismo exagerado, dejaron de buscarse grupos musicales porque se consideraba que ningún grupo actual sería tan bueno como los grupos antiguos, etc. Por el otro lado (el de la apertura mental) también se había desmadrado mucho: había mucho mod psicodélico que ya era más hippie que mod. Las cosas abiertas y de mucho cachondeo pasaron a ser de invitación estricta, como un club privado. Se juntó el cansancio personal, yo tenía una novia fija, te replanteas si tienes que ir más con la novia o con la pandilla de mods... En pocos meses me quedé sin mods, sin grupo y sin novia. Y empecé una nueva etapa de la vida. Una muy negra, de hecho. Unos años en que estaba muy cabreado con todo el mundo y conmigo mismo y no salía demasiado de casa. Por suerte, no me vendí los instrumentos. Y un día Víctor López(3) me dijo: “Si no haces nada este fin de semana vete a Lleida, que tocan The Aardvarks, ¿o eran The Clique? Los Clique dijeron tantas veces que venían a España y luego se rajaban que ya no sé si los he visto o no [ríe]... Al llegar lo vi todo lleno de mods y me dije: “Víctor, maldito, te voy a matar, si lo llego a saber...”. Pero al poco vi que el ambiente era bastante parecido al que me gustaba a mí de adolescente, y empezó un renacimiento que en cierto modo dura hasta hoy.

Cuentas en tu libro Dios mío ¿Yo dije eso? que habías tenido tu fase ochentas de Seguir a Paul Weller en Todo. Meterte en el jazz, fumar Gauloises, ir a París...
Era un juego, de alguna manera, pero me encantaba. El primer viaje a París lo hice porque quería estar en todos los lugares que aparecían en la portada del Introducing The Style Council. Y me hice las mismas fotos, aunque las mías eran bastante malas. Si él era The Style Council, yo era The Shadow Cabinet [ríe]. ¿Recuerdas la foto con las fuentes, con el sol detrás? En la mía solo se veía el contorno de una sombra. Al hacer el libro me encontré con otro problema: existía una fotografía de aquella época que me hice con parka y Vespa, de espaldas y mirando hacia la Torre Eiffel, y cuando la entregué orgulloso para el libro me dijeron que no servía, que no se me veía la cara y que podría ser cualquiera. ¡Mecachis! [ríe]. Me dijeron: “Tendrás otra foto con parka y Vespa, ¿no?” [pausa dramática]. Pues no. La vida es cruel. Media vida con moto y parka a todas partes y no conservo ni una foto de recuerdo.

Entre Los Canguros y Los Fresones Rebeldes tuviste un grupo de transición, Los Bretones, hoy menos recordados aún que Los Canguros (lo que ya es decir). ¿Fue una experiencia insatisfactoria?
Tuvo dos fases. Después de años de no hacer nada me enganché a Los Bretones, un grupo con un líder muy carismático, el Lipotimia, que cantaba y tocaba muy bien. Cuando tocas con gente que sabe más que tú es cuando aprendes. Y además les salían actuaciones. Era un grupo que hacía muchas versiones y era muy popular (en círculos mod), pero cuando entré yo, el Lipotima había decidido hacer música más personal y aparcar las versiones. Disfrutamos mucho preparando esas nuevas canciones, nos dejamos lo que no teníamos (éramos muy pobres, todos teníamos empleos precarios, yo me acababa de quedar sin trabajo), pagamos una maqueta muy cara y, cuando salió, no le gustó a nadie.

Esto era la segunda vez que tenía lugar, porque con Los Canguros había sucedido lo mismo. Peor, de hecho, porque sois uno de los únicos grupos de los ochenta que no grabó disco (ni single).
Eso era lo que dolía más: ver que todo el mundo sacaba un single menos nosotros. Era cruel. La maqueta de Los Bretones tampoco gustó a nadie, a las actuaciones venía muy poca gente y en aquel momento yo empezaba a estar bajo la influencia de lo riot grrrl, que era como un renacimiento punk, con algunos rasgos mod por la parte de Comet Gain y Huggy Bear. Entonces empecé a hacer alguna canción en esa dirección, la presenté a Los Bretones y me dijeron que no, que ellos eso no lo querían tocar. Fue uno de esos momentos cruciales en que me dije: “Ostras, eso quiere decir que me tengo que montar otra cosa, porque yo tengo mucha fe en esto”. Pensé que incluso podríamos compartir local, pero en el momento en que anuncié que me iba, me echaron completamente. Me enfadé mucho, llegué a llorar y todo, pero ahora entiendo que las cosas en los grupos van así. Su dinámica es muy cruel, pero si has de trabajar no puedes irte con romanticismos, porque al final haces más daño que bien, no haces ni dejas hacer... Contento o no contento me fui y monté lo siguiente. Agarré a Bowie, que había sido uno de los primeros mods de Barcelona, y a Miguel López, hermano de Víctor y exmiembro de Síndrome Tóxico, y monté Pepito Sex. Las canciones quizás no eran tan malas, pero lo mejor que saqué de aquello es que perdí el miedo escénico. Aprendí a salir a un escenario aunque cantara mal o no tocara muy bien, y con dos cojones empecé a disfrutar de la música en la práctica, no solo en la teoría. Incluso ahora, con alguna nueva canción te dices: “Uy, con esta me como el mundo”. Delirios de grandeza, y luego nada. Pero al menos ahora disfruto tocando.

Háblame de Los Canguros, tu grupo de formación y primer amor.
Los Canguros llegaron en un momento en que la palabra mod ya no molaba. Volvíamos a estar igual que con los Beatles en los setenta. Decías “mod” y la gente pensaba en una moda que ya había pasado, y que encima no había sido ni buena, y aparte de los Jam no salió nada interesante, que todos los grupos eran muy malos, bla bla. Aquel era el nuevo canon. Y si llevabas lo mod como blasón nunca te ibas a comer nada, porque no te harían caso ni los medios ni la gente. Y los grupos mod de Barcelona empezaban a decir: “Bueno sí, pero hemos evolucionado”. La palabra siempre era esa: evolución. Ahí me volví a cabrear. Le compré la guitarra Hofner a Roberto, de Los Negativos (cuando él se compró su Rickenbacker), entré en el bar donde nos juntábamos todos y les dije: “Quiero montar un grupo que no se avergüence de esta etiqueta”. Allí empezaron Los Canguros.

En un listado de “objetivos y preferencias” de la época os describíais como un “compendio de toda la era pop, de los sesenta a la new wave, Housemartins, Jam, Prisoners, Los Secretos...”. Imagino que no pusiste Pere Ubu, que versionabais, para no alarmar a los más poperos.
Bueno, todo era fruto de la casualidad. Lo de Pere Ubu no era para ser los más guays, haciendo la versión de un grupo superraro, no. Yo compraba discos en Andorra, trabajaba de guía de autocar y mientras la gente se iba a comprar mantequilla, yo compraba discos. Cada domingo me iba allí y venía con diez o veinte álbumes. Y en una tienda estaba sonando algo que parecían los 13th Floor Elevators pero más pasados de rosca aún, y con un cantante enloquecido que se dejaba la voz, un garaje muy raro y duro. Me dije: esto es impresionante, me encanta. El dependiente me sopló que era algo que le acababa de llegar, el álbum en directo de la primera época de Pere Ubu. Casualmente, las dos primeras eran así, como he descrito, y el resto eran marcianadas más o menos soportables. Pero me impactó aquella canción, y pensé: algún día la haré(4).

Encajaba perfectamente en vuestro repertorio. No era la rara, ni mucho menos. Era muy pop.
La canción tenía ese espinazo pop dentro, pero algunos lo tapaban con ruido y más cosas raras. Pero la clave está en encontrar la esencia y luego hacer la canción tuya. Eso también me sucede con My Bloody Valentine: por mucho ruido que hagan, hay una esencia que puedes extraer y luego remoldear como quieras.



