12 de nov. 2015

EL VERMUT DE KIKO AMAT #13 - (NANDO CRUZ)


Ustedes se reirán, y con razón, cuando les diga que esta es la primera vez que veo a Nando Cruz. Pues sí, majos. 30 años viendo conciertos y escribiendo en la misma ciudad, y jamás habíamos topado el uno con el otro. Cosas de Barcelona, supongo, aunque resulta inevitable añadir que vivíamos (ya no) en universos paralelos y casi-del-todo-no-comunicantes. Aceite y agua, oriente y occidente, tal y tal. Aquellos dos universos, veo que bizquean, eran el pandilleo mod y la subcultura de clase obrera por mi parte, y la prensa mayoritaria (e indie, a lo largo de los 90) por la suya. Nando Cruz es un crítico musical de pura cepa, de los de siempre: pinta ex-nerd, carrera universitaria, parcela longeva en las páginas de cultura de algunas de las revistas y periódicos mainstream más importantes del país y bagaje musical clásico (como leerán algo más tarde). Mientras escribo esto he googleado su nombre en “Imágenes” de Google y, tras ignorar un par de fotos de un negrazo brasileño llamado Nando Da Cruz (mostachudo músico de MPB baiana, según parece), al fin he topado con una imagen suya de juventud. Lo tiene todo: gafas de pasta, semblante adusto, ceño fruncido al borde de la fractura y sudadera con capucha, los atributos que señalaban de modo ineludible al escriba indie “serio” de 1995.

Escudriñemos su CV, ahora: Nando Cruz ha sido durante años colaborador habitual de Rockdelux y El Periódico de Catalunya. Ha trabajado en televisión (Sputnik o Música Moderna) y radio (Catalunya Cultura, Icat FM). Hace unos años también publicó una biografía de Oasis, no se sabe muy bien con qué intención, y el notorio Una semana en el motor de un autobús: La historia del disco que casi acaba con Los Planetas. Cruz, ustedes ya lo saben, es también el autor de la mejor historia oral de este país (después de Harto de todo de Jordi Llansamá), esa resonancia magnética del indie que tituló Pequeño circo. Vale, en este país solo existen cuatro o cinco historias orales, pero incluso así, su libro es la monda lironda.

De Cruz me agradan varias cosas más, y deseo ponerlas en su conocimiento. Son: su espíritu crítico (a menudo se ha posicionado en contra del nefasto mammon del Primavera Sound; un gesto potencialmente ominoso –por el pogromo gansteril que el PS suele desencadenar contra la disidencia– que le honra), su insobornabilidad, su capacidad de autocrítica (confiesa su culpa en el gran timo del indie, sin llegar a los melodramáticos extremos de algunos de sus más flagelantes y plúmbeos coetáneos) y porque parece un tipo centrado, con la capacidad de juicio no ofuscada por las bajas pasiones, la ira ciega y el delirio borrachil. Como quien les habla, sí, amables lectores de Gent Normal.

Allá voy, pues, a mi esperada cita vermutera con él. La charla que mantendremos, y que ustedes están a punto de leer, tiene ya unos meses de edad (nuestro encuentro tuvo lugar el pasado junio), pero inexcusables obligaciones pecuniarias se entrometieron en el camino de la transcripción. Espero que aún les interese el maldito tinglado del indie 90, o toda esta faena extenuante habrá sido en balde y yo me voy a tener que ciscar en el misterio.

Tu input en Pequeño circo no es abrumador. El libro tiene vocación obvia de historia oral, de explicar algo por boca de otros. Así que mi primera pregunta tiene que ser: ¿Qué piensas realmente del indie, y donde empieza lo vuestro?
Yo entré a saco. Yo ya escribía de música en Popular Uno, luego pasé a Rockdelux, y en esa época me interesaba todo. Era fan de Bruce Springsteen, U2, Dire Straits algo antes, Loquillo... Pero no había encontrado nada que me hablara de tú a tú. Bueno, el indie tampoco me hablaría –el indie nunca hablaba-, pero bueno. Fui a la gira de Noise Pop en 1991, empecé a escuchar Cancer Moon, y sentí que era algo que, si no me apelaba directamente, al menos estaba hecha por gente como yo. Así que entré a saco, pero en tres años ya me parecía exageradamente mimético. Cuando pude comprar discos de Dinosaur Jr. o Pixies lo de aquí me sabía a poco. Pero entonces salieron Los Planetas, que tenían más nivel, y aquello me volvió a molar. Lo mío con el indie tiene que ver con cuándo empecé a escribir en RDL, que era la revista que apostó realmente por el indie. En El Periódico trataba de convencerles para que me dejasen escribir sobre El Niño Gusano, y alucinaban con el nombre, no les sonaba de nada. Yo fui uno de los que colaron esta música tan minoritaria y tan insignificante socialmente en prensa mayoritaria.



