19 d’abr. 2013

GÉNERO NO-ABURRIDO: MIS OCHO PARA SANT JORDI 2013 (PER KIKO AMAT)


Amic de la casa, Kiko Amat ha resistit tres anys de correus. Un Sant Jordi darrere l’altre, l’escriptor i crític de Sant Boi feia com si la seva bústia estigués plena quan, vora el 15 d’abril, rebia un mail amb l’assumpte: “Recomanacions de Sant Jordi a Gent Normal”. Però ha arribat l’hora que l’Amat pagui per aquest endarreriment. El càstig ha estat un article en exclusiva i ben complert sobre llibres, els que ell compraria aquesta Diada si no fos perquè ja els ha llegit. Normalment demanem 3 lectures per recomanador, però en Kiko ens en devia tres de tres anys, i li'n vam demanar nou. Al final n’ha fet vuit, però veure un word de 5 planes ens ha estovat el cor. A partir d’ara mateix, i fins el dia de Sant Jordi, tot el que llegireu va relacionat amb llibres. Així doncs, comencem amb les recomanacions de Kiko Amat i la seva penitència. Estem en paus.


1) Caída y auge de Reginald Perrin, DAVID NOBBS (Impedimenta)

La historia de un commuter (oficinista que viaja en trenes de cercanías) melancólico y sumiso y amargado, casado y padre de dos, que un día de furia decide simular su suicidio y renacer bajo otra identidad en otra parte de Inglaterra. Humor inglés agridulce como la mermelada de naranja, lleno de incomodidad social, descalabro cuarentón, sexo triste y césped cuidado y lluvias y bebercio y snacks reveníos y sorry y vergüenza y espantosa intimidad y terror al contacto físico y desear estar muy lejos de allí. Siendo otro, si puede ser. Uno de los libros más emotivos, tristes y divertidos que he leído nunca. Y Reginald Perrin es un personaje inolvidable: esperpéntico e hilarante, existencialista y apenado, como un Basil Fawlty sin nervios. Jonathan Coe lo aprendió todo de aquí (lo dice él mismo; y se nota: vean nomás su Maxwell Sim). Un gran road book británico, con todos los atributos del género. Entraría hol-ga-da-men-te en mi Top 20 de toda la vida. Como lo oyen.

Piensen en: Billy Liar, Jernigan, The Office, series inglesas de los setenta, Jonathan Coe, el lamento paterno-cuarentón de Louis CK o, mismamente, la homónima serie de los setenta que protagonizaron Leonard Rossiter y su tremenda cara de úlcera estomacal.

2) La última película, LARRY MCMURTRY (Gallo Nero)

Un gran libro sobre soledad, tedio y desesperación pueblerina, a ratos más triste que una canción de Mark Eitzel, pero siempre alimenticio y emotivo. Es la mañana siguiente de American graffiti, cuando queda atrás la noche de farra y tienes que enfrentarte al RESTO DE TU VIDA. Y en Thalia, culo-de-mundo donde los haya. Amistades quebradas, caminos bifurcados, insatisfacción, aburrimiento, asco y adulterio, con alguna escapada sobre ruedas para desengrasar. Un mundo pequeño que ata sin cadenas, con personajes atrapados en un laberinto muy grande (las grandes llanuras tejanas) pero deambulando por pasadizos muy estrechos (su limitada visión del mundo). McMurtry explica esa inmovilidad, ese repentino deseo de algo, lo que sea, que se despierta un día en el epitalamio de algunos personajes, y lo explica armado de contención y simplicidad y verdad. Sin gritar ni prestidigitar ni citar libros ajenos. Grande y quieto y potente, como un enorme reptil del desierto que no necesita grandes aspavientos para causar impresión.

Piensen en: Damien Jurado, Verano del 42, Rebeldes, Knockemstiff sin drogas.

3) Casta invencible, KEN KESEY (El Aleph)

También llamado "The Big Ladrillou". Torres altas han caído intentando acabarlo, pero merece la pena el esfuerzo. 800 paginotas para contar la historia de una familia de leñadores esquiroles, los Stamper, y su lucha contra el sindicato, el río, la naturaleza, el resto del p*** mundo. Un canto a la testarudez y la guerra perpetua, a seguir el propio camino caiga quien caiga, escrito con mecanismos extraños (cambios de la voz narrativa sin avisar, diálogos interiores, cursivas irritantes) que actúan como la Otra Guerra a la que el lector debe enfrentarse: Él contra El Maldito Libro. Podía hacerse más corto (le sobran 400 páginas, a ojo de buen cubero), más sencillo, más de todo; pero Ken Kesey sudó, y se fue trotando semidesnudo a tomar más LSD, y nos dejó esto. Una gran visión del individualismo y sus peligros llena de victorias inútiles, conflicto familiar, deseo y cabezonería letal y “¡Jamás cedas un centímetro!”(el lema de los Stamper). Solo la terminan los muy manitos. Quien tiene lo que hay que tener.

Piensen en: The angry silence, camisas de franela, trad jazz contra bop, libros GIGANTES, Kesey volviéndose chalupa, bosques impenetrables, corte-de-mangas a la contracultura de los sesenta (esto es el no-Brautigan, vamos).

No piensen en: Casta invencible, la inmunda película homónima con el casting más equivocado de la historia del cine. Tampoco piensen en que todavía les quedan 500 páginas para terminar, justo cuando ya están perdiendo la paciencia con el libraco.

4) Plens de vida, JOHN FANTE (1984)

Fante es Dios. La Sencillez es Dios. En solo 189 páginas, John Fante vuelve a entregar una novela perfecta. Tras leerla, uno no puede (como autor) sino maldecir todas las metáforas sobrantes, los adjetivos para-hacerse-el-listo, las comparaciones pirotécnicas, los personajes que solo eran un guiño, etc. que uno ha ido colocando en su faena. No hacían falta. Fante era el mejor. Una novela poderosa, enhebrada a base de emoción y pasión, pero que utiliza solo lo indispensable: ¡menos de todo! Recuerda a La Hermandad de la uva (piensen en las viñas de Joe Muto), y como ella (y casi toda la obra de Fante) habla de familias condenadas a vivir unidas y hacerse daño y tocarse los huevos, pero también a quererse. Aquí el autor pasó incluso de esconderse tras un álter ego, y le endilgó su nombre al protagonista: John Fante. Chupa cámara sobre todo su padre, Nick Fante, entrañable y asesinable sabelotodo, borrachín pasivo-agresivo, cabezota y mandón y melodramático y extraordinario chantajista emocional. Si no han empezado a leerle, este puede ser un buen lugar donde hacerlo. Si se plantean escribir, aquí está todo; cancelen la matrícula del taller de narrativa. Sin pasajes oníricos ni introspección en arameo ni cursos de semiótica ni remakes de clásicos. Solo una historia, desnuda y bella y dura y esquelética en su construcción.

No piensen en: Chabon, Foster Wallace, Delillo, Franzen, Lethem. Gore Vidal o Norman Mailer. Rayuela. Ninguno de ellos. Hagan el jodido favor.

5) Boston; sonata para violín sin cuerdas, TODD MCEWEN (Automática)

La sorpresa del año, y me quedo corto. Lo pasé tan endiabladamente bien con Boston que rezaba para que no terminara nunca, como cuando miraba dibujos animados de niño. Boston tiene fatalidad, nudismo, beodez extrema, malentendidos, Guinness, locura temporal, 12 valientes, páginas de ortografía de borracho (“¿Dienes sidio bara dormir?”; insisto: 12 páginas así), guarrez y violencia, imágenes gigantes, indigencia fortuita y vagabundeo por la gran ciudad (¡Viva Hamsun y Fante!), vandalismo, “este vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento” y hartazgo laboral que desemboca en demencia y perdición, también pathos y pena y emoción: algunas de mis cosas favoritas, juntas y revueltas. Oh: y un omnipresente violín sin cuerdas, en efecto. Es un poco experimental, pero de forma tolerable (escasez de comas, diálogos sin guion, a lo nouveau roman). En general se van a MORIR DE LA PUTA RISA a la vez que se estremecen con el alcance del derrumbe masculino. Desastre tras desastre. Mi libro favorito del 2012, junto a David Nobbs (ver punto 1).

Se parece a: Tantas cosas que no sabría por dónde empezar. Apunten: BS Johnson, Basil Fawlty en The germans, La conjura de los necios, Tom Sharpe, Lodge y especialmente Keith Waterhouse (el protagonista se llama William Fisher, como el de Billy Liar; esto no puede ser mera coincidencia) con la cerdez tragicómica americana de Sam Lipsyte. También Withnail & I, Abluciones y (de nuevo) Jernigan, Reginald Perrin y –de forma, lo juro, fortuita– Eres el mejor, Cienfuegos. Aunque termina peor.

6) El cantante de góspel, HARRY CREWS (Acuarela)

Siempre les hablo de Harry Crews. Es otro de mis dioses. No me gustan todos sus libros (Karate is a thing of the spirit es demasiado pulp-Carradine-kung fu para mí; Tarantino sacaría de él una buena película, imagino) pero cuando la clavaba, se quedaba clavada. Me encanta todo del mundo Crews: su emoción, el lugar de donde venía, la violencia y la defensa de la rareza, la sangre y la cerrazón, los pueblos y los deformes, los flacos y los orgullosos. Me gusta cómo define lo que hacemos y por qué lo hacemos. Me gusta cuando habla de la vergüenza que sentía por ser white trash. Me gusta que pueda romper narices, y me gusta que sea un bruto ilustrado. Me gusta imaginarle en cuadriláteros con algunos autores españoles que no voy a nombrar. Este es su primer libro, aunque nadie lo diría. Emocional y estilísticamente está emparentado con El diablo a todas horas, de Donald Ray Pollock (no sale en esta lista porque, se lo prometo, soy tan fan que me he hartado de hablar de él), con el que es hermano en la distancia. Hay predicadores, un semi-Elvis de música religiosa, mánagers mezquinos, familias de acémilas atrasadas, raíces, barro, fanatismo, racismo y linchamientos. Es maravilloso.

Me recuerda a: I’m still the best says Johhny Angelo de Nik Cohn mezclado con Jim Thompson y Knockemstiff. Tal cual.

7) La chica zombie, LAURA FERNÁNDEZ (Seix Barral)

No me importa confesar que me costó un poco entrar en el universo de Laura Fernández. Para empezar, no entendía por qué sus personajes tenían nombres americanos, si ella es más de extrarradio que los ferrocatas. Pero aquí lo vi claro: Fernández se montó hace tiempo otro universo, uno paralelo y basado en Stephen King, Carrie, noveluchas de marcianos, El día de la marmota, alquilar cientos de pelis de horror del videoclub de barrio, ser algo tiarro (de joven), pasar de Barbies y juguem a papas i mamas, leer cómics de tíos (y tías) en mallas, imaginar saltos del tiempo y visionar pésimas TV movies (made for TV), teen flicks y Michael J. Fox y Sesión de tarde. Y vivió allí (quizás durante toda su adolescencia, si uno saca conclusiones biográficas de los pesares de la protagonista en esta nueva novela), y de allí extrajo material para sus novelas, no de su barrio o novios o empleos o circunstancia adulta. En mi opinión, al mundo y lenguaje inicial de Fernández solo le faltaba una cosa: una prosa elástica, lúdica, dura y hermosa, que fluyese natural como trucha en río. Las lecturas de Vonnegut y Richard Brautigan (un libro que empieza con una cita de Brautigan NO PUEDE SER MALO, es norma) dieron frutos evidentes. Esto es lo mejor de Laura. Un libro sobre –en efecto – una chica zombie que recuerda a mil cosas, pero que tiene voz propia. También pathos y mucho dolor juvenil (que no está tan lejos, ¿verdad, nerds del mundo?). Y gusanos y pústulas y peste a mierda. Desconcierto y angustia teen. Qué me está pasando en el cuerpo, pero con putrefacción de la carne añadida. Además, Laura es tesorera y vocal de NUESTRO CLUB FANTE (en espera de formación). ¿Cómo no hacerse fan? Un libro que es una gran patada en los huevos del crítico arty y alta-culturesco. Bravo (clap clap) Laura.

Me recuerda a: 100.000 películas que vi entre 1981 y 1989.

No me recuerda en absoluto a: James Joyce. Guy Debord. Beckett. Foucault. Todos los pesaos.

8) Limónov, EMMANUEL CARRÈRE (Anagrama)

Lo primero que me siento obligado a decir es que debo ser uno de los pocos fans de este libro que lo son por el sujeto, no por el autor. O sea: si esto no llega a ir sobre Edward Limónov, autor favoritísimo de toda la vida en mi casa, a Carrère tal vez no lo habría leído aún. Este libro, magnífico y chocante y devorable como es, no deja de ser un placebo extraño: como si en España hubiese salido antes la biografía de un autor que su obra. No es que sea un problema, porque la vida de nuestro dandy-punk-soldado-majara ruso favorito es tan azarosa que, francamente, puede leerse sin haber entrado antes en su producción literaria. Solo confiamos en que, una vez hayan leído estas maravillosas memorias (que también pueden leerse como una reflexión sobre vidas cruzadas), alguien se decida a traducir It’s me, Eddie, o His Butler’s story. Ambos libros de cabecera de quien les habla. Sí: Te quiero, Eddie (pero estás un poco p’allá). Eddie es todo pasión y dedicación y beberse la vida a tragos. Ocasionalmente empuñando pluma, otras empuñando un rifle soviético, ahora punk bisexual poeta ruso muerto de hambre en traje blanco en NY, ahora líder nacional-bolchevique, ahora combatiente en los Balcanes. Qué vida, la suya. Leer para creer.

Kiko Amat

Fotografia de portada: Arxiu
Text intro: Jordi Garrigós
Correcció: Joanaina Font

2 comentaris:

Neus ha dit...

John Fante és brutal!

Anònim ha dit...

brautigan!!!! ,un ouuuuuuuyyyeeeaaaa!!!