14 d’abr. 2017

ESTOY MUY CANSADA (per VERÓNICA ALONSO)



Estoy muy cansada, he pasado las últimas tres horas en un bar llamado “Passion Food” dentro de la estación de Puerta de Atocha que evocaba a todo menos a pasión en su comida. Me han ayudado un par de cañas a sobrellevar el calvario de tener que acabar un dossier en tal maravilloso lugar... Acabo de meter las facturas en el programa para autónomos para adelantar los IVAS de mañana por la mañana, he reescrito “mñaana” dos veces seguidas, sí, estoy muy cansada. Me encuentro en Madrid pero ya me vuelvo, me dirijo a la entrada de los andenes para el AVE. Hay huelga de servicios. Me dan una cuartilla. Me la leo, piden mejoras laborables y mejores sueldos. Espero que se los den.

No tengo fuerzas casi ni para seguir escribiendo, pero me apetece porque me rodean una serie de personas muy interesantes para mí en este momento. Sentada en el asiento 9B en el pasillo, tengo a mi lado a una chica con el móvil en la mano, cascos y cargador enchufado, me da un poco de vergüenza que pueda leer esto por encima de mi hombro, pero estoy tan cansada que no me importa demasiado. Al otro lado del pasillo está uno de mis individuos favoritos, viste camiseta negra con un dibujo de un vikingo con casco amarillo, pantalones de traje azul grisáceo, zapatillas de deporte negras, Casio de plástico negro (de mis relojes favoritos), auriculares de oreja de cable fino negro y gafas rectangulares. Lleva su portátil con su ratón de luces láser rojas y está completamente enganchado a un juego tipo Tetris / Candy Crush de disparo de bolas que desaparecen cuando hay más de 3 del mismo color. Mientras juega, chupa un chupa chups interminable y hace sonidos guturales que a veces suenan un poco afinados, me imagino que es la música que está escuchando, no consigo saber qué podría ser, me imagino qué tipo de música podría gustarle pero no consigo averiguarlo con esta referencia de voz que me marca. Con la mano derecha sujeta el ratón contra su rodilla y con la izquierda aguanta el palo del chupa-chups, pero si pierde algún tiro se lleva esa misma mano a la cabeza. Está totalmente aislado de todos los demás. Le he hecho una foto, luego os la enseño.

Me he rascado el ojo, creo que debo de llevar el ojo negro, mi mano lo está, no me acordaba que hoy me había pintado los ojos. No me importa. Justo delante del hombre del chupa-chups infinito se encuentra ahora mismo un hombre pequeño con acento de alguna parte de entre Argentina y Uruguay. Lleva una camiseta mil rayas gris y blanca, bastante antigua pero con ese toque de prenda de buen algodón usada, que hace que la quieras llevar cada día. Tiene un bolso de cremalleras negro cruzado y un libro en la mano del que solo puedo leer el principio del título “El retorno de los...”. Lo lleva en su mano izquierda mientras sujeta con la misma su minúsculo teléfono blanco del que no paran de llamarlo amigos o familiares, tiene esas conversaciones informativas de lo sucedido en el día y algo banales que se mantienen en este tipo de relaciones. Como decía, está sentado ahí ahora porque antes estaba al lado de la ventana y un chico de unos 25 años estaba en lo que es su sitio ahora. Esto nos lleva al grupo de amigos que querían estar juntos. Una pareja con acento del sur esperan nerviosos que nadie reclame el lugar de su amigo que está de polizón en un asiento que no le corresponde, el se suponía que debía estar en el siguiente vagón asiento 2D. Lo repite todo el rato por si aparece el dueño de su asiento prestado.

Al final, aparece, y es un hombre muy grande con cara de pocos amigos que había reservado exactamente ese lugar cerca del pasillo ya que así podía estirar de vez en cuando sus piernas. El chico baja la cabeza y se mueve al asiento de la ventana, está un poco más lejos de sus amigos pero aún los ve y puede charlar. No tarda mucho y aparece el dueño de su nuevo asiento prestado, es el hombre de la camiseta mil rayas que ha dejado su maleta cerca y no quiere cederle el asiento, porque no quiere estar lejos de sus pertenencias. Los amigos del chico intentan dar pena para que se pueda quedar con ellos, pero el hombre del libro y el teléfono en la misma mano no tiene ganas de negociar. El chico se marcha a su lugar pero no para de hablar con sus amigos vía WhatsApp. Le echan de menos y se sienten mal porque está “solo” allí. Estamos en huelga de servicios en el tren y dudan de si abrirán el bar esta noche y así poder juntarse los 3 allí, además, tienen hambre. Unos minutos más tarde, pasa la azafata con los auriculares y aprovechan para preguntar por la apertura de su posible punto de encuentro y reciben la buena nueva de que podrán reunirse allí puesto que esta noche el bar abre.

El hombre grande que quería estirar las piernas tiene amigos y corazón así que decide preguntar si el puesto de su amigo emigrado está cerca del pasillo o de la ventana. La chica excitada le responde que también está cerca del pasillo y se levanta mientras manda un mensaje de voz a su amigo. El hombre grande en todos los sentidos ha recogido todas sus cosas con una amplia sonrisa en su cara mientras hacía el cambio de turno con el nuevo dueño del asiento que ha venido corriendo a lo bala y ya está esperando poder charlar sentado con sus amigos. Mientras todo esto pasaba, el hombre de la camiseta de mil rayas que lee un libro enigmático ha empezado a gritar: “tengo claustrofobia, tengo claustrofobia” y ha obligado a volver a emigrar hacia el asiento de la ventana al amigo de la pareja. Todos lo que estábamos atentos nos hemos quedado un poco patidifusos, antes no había avisado de tener claustrofobia... Así, nuestros tres amigos han vuelto a quedar separados por un cuerpo pegado a un móvil, pegado a un libro, del que no soy capaz de leer el título completo, así que han decidido ir ver si ya está abierto el bar. Un bar, en definitiva, es el lugar de la amistad.

Estamos muy tranquilos desde hace una media hora y me he quedado leyendo los subtítulos de la película, Ice Age 2. Me he reído en un par de escenas, podría dejar esto, ponerme los cascos y terminar de verla. El hombre con el que comparto pasillo se ha puesto a toser, se ha atragantado, es un sonido muy fuerte, se nota que fuma mucho. Sigo aquí a mi rollo, pero él sigue tosiendo, se ha quitado el chupa chups, me preocupo y miro mi botella de agua, está acabada, me quedo pensando. Tengo una botella de agua con gas en la mochila, el hombre de la camiseta del vikingo con casco amarillo sigue tosiendo, nadie le ofrece nada, saco la botella de agua con gas y se la ofrezco, pido perdón por solo tener agua con gas. Me agradece el gesto asintiendo mientras tose y se bebe media botella. Consigue darme las gracias, tose a veces pero se encuentra mejor. Ya estamos cerca de Barcelona, voy terminando con esto. Los tres amigos han vuelto y el señor de la camiseta de mil rayas ha cerrado el libro y tiene su mano encima de la portada... ¡Argh! Antes de que pudiera recoger, el hombre adicto a su juego de ordenador con su camiseta con un vikingo de casco amarillo y su tos ya curada, ha recogido todas sus cosas y me ha dicho mientras sonreía: “¡Hasta luego y muchas gracias!”. Cierro aquí, tengo sueño, estoy muy cansada.

Verónica Alonso (estilista de profesión y baterista de vocación en Me and the Bees) @lomismoescierto

Fotografia de portada: Eduard J. Montoya 
Text: Verónica Alonso 
Correcció: Pendent