¿Recuerdas algún momento crítico en que te dijeses que aquello tampoco era la pera, realmente?
Estéticamente muy al principio. Porque veía que los discos publicados de aquel “estilo” en otros países eran infinitamente mejores. La duda de cuál era el nivel real del indie español la resolví rapidísimo. Porque, además, lo de mirarte esa música con cierta condescendencia y menosprecio era algo muy de prensa indie. Era un doble juego de espejos: los indies miraban con desdén la música que no era indie, y los periodistas indies mirábamos con desdén a los músicos indie españoles porque no estaban al nivel que estaba el indie foráneo. Era una guerra de listillos [sonríe] en la que participé como el que más. Las dudas sobre su papel social me vinieron mucho más tarde, con la edad y la madurez. Porque indie y madurez son conceptos que no van ligados [ríe] y tienes que separarte de uno para entrar en la otra.

Mi relación fue diferente. Yo pasé de odio cerril a comprender algunas de sus manifestaciones.
Bueno, tú ni te debías enterar.

No mucho, no. Yo estaba en otros asuntos. Pero gracias a tu libro he aprendido cosas buenas que no vi entonces, y por desgracia también otras espantosas en las que no había reparado. ¿Cuáles son tus críticas fundamentales al indie? Creo que en lo del idioma coincide todo el mundo.
A toro pasado, todo el mundo ve claro que lo del idioma fue un error. Incluso algunos grupos trataron de cambiar de lengua hacia el final. La gente aún se extraña de que ciertos grupos fuesen a tocar a Ávila y cantasen en...

Wachiweeeei. Porque para no ser, aquello ni siquiera era inglés.
No. Pero dentro de lo que cabe, te diría que tiene más sentido cantar en un idioma inventado que no va a entender nadie de verdad que hacerlo en inglés más o menos correcto que solo van a entender tus colegas de filología. Lo de Penelope Trip me parecía más honesto –porque ellos hacían filología inglesa pero no querían cantar en buen inglés [ríe]– que lo de un grupo de Móstoles que intenta cantar en inglés. Y se va a Ávila y empieza a cantar “when the rain no se qué...”. El mensaje es: “no os enteráis de nada, si no os gusta la música es vuestro problema, y yo tengo que cantar en inglés aunque acentúe fatal”. Para mí, otro problema (que no es específico del indie, sino que se halla en muchas otras escenas) es no tener vocación popular. Considerar que si aquello les gusta a tus 30 colegas ya es suficiente. Ni siquiera eso: que si hay 30 millones de personas a quienes no les gusta lo que haces es una prueba clarísima de que no se enteran. La vocación popular va implícita en una música que teóricamente es pop. Si solo pones barreras para que la gente no te conozca, si tocas de espaldas... Es una actitud, pero una actitud que tiene sus consecuencias. Es decir, que la gente pasará de ti.