Los Canguros terminaron algo agriamente.
Cuando suceden estas cosas, con el paso de los años te dices que si hubieses sabido esto o aquello lo hubieses hecho mejor. Pero luego pasan algunos años más y te das cuenta de que no es así: hubiese pasado igual. Estábamos condenados. Ahora nos hemos reencontrado y hemos borrado todo lo malo, pero hablas, tocas, y te das cuenta de que nadie ha cambiado. Y si ahora hiciésemos una gira terminaríamos igual de mal, porque todos somos como somos, y empezaríamos a chocar en los mismos lugares. Las primeras peleas inter-Canguros empezaron a las dos o tres semanas por “esta nota entra, esta nota no entra”. Yo no tengo conocimientos musicales, toco de oído. Si sé lo que es un re es a copia de haberlo tocado muchas veces, pero nunca me ha interesado saber si el acorde tal se descompone en tales notas. La música tiene unas ciertas matemáticas. Claro, entonces te topas con uno con formación de solfeo, y otro que no la tiene pero como si la tuviese, y les preguntas: “¿Pero, qué estás haciendo aquí?”. Y ellos te contestaban: “No, bueno, esto entra porque en una escala de blues esto es un...”. No sé ni los nombres. ¿Un disminuido en fa? Y yo les decía: “Vale, pero no es el efecto buscado. No me la hagas porque no quiero que entre”. Y cuando hemos vuelto a ensayar, los primeros desencuentros han llegado por lo mismo: “Pues yo aquí hacía esta nota”. “No, no la podías hacer porque no entraba”. “Que sí entra”. “Que no entra”. Al final me fui a casa y acabé desenterrando las grabaciones que no había desenterrado para la recopilación, solo para demostrar que tenía razón. “Lo he encontrado y tengo las pruebas [ríe]. Hacías esta nota. Escúchala”. Ahora es divertido, pero no lo suficiente como para volver a funcionar de gira. Es mejor dejarlo como está, de alguna manera.

Tu visión madura de todo aquello, tanto de Los Canguros como de Los Fresones Rebeldes, es (como afirmas en el libro) quedarte solo con las cosas buenas. Una actitud razonable de cara a la vida.
Con Los Canguros, Los Bretones y Los Fresones Rebeldes tuve cosas buenas y malas, pero de los Fresones recordaba solo las buenas y de Los Canguros, hasta hace muy poco, recordaba solo las malas. Este disco y reencontrarnos han servido para que la gente me recuerde cosas buenas de Los Canguros que yo ya no recordaba. Me sabe mal, pero no he colaborado con el disco hasta que estaba casi hecho. No me sentía con ánimos. En cambio ahora, me digo: pero si estábamos muy bien, no éramos tan malos. Leí tu texto para la hoja interior y pensé: quizás sirvió para algo, después de todo, quizás valdría la pena volver a tocar estas canciones, con la pasión de la música pero sin la pasión del mal rollo.

Como creador, entiendo ahora la antipatía hacia ciertas obras de tu carrera que te traen malos recuerdos. Aunque cualitativamente sean éxitos, discos o libros objetivamente buenos, a uno -como Supremo Hacedor- le deprimen.
Pero del mismo modo en que puede ser interesante para el fan descubrir el lado malo de aquello que tanto le gusta, es interesante para el artista descubrir la cara buena que ha quedado para el exterior. Y te dices que pasó todo lo que pasó, pero lo que permanece es la canción, y la canción aún me gusta. Éramos todos muy jóvenes y muy neuras, y en cualquier cosa veías una conspiración para echarte del grupo. Y cuando te dabas cuenta resulta que sí había una conspiración y ya estabas en la calle [ríe]. Aunque en otras ocasiones era una profecía autocumplida: hacías todo lo posible para que la cosa se truncara.

Y entonces llegan Los Fresones Rebeldes: “dos fulanos y cuatro menganas”, como dices en tu libro. ¿Cómo los ves desde tu perspectiva actual?
Pura magia. Con grupos anteriores, cada vez que hacías una canción pensabas que iba a salvar el mundo. Con los Fresones fue todo lo contrario: jamás creímos que funcionaría. Era algo estrictamente para pasarlo bien, nacido de una merendola de Dunkin’ Donuts y un verano indio. Y al final: ¡patabúm! La cosa petó, de una forma indie al principio, hasta que un día en un concierto te dices: “Ostras, esto va a ir a más. Es más de lo que he tenido hasta ahora”. Y fue a más. Y entonces, a cabalgar la ola como puedes, porque la ola va por donde le da la gana.

Existe una parte del legado de la banda que, desde mi punto de vista, engendró grupos que eran inferiores y menos naturales que Los Fresones Rebeldes.
Ya, pero ¿cuáles aparecieron en nuestra estela y cuantos ya existían pero adquirieron relevancia detrás de nuestro éxito? Sí que existían grupos con influencia de Family, que eran distintos a nosotros pero coincidieron en el tiempo, e hicimos amistad con muchos de ellos. En la época de Los Canguros, el resto de grupos era un enemigo potencial: si ibas a tocar con alguien tenías que vigilar los instrumentos porque te lo robaban todo. Claro, nosotros, que íbamos con material sustraído de Los Negativos, no podíamos permitir que nos robaran. Valentí(5) siempre notó que le tomábamos prestadas piezas de la batería [ríe], y eso que intentábamos volverlo a dejar todo igual. Una de las lecciones que aprendí de esto, cuando ya tuve empleos estables, era que se hacía imprescindible poseer todos los instrumentos y no depender de nadie. Poco a poco fui amasando el material necesario para funcionar como grupo sin pedir favores. Pero, bueno, una de las cosas buenas del tontipop era que entre los grupos había ambiente de compañerismo y todos íbamos a ayudarnos.

“Tontipop” es una etiqueta bastante faltosa, como krautrock. Es un insulto, vamos.
Esta etiqueta apareció por primera vez en un Ajoblanco. “El tontipop es más tonto que una alpargata”, nosequé nosecuántos. A los dos meses de decir esto, la revista cerró. Toma tontipop. También nos habían llamado “acné pop”, “chochorri pop”... Así que al final pensé que tontipop tampoco era tan terrible. Me dije: “Esta me la trago, venga”. Y cuando nos entrevistaban siempre decía que me gustaba lo de tontipop porque no hay que tomarse nada demasiado en serio. Al final es la que ha quedado, y a mí no me ofende.

Hombre, yo veo el binomio Fresones-tontipop como el Jam-mod revival, que es algo que engendrasteis, pero de lo que no erais del todo responsables.
Tal vez. Nosotros teníamos todo los sixties, todo el mod revival, todo el punk y riot grrrl, los grupos de Donosti (Le Mans, La Buena Vida), el C86... Éramos una mezcla de todo eso, mientras que otros eran más de Family, o hasta de Parchís. Eso sí era ajeno a nosotros. Pero al final nos encontrábamos y alguno tenía un background parecido al nuestro, como Vacaciones o La Pequeña Suiza. Hello Cuca no tenían nada que ver con todos los demás, pero con nosotros coincidíamos por la parte riot grrrl y había afinidad, tocamos juntos varias veces.

En el libro hay un capítulo llamado “Entendiéndome a mí mismo” que me encantó por sus definiciones y lo que explicas de tus gustos, y de cómo eres como persona, de qué trabajas, etc. Son partes de entrevistas que explican facetas poco conocidas de ti.
Sí, aunque algunas suenan un poco raras sin la pregunta que las precede. Cuando digo que soy católico y papista no se entiende de dónde sale eso, pero es que en la pregunta me hacían escoger entre Cienciología o Testigos de Jehová. No es que me diesen los buenos días y yo empezara a hablar del Papa. Hay cosas que son muy mías y con las que no le doy la vara a nadie.

Siempre me ha sorprendido, hablando de eso, que te sitúes en una parte del espectro político poco habitual en el pop: la derecha tradicionalista, católica y monárquica.
Bueno, la realidad es siempre la misma, y delante de esa realidad cada uno extrae sus propias conclusiones, de cómo le ha ido, de cómo han ido las cosas y cómo lo ves todo. En mi caso se trata de bagaje familiar, bagaje de amigos que han estado en esa misma situación, educación... Yo fui a los Escolapios con trece años, jamás vi que le tocaran el pito a nadie (aunque me creo que sucedieran cosas así en otros lugares) y por tanto yo recuerdo mi estancia en un colegio de curas como una buena época. Otros recuerdan que les pegaban todo el tiempo; todo es fruto de la experiencia personal. Yo a los curas los recuerdo como gente instruida que me hablaba de países del mundo, y me hacían viajar con la imaginación a esos lugares. Y vengo de una familia cristiana de rancio abolengo por las dos ramas, y es lo que he mamado en casa, claro. Y también lo he visto: no es que me enseñaran una cosa y luego hiciesen la otra.

Pero esa óptica tradicionalista está en contradicción con lo que debiste sentir en tu juventud alborotada, con la “idea joven”, las ganas de fornicio que indudablemente debiste sentir, con tu amor a los situacionistas, a lo riot grrrl...
Contradicciones, siempre. Lo que pasa es que con el tiempo he visto que las contradicciones siempre van a estar. He resuelto que no hay forma de resolver las propias contradicciones. Que no somos de una pieza: en un momento te tira más una cosa, y al siguiente te tira la otra, y para ir tirando intentas hacer un resumen que no siempre resulta satisfactorio. Hay tantas cosas que, si hubieran llegado a suceder de otro modo, quizás me habrían cambiado hacia otro extremo... Nunca lo sabes. Como dice una de mis principales fuentes de sabiduría, Gil Grisson de CSI, “cinco testigos, cinco historias diferentes”. Tengo experiencias que me podrían llevar a otras conclusiones, pero he crecido con una cierta visión de las cosas. Lo fundamental es que entiendo que otra gente las vea de otro modo. Por no decir que muchas veces he visto las cosas de ese modo, y luego he cambiado de opinión. ¿Cuándo estaba más cerca de la verdad? No vale la pena intentar convencer a nadie de opiniones políticas. Del bagaje depende cómo ves el mundo.

Admito que el bagaje es crucial. Pero uno puede ponerse más o menos de cara a su bagaje. Otra gente tenía el mismo y se ha rebelado contra él.
En algunas cosas no he cambiado en absoluto de idea (en música, especialmente) pero en otras aún no tengo las ideas claras. No vale la pena que me oponga a algo que luego veré de otro modo. No quiero ir de legendario, pero es posible que no merezca la pena apasionarse por algo que no sea la música.




En tu introducción al libro confiesas tus debilidades en ese sentido, admites que la has cagado innumerables veces en el pasado y que “te has enmendado”. Pero antes, hablando de Los Canguros, decías que nadie cambia. ¿Tú crees que la posibilidad de cambio es posible?

Sí y no. La cabra tira al monte. Quizás he cambiado en tolerancia, he ganado mucho en ese aspecto. Antes era: “¿Cómo? [puñetazo ficticio en la mesa] ¡Será posible!”. Como te decía antes, nadie en Los Canguros ha cambiado: siguen haciendo las mismas cosas, teniendo los mismos tics...

Quizás no cambiamos, pero sí cambian los mecanismos de relación con los demás, las forma en que afectas a tu entorno, tu capacidad de causar o no causar daño a los demás...
O de permitir que te causen daño. Pero las cosas que hacen los demás dejan de indignarte. Lo que antes me ponía furioso en Los Canguros, ahora es: “Ay, el viejo y entrañable X” [ríe]. Old chap.

Se acerca el final de la entrevista y me doy cuenta ahora de que no me va a dar tiempo a hablar de Cola-Jet Set. Todo este afán por hacer historia...
Es que siempre que hago historia... Por eso el libro se llama ¿Eso dije? ¡Dios mío!. Por la boca muere el pez. ¿Quién me ha acabado sacando el libro? El mismo tipo de quien digo allí que “se dedica a grabar el mismo disco una y otra vez”(6) [ríe]. Por no decir que yo también estoy grabando el mismo disco una y otra vez.

Tú siempre has escrito canciones de desamor. Ahora que has encontrado el amor y eres padre, ¿ha cambiado tu perspectiva de la vida? ¿Eres más empático, por ejemplo?
No sabría qué decirte. Siempre he odiado las canciones dedicadas a niños, y las sigo odiando. Creo que lo de los niños y tu personalidad son dos cosas que puedes llevar por separado. No soy consciente de que me haya influido musicalmente. Espiritualmente, me ha influido como tantas otras cosas que siempre había querido, y que cuando he conseguido he dicho: “Sí”. Hay otras cosas que buscas, consigues y te das cuenta de que no había para tanto. Esta no. Siempre había querido casarme y tener hijos, y es un sueño hecho realidad. Estoy contento. Aparte de que me puse a ello muy tarde, cuando ya había perdido toda esperanza. Pero por otra parte (esto va a sonar muy egoísta), el año pasado estuve separado cinco meses y, una vez pasado el primer mes de angustia, volví a renacer como “Boy about town” total. Pasé cuatro meses a tope, sintiéndome más joven y vivo que en los últimos veinte años, me sentía capaz de todo, veía tocar a un grupo y a la mañana siguiente quería montar uno igual, iba al cine, iba a cualquier fiesta...

Quizás la defensa a no envejecer es ese entusiasmo sin mácula del que hablas. El no estar nunca a vuelta de todo y “regodearte de tu ignorancia”, como dices en el libro, y querer aprender cada día.
Cuando era joven pensaba que los cincuenta era una época en que ya estabas acabado. Ahora veo que no. Me siento capaz de muchas cosas y percibo que aún tendré sorpresas en la vida.

Última pregunta: Los Canguros han saltado a las páginas de actualidad insospechadamente...
[Me interrumpe] Es lo que te decía de las sorpresas que te da la vida. El año pasado, la separación, mi viaje a Nueva York, este año sin un duro, pensando ¿y ahora qué? Y de golpe me salen el libro y el disco recopilatorio de Los Canguros.

No me has dejado terminar. Lo que te iba a decir es que en dos días han denunciado a un exmiembro de Los Canguros por fraude fiscal(7) y otro, que resulta que eres tú, ha salido en unas fotos con Federico Jiménez Losantos. Comenta.
Por un lado le han hecho una burrada, a Arola. No puedes tratar así a la gente que te debe pasta. En una peli de mafia sí, pero el Estado no puede comportarse de ese modo, y menos si lo que quieres es cobrar. Eso lo que hará es hundirle el negocio, cuando lo que el Estado debería desear es que le vaya bien para que te devuelva la deuda. Pero bueno: ya saldrá de esta. Sergi es un tipo que siempre se sale con la suya, sea haciéndose con el control de Los Canguros, sea empezando un restaurante de la nada. El Cura me contó que, cuando el grupo había terminado y seguían quedando para tocar juntos, un día Arola le dijo: “La semana que viene ya no hace falta que vengas al ensayo, porque hay un concurso de cocina y lo voy a ganar, y entonces tendré que ir a París para hablar con una gente, y luego abriré un restaurante en Madrid que, cuando consiga las estrellas Michelín...”. El Cura pensó: “Sí, ja, ja. El cuento de la lechera”. Pues no. El tipo imaginó toda la operación, se movió en todos los ambientes que hacía falta... Empuje no le falta. De lo otro: tuve un compañero de piso mallorquín que escuchaba siempre Antena Tres, el espacio humorístico que tenían Cruz y Raya antes de salir por la tele. Y de ahí me enganché a todo el programa. Y había un tal Jiménez Losantos que siempre aparecía, anticipando unas cosas exageradísimas que luego resultaban ciertas. A mí, por la mañana, lo que me da caña es que aparezca este tipo y a los ladrones les llame ladrones. En su emisora actual, por ser miembro del club (una cuota que pagas como socio) se sortea un fin de semana para conocer la emisora por dentro. Y me tocó. Por supuesto, cuando me hicieron las fotos pensé que a la gente le faltarían dos segundos para retuitearlo, pero vamos... ¿Ahora me tengo que avergonzar de lo que escucho en casa? Voy y ya está. He estado contando los días desde entonces, pensando en cuándo me lo iba a mencionar alguien.

Pero Losantos está chiflado. A (algunos) ladrones les llamará ladrones, pero también llamaba etarra y anarquista a Zapatero. Quiero decir, que la mayor parte de lo que dice no tiene el menor anclaje en la realidad.
Algunos razonamientos los encuentro sólidos. Me gustaría que se equivocara más. Y razona con un lenguaje muy rico. A mí es un tío que me gusta. Siempre me ha gustado. Me gusta como da caña. También reparte entre los obispos; nunca se ha callado por estar en un medio de la Iglesia. Ahora Pere Navarro(8) dice que el Rey tiene que abdicar y todo el mundo se le echa encima, pero eso ya lo dijo hace tiempo Federico. La primera vez que le echaron de la COPE fue cuando dijo que el Rey tenía que abdicar. Juliana, todos los de La Vanguardia, estuvieron durante años conjurando para ver cuántos obispos tenían que reunir para echarlo, pero la llamada que le echó vino de la Casa Real. Pero como te decía: la realidad, cada uno la ve a su manera. Otra gente también dice burradas en Catalunya Radio y no les cierran la emisora. A mí que me dejen escuchar lo que quiera, que yo nunca he pedido que le cierren la emisora a nadie.

¿Eso Dije? ¡Dios Mio!, el libro de vivencias y anécdotas de Felipe está editado por Ediciones Chelsea. Pueden encontrar más información y comprar en este link.


1. Ver Yo fui el primer #2: Josep Pere Llorens... en La Escuela Moderna.

2. Los trece legendarios caballeros que (hacia 1526) acompañaron a Francisco Pizarro en la conquista del Imperio Inca, cuando el resto de sus huestes había desertado.

3. Pionero subcultural barcelonés, rama mod-garaje.

4. La tituló “La música de la ciudad”.

5. Valentí Morató, batería de Los Negativos.

6. Se refiere a Alejandro Díez, de Los Flechazos y Cooper.

7. Sergi Arola, súperchef mediático, antiguo guitarrista y segundo compositor de Los Canguros.

8. Primer secretario del PSC.

Il·lustració de portada: Carlos Leoz
Fotografies: Jordi Garrigós
Text: Kiko Amat
Correcció: Joanaina Font