En tu libro se ve claro que esto es una reacción contra la nueva ola española. Estos grupos querían ser lo contrario a Loquillo. Y tiene sentido, pero por otro lado la nueva ola española fue algo guay que terminó fatal. Ojalá los indies hubiesen escuchado a 091, La Granja o Los Negativos.
Claro. Esto lo explica muy bien Pedro Vizcaíno, de Grabaciones en el Mar, porque es un tío que sí estuvo en aquella pre-Movida. Y decía: “hostia, cuando los indies decían que los grupos de los ochenta eran una mierda... ¡Serían una mierda los que tú escuchaste! Porque yo te puedo hacer una lista de 20 grupos que no solo no eran una mierda, sino infinitamente mejores de lo que acabarás siendo tú en tu momento de máxima creatividad”. ¿Polanski y El Ardor eran una mierda? ¿Los primeros Gabinete Caligari eran una mierda? ¿091 eran una mierda? ¿La Granja eran una mierda? Claro, ellos no conocían nada de eso, y se quedaron con los discos chungos de la década. Los últimos discos malos de Gabinete, Tam Tam Go... Generacionalmente mucha gente crece con esta parte tardía del “pop-rock nacional” (como también se le llamaba) [sonríe], pero solo con tirar un par de años atrás ya te encontrabas con lo mejor. A ver: ese rechazo generacional viene implícito en cualquier escena musical, pero incluso en el 88, donde yo marco el inicio del indie”, te encuentras con el Camino Soria. Un disco que puede no gustarte, pero que deja el listón alto. Intenta rimar como rimaba Urrutia...

A uno le rompen el corazón todos los grupos que cayeron en periodo de entreguerras. La Granja, Ex-Crocodiles, Los Valendas... Eran grupos que les podrían haber chiflado a los indies, y quedaron sepultados por bandas muy mediocres.
Desde luego. Tú citas esos, pero yo me fijo en Cancer Moon o Los Bichos. Sus discos hierven más que los indies. No son superficiales. Incluso con sus errores, son errores llevados hasta las últimas consecuencias. Surfin’ Bichos o Los Bichos tienen discos que quizás no definiría como extremos –porque no son extremos en el sentido que lo es el rock industrial– pero sí son trabajos de gente que se mete en la música de lleno, no diletante o mimética o por mera estética. Lo de aquella generación bisagra fue una pena. Escuchas lo que hacía Josetxo Bitxo, y cuidao...

Es que el universo de las bandas era distinto, también. A Sonic Youth les pirraba la No Wave, el hardcore angelino, los Dils, el avantgarde... A Penelope Trip les gustaba solo Sonic Youth. Se había perdido una inmensa riqueza por el camino.
Faltaba investigación. Los Bichos la tenían, Cancer Moon también. Empezaban por Sonic Youth, pero no paraban de hurgar e ir hacia atrás. Lo de aquí fue un poco acción-reacción. “Hostia, me gustan los Pixies. Hagamos una versión de los Pixies”. Lo siguiente ya es una canción inspirada en los Pixies. La explicación de eso es que el proceso de aprendizaje por el que pasan todos los grupos, muchos grupos del indie se lo saltaron. Pasaron de la primera maqueta al primer álbum. Seguramente el cuarto disco de los Frankenbooties de Mallorca ya podría haber sido mejor. Pero de la demo pasaron al single y del single al disco sin filtrar o intentar mejorar. Eso el indie no lo hacía. ¿Por qué? Porque de repente creció la escena de sellos, entró mucha pasta que nadie esperaba –y que ponía la editorial– y de golpe se empezaron a sacar las cuatro canciones de la maqueta en single. Muchos grupos insignificantes acabaron haciendo cosas decentes, pero tuvieron que pasar diez años.



La prueba de lo que dices es que los que tenían un universo más rico y variado son los que han quedado. El Niño Gusano, Los Planetas... Les gustaban los Television Personalities, el folk-rock, psicodelia rara, Spacemen 3... Y encima decidieron cantar en español.
Claro. Era gente muy cultivada musicalmente, eso para empezar. Y encima lo de querer cantar en tu propio idioma te plantea una serie de desafíos que tienes que asumir. Para empezar qué dices y cómo lo dices. Qué escondes y qué no quieres esconder. Serás metafórico o clarísimo. Eso en inglés ya ni te lo planteas. Y ya que comentas lo de El Niño Gusano, es que ni era el primer grupo de Algora. Él venía de tres grupos anteriores. El bagaje de todos los errores ya lo había cumplido. Cuando entró en El Niño Gusano ya era un tío bregado, muy leído... Jota empezó a componer cuando ya era relativamente mayor. Los Planetas se forman cuando Jota tiene 27 años. Claro, no es lo mismo empezar en una banda a los 27 que a los 17. Es un tipo de ventaja sobre la que Antonio Luque de Sr. Chinarro siempre incide: “Claro, es que el Jota es dos o tres años mayor que yo, y eso cuenta mucho”.

A mí me dan mucha risa las declaraciones de Año Cero de todas las escenas. El punk cayó en esa chorrada de lleno, y el indie español también. Penelope Trip iban de anti-retro y modernos porque les gustaba Felt, pero a Lawrence solo le gustaban los grupos sixties.
Con Primal Scream lo mismo. Ibon Errazkin, que es otro de los indies cultivados y con mucha discoteca, me contó que cuando conocieron a Penelope Trip estos decían cosas como: “el año cero del rock es el Psychocandy de The Jesus & Mary Chain”. Errazkin les decía: “Os van a encantar las Shangri-Las. O Scott Walker. Si me dejáis que os pase cintas, vais a alucinar”. Claro, Penelope Trip tenían 17 años. Qué les puedes decir. A los 17 todos somos medio gilipollas. Pero Ibon Errazkin a los 13 a lo mejor ya tenía toda la discografía de David Bowie. Penelope Trip tenían esa aversión suya al rockerío, eran enemigos del Ruta 66 –aunque allá habían aprendido cosas– y tenían la actitud más Rockdelux de “lo de hoy es lo que mola”.

En Pequeño circo se suceden las declaraciones anti-Malasaña, aunque muchos de los sellos germen del indie naciesen del rollo garajero madrileño. Como Munster. O Sex Museum, que pusieron una piedra fundamental en lo de cómo funcionaba un grupo de rock’n’roll.
A ti, que eres muy mod...

Ex-mod, por favor.
Vale, ex-mod [sonríe]. Pues te gustará saber que Fernando Pardo dice que la conexión mod-indie no es en absoluto anecdótica. Que hay un subsuelo mod de donde brotó parte del indie. Me hubiese encantado explorar más eso. Los Pardo, Felipe Fresón, Roberto Grima de La Iguana, Alberto Guijarro, Marcos Collantes...

Albert Salmerón, Miqui Puig... En realidad somos una logia secreta que se echa una mano en tiempos difíciles.
[ríe] Ya. Esto me lo contó Bart Davenport, pero como era extranjero no me colaba en el libro. Él atribuye su “éxito” español a que él había sido mod, Marcos Collantes también, y que cuando Collantes montó su sello indie le llamó a él. Existe un trasvase mod-indie, está claro. Una infraestructura.

Pequeño circo también incide en el poder de la prensa indie, que a ratos era mucho más importante que los propios grupos.
Creo que eso es cierto. Esto lo decía mucho David Rodríguez de Beef. Al menos en Barcelona, que ni siquiera tuvo grupos indies importantes. Paperhouse hicieron un solo disco, y David de Beef estaba en su pueblo, y cuando tocaba iban treinta personas. Y Parkinson DC nunca fueron muy conocidos fuera de aquí. La prensa barcelonesa era mucho más importante que todos esos grupos, y no lo digo con orgullo, sino para explicitar ese absurdo. Aquí ser colaborador de Rockdelux era lo más, no era como ser un simple fanzinero. Y ya no hablo de ser el director. A Santi [Carrillo] se lo miraban con cara de “cuidadín”. Por eso en el capítulo de Barcelona quería entrevistar a alguien que hubiese mirado eso con una cierta ironía, como Juanjo Sáez, que juega el papel de caricaturista. En Barcelona es que había fotógrafos famosos, diseñadores famosos, ¡incluso maquetadores famosos! El tío que maquetaba el Rockdelux y hacía flyers era famoso [pone cara de susto]. Eso no pasa en ningún otro sitio. Tal y como lo dibujaba Juanjo Sáez era tan famoso Rafamateo como J de Los Planetas. Y es que era así.

Creo que la prensa y fanzines indies no veían que lo que escribían sobre aquellos grupos creaba más asco que fascinación. De hecho tardé seis o siete años en escuchar a Felt solo porque alguien de Malsonando había escrito algo tan pomposo sobre ellos que se me quitaron las ganas.
Pues eso es lo peor que le puede pasar a un periodista musical. Crear rechazo hacia un grupo con sus escritos. Para mí eso ha sido siempre una obsesión: intentar empatizar con la gente, y cuando no lo consigues (cuando alguien te viene diciendo precisamente que se le han quitado las ganas de escuchar algo) es el peor insulto que alguien puede dedicarte. Pero creo que nos pasaba a todos. A veces intentas usar ese tipo de literatura o adjetivación que tú crees que es positiva pero la gente la toma al revés. Si escribes “exquisitez”, unos cuantos asumen que les va a molar porque les va a acariciar la espalda, y otros salen corriendo. Lo que pasó en aquella época es que había una serie de adjetivos y códigos estéticos que eran los que considerábamos adecuados, y los que se tenían que predicar. Pero al 96% de la sociedad española todo aquello le parecía insignificante, ridículo e incluso aburrido.



Es que aquel intento de poesía post-universitaria que encontrabas en muchos artículos era atroz, no nos engañemos.
El Rockdelux del principio del indie era muy así, aunque luego rebajó un poco el tono. Claro, a los Malsonando les fichó RDL inmediatamente. Yo he releído hace poco los dos Malsonando, para contrastar algunas frases que Manolo Martínez recordaba de memoria, y el cabrón la clavó.

“Dan ganas de arrancarte los ojos de terciopelo”.
De lo bella que es esta música [sonríe]. Era muy ridículo, pero en fin. Hay que poner en contexto la edad de la gente implicada. Yo a los 22 también debí dejar caer alguna gilipollez así. Ser afectado e hipersensible era un valor en alza en determinados círculos. No había emo, pero esto antecede al emo. [afecta la voz] “Dios, no me cantes tan bien que puedo romperme en pedazos aquí mismo”. Llorar en los conciertos...

Yo creo que otro problema fundamental del indie, como afirman Vads [de Corn Flakes] y también Juan Cervera en tu libro, es que no había canciones memorables. Casi todas las edades del pop español han legado un montón de canciones inmortales, menos el indie. Te salen dos o tres: “La mujer portuguesa”, “Chup Chup”...
Y alguna de Los Planetas.

Y Astrud, claro.
Pero Astrud ya no es un grupo indie. Llegan mucho más tarde. Lo que sucede es que esa falta de canciones ya va implícita en la definición del indie: es solo para que la escuchen tus cuatro colegas, quieres distorsionar, no sabes cantar y no quieres aprender... Es imposible que de aquí salga una buena canción. Mencionas “La mujer portuguesa”, que cantaba el que para mí era uno de los peores cantantes de España, Sergio Algora. Me recordaba mucho al Dúo Dinámico [sonríe]. Para mí siempre cantó mejor Sergio Vinadé. En todo caso, pese a aquella voz, consiguieron trascender porque sus influencias no eran Sonic Youth, porque les gustaban los Beatles y el pop de los sesenta. Y si escuchas cosas así vas a querer hacer una canción pop que se entienda. Aunque “La mujer portuguesa” no se entiende demasiado [carcajada]. Vads tiene razón. ¿Cuántas canciones del indie puedes silbar por la calle? Ninguna. Y si no puedes silbar algo es que...

No es pop, claro.
No. No es popular. Además de que el pop debe llegar a diferentes generaciones. Si una canción no le gusta a un niño de ocho y a un anciano de ochenta ya no es popular. Será pop, pero no popular. “Chup chup” sí. [Francisco] Nixon tiene razón: es muy fácil hacer canciones para tu grupo de amigos, lo que es jodido es una canción que traspase. Y esta les salió de rebote, pero olé sus huevos. Que no dice nada, porque no dice nada, pero es muy chula, cojones.

Se le intuía vocación de hit.
Es que ni vocación, porque casi fue su primera canción. Estaba copiada de Los Sangrientos. Es un hit de rebote, pero otro grupo indie la llega a sacar y la hubiese eliminado del repertorio, no fuese que triunfaran para todos los públicos. Solo por eso merece un respeto.

En general hay algo un poco paleto en ponerte a hacer algo que defines como “nuevo”, pero que está copiado al milímetro de grupos foráneos con base sixties. No sé, la 2-Tone, que empezó con ambición revivalera, es un millón de veces más enjundiosa y derivó hacia cosas más interesantes que el indie español, que no derivó a nada.
Eso no lo había pensado antes, pero es verdad. Si eres un grupo de revival –o sea, que copias décadas pasadas– es más fácil que entregues una cosa nueva que si copias lo que acaba de salir. Porque hay una cierta perspectiva que desaparece. A Toni Noguera de Los Valendas, que producía discos de grupos indie, le llegaba gente con un disco de Ride que tenía un año, y le decía: “Quiero sonar a esto”. Claro, no hay distancia ninguna.

Ni lo intentas adaptar a tu circunstancia, como harías con un disco de 1963.
No. Porque tu circunstancia es prácticamente la misma que la de Ride en Oxford. Pero si quieres copiar a un grupo jamaicano, vas a tener que cambiar algo por narices, porque si no acabarás con dreadlocks. Aunque no quieras innovar, el contexto te obliga a hacerlo. Porque han pasado 20 años. Incluso si es por algo tan simple como que ya no puedes ni utilizar los mismos instrumentos con los que se grabó aquello, ya tienes que inventar algo. Ya no puedes copiarlo al 100%. Pero grupos como Parkinson DC se iban a ver a Pavement, se ponían delante del escenario e iban apuntando los pedales que usaban.

A mí, como lector, un 90% de los participantes en Pequeño circo me han caído bien. Porque incluso los que en la época tenían discursos más sobraos o antipáticos aquí efectúan una reflexión madura.
Ya. También sucede lo contrario, según me cuentan. Que gente a la que no habrías matado entonces te entran ganas de matarla tras leer lo que dice aquí. A raíz del libro mucha gente habla de este fenómeno de “desmontar” el indie, o “desmitificar” el indie, incluso de “renegar” del indie. Estamos hablando de gente que tenía 20 años y ahora tiene 40. Han vivido muchos años, han madurado y ven las cosas de otro modo. Para mí eso no es “desmontar” nada, simplemente reflexionar sobre tu pasado. Hace 10 años este proceso habría estado a medio hacer y mucha gente defendería muchas de las tonterías que hizo, o trataría de convencernos de que aquel era un cabrón pero yo soy guay... Pero ahora existe una nueva perspectiva. Mucha gente habla de su yo pretérito como si fuese otra persona. “Te digo lo que quieras de aquel tipo, porque aquel tipo no era yo”. Eso facilita las cosas. Yo conozco a la mayoría de entrevistados. Con muchos tengo buena relación y con otros la tengo mala, pero mi libro no es de buenos y malos. Yo quería que cada uno se explicase como quisiera.



Es algo injusto, pero ¿podrías decirme tus voces favoritas del libro?
No, no me pidas eso [sonríe]. Dime tú las tuyas.

Chupado: David Beef y Murky. Luego están aquellos con los que siempre he estado de acuerdo, como Manolo Martínez. Y luego hay gente con la que podría haber estado más o menos de acuerdo, pero su tono me ha parecido espantoso, como Jaime Gonzalo.
Ya. Gonzalo va muy a saco, incluso de gente fallecida. Pero me gusta que diga que alguien era un rastrero, aunque ya no esté entre nosotros. Mucha gente está indignada porque Jaime Gonzalo se carga todos los fanzines, por ejemplo.

De hecho, ahí tiene razón. Solo me sorprende que no efectúe más autocrítica.
Yo no le conozco, y por tanto tomo lo que dice como verdad. Cuando comenta que en tal año, en 1988, se podría haber hecho de tal modo en lugar de tirar hacia el indie, a mí se me enciende la lucecita. Lo que dice de que se tendría que haber intentado explicar el rock, y asimilarlo en contexto, no como algo simplemente estético... Hostia. Quizás ahora tendríamos otro tipo de legado.

Pero una de las razones por las que cierto tipo de rock empezó a crear rechazo fue por el rockismo cerril del Ruta 66 de los 90.
Ya. Según él se trata de que no pudimos entender el rock como un elemento contracultural y por eso terminamos haciendo una cosa así más pajillera y sectaria. Ese mea culpa sí lo realiza: afirma que convirtieron una revista abierta en una cosa “rutera” solo para malasañeros, y que ahí se quedaron cortos.

David Beef se antoja, tras leer Pequeño circo, una figura parecida a Luke Haines de The Auteurs. Un pájaro que está en mitad de los fastos pero que no acaba de encajar, y que quizás está en todo aquello por razones distintas a los demás. Y que es el chafa-guitarras total de la fiesta.
Imagina a un tío de pueblo, de Sant Feliu, que empieza a escuchar Sonic Youth, escucha Radio P.I.C.A., escucha Radio 3, y ve que se puede meter en aquello, un poco a regañadientes. A otra gente le pasó algo parecido: Juanjo Sáez, por ejemplo, que era heavy, pero luego se apuntó a la escuela Massana de diseño, y vio que lo que molaba era el indie y cambió de lado. A él le parecía que aquellos indies hacían los punteos mucho peor que los heavies [ríe], pero había que estar allí. Por otro lado David Beef lleva 30 años utilizando ese discurso de “yo soy un mierda” y de falsa modestia que ya no sé si cuela. Siempre le ha encantado esa historia del patito feo. Pero tal y como me decía Fernando Alfaro el otro día, todo lo que hace David Beef obedece a una razón. No es casualidad, como él aduce. El patito feo no vive 25 años de la música. Al segundo año al patito feo ya lo habrían pelado y estaría trabajando de mensajero para SEUR. Esa supervivencia suya no es casual. Alguien con cero ego no aguanta así. Lo mismo sucede con Alfaro, con los Penelope Trip... Todos siguen haciendo cosas, yo no me trago aquello de que para ellos era un hobby. Bueno, para los del Inquilino sí lo era: cuando tenían exámenes no tocaban, y dejaron la música para trabajar en empresas y eso. Ellos sí lo tenían claro.

La parte de clase social del indie no está tan clara. En el momento se veía como una cosa de pijos, por Parkinson DC y los grupos de Getxo y tal, pero en tu libro aparecen otras clases sociales.
Está más difuminado, sí. Yo les pregunté a todos dónde estudiaron, de qué trabajaban sus padres, si aprendieron inglés en el colegio, si viajaron al extranjero... Hay un porcentaje alto de chicos de colegio de curas o colegio privado, y también de gente que estudió un año en otros países (como Estados Unidos), pero también hay muchos que a los 15 años estaban trabajando en un bar. Hay hijos de militar, hijos de arquitecto, hijos de aparejador, pero en Asturias por ejemplo hay un hijo de taxista y tal. Las estadísticas se las dejo a otros. “Salen un 80% de cole de curas”, y tal.

Los Planetas y El Niño Gusano son working class, por ejemplo. No son nada pijos.
Sí. Pero a veces se utiliza la etiqueta de “pijo” para definir a cualquiera que tenga diez duros más que uno. Fran Nixon lo dice muy bien: “yo conozco a muchos pijos, y a los pijos de verdad el indie no les gusta. Les gusta la ropa, el polo...” Parkinson DC o Paperhouse eran de familias de mucha pasta de Sarrià y Sant Gervasi, sí, pero lo que domina el indie es esa clase media emergente de los ochenta que ya puede enviar a los chicos a estudiar fuera, por ejemplo.

Una de las críticas que suele hacérsele al indie es que era insuficientemente político. Pero qué se yo, las Shangri-Las tampoco eran políticas, y son de lo mejor que le ha pasado al planeta.
Sí. Te puedes tomar eso como un insulto o como mera información. A mí que un grupo de la época no esté politizado me da igual mientras me gusten las canciones. Eso sí, si toda aquella generación era apolítica es un dato que hay que preguntar. Porque el hecho de que no sean políticos Sr.Chinarro no es lo mismo que no lo sean El Inquilino Comunista o La Buena Vida. Que no estés politizado en Gijón, en mitad de los conflictos de la reconversión que ellos viven en su vida diaria pero que no trasladan a su música... Eso conviene explicarlo. Lo que no se puede hacer es, veinte años más tarde, simular que eso no era así. El indie era apolítico de la misma manera en que lo era la Movida, pero lo segundo resulta menos problemático porque había canciones cojonudas. El indie es una música despreocupada de la realidad (pues la gente no tiene demasiados problemas), cantada en un idioma minoritario, sin la vocación popular de la Movida y apolítica. Quien se lo tome como un insulto allá él. Pero es un hecho.



Las cosas más alucinadas sobre el carácter “subversivo” y revolucionario del indie las suelta Jota, de Los Planetas.
Tiene cachondeo que sea precisamente él, el primer tío que firmó por multinacional [sonríe]. Yo creo que ese sentimiento de culpa le ha hecho intentar reforzar una visión que no se ajusta a la realidad en ningún momento. El último correo que he abierto antes de encontrarme contigo hoy decía “Los Planetas fichan por el sello del Primavera Sound”. Hostia, Jota, dímelo un mes antes porque eso iba al libro. Es la guinda perfecta.

Es innegable que en el primer indie hay una parte de entrañable DIY. Pero de ahí a ser anti-establishment...
Eso lo he intentado explicar también. Mucha gente dice que deseo desmontar el indie o que reniego, pero antes de desmontarlo dedico medio libro a reconstruirlo. Y al principio hay historias heroicas, otras cómicas, y una voluntad de caminar por los márgenes. Que unos chavales de 17 años se vayan a Radio Kras, una emisora libre de Gijón, y monten un programa de música y se creen una serie de contactos que quizás tengan un punto elitista pero que son importantes...

Todas las escenas adolescentes son elitistas por definición. No pasa nada, vamos.
Claro. Lo que quieres es montarte tu tribu, porque te sientes frágil, porque los tíos de veinte años pueden romperte la cara... Eso sucede. Que un grupo de Mallorca se diga que tiene que tocar por España y se monte esas giras, como hicieron los Frankenbooties. O cómo los de Gijón trataron de montar una cosa colectiva, con lo de la camiseta famosa aquella. Son intentos de no ir por el camino habitual, de grabarte lo tuyo con tu dinerito y ya está... A mí es que eso del DIY como algo político en sí mismo no me cuela. Yo si tengo ahorros y ahora me saco el libro yo solo, eso no es un acto particularmente político. He ahorrado, nada más. Al indie le faltó cooperación. Quería explicar los pocos casos en que se da esto. El tío aquel de Sevilla que venía de Inglaterra, que había montado cooperativas en su país, y que quiso montar una igual en Sevilla, la ciudad más individualista del país. Y eso sí es político. El Do It Together. Aunque quedara en agua de borrajas.

La parte más heroica, creo yo, es la de irse de gira. Los primeros que salieron del pueblo para ir a tocar por ahí. Porque existía una pequeña infraestructura heredada del punk y lo mod, pero muy precaria.
Claro. Por eso quería que salieran Sex Museum (a quien hice una crítica terrible en un Rockdelux) [sonríe] o Pleasure Fuckers. Grupos anatema para los indies, pero que son los que picaron piedra y abrieron un mini-circuito para que Surfin’ Bichos o Los Planetas pudiesen tocar en salas pocos años después.

Para el que piense que el indie era una cosa de piruletas y sugus, en tu libro aparecen varios grupos e individuos con un comportamiento (narcótico, alcohólico y sexual) decididamente rocanrolero.
Los Planetas son un grupo de rock’n’roll. Y se comportan como tales.

Es que hasta La Buena Vida se comportaban de modo bastante rock’n’roll, en cuanto a la farra y eso.
Yo también tuve un shock cuando descubrí que La Buena Vida no se tomaban un yogur bífidus después del concierto y se iban a dormir [ríe].

La gente tiene una perspectiva muy alterada del twee. Heavenly eran unos tajas tremendos, como sabe cualquiera que les haya conocido. Cuando tocaron por primera vez en España y los indies les vieron beber y fumar en plan demente se quedaron pasmaos.
Con Mercury Rev pasaba algo similar. Yo flipaba con ese grupo, los tenía a la altura de cualquiera de mis ídolos y los veía como superestrellas. Luego me enteré de que eran unos ratas, unos mataos que se iban guardando el dinero que les daban para comidas aquí y se lo llevaban a Buffalo para sobrevivir un año. Te haces una idea de los grupos y luego no tiene nada que ver con la realidad.

Existían bastantes rencillas en el indie español, ¿verdad? Aunque tu libro no contiene demasiada mala baba.
Pues en la época rajaban unos de otros una barbaridad. Era espectacular. Pero la gente se ha hecho mayor. Entonces había mucho rajeo porque la prensa, como Spiral o Rockdelux, estaba compuesta por tíos de veinte años que criticaban una cosa mala. Parkinson DC o Paperhouse también decían unas cosas de otros grupos que si lo leyesen ahora se quedarían de piedra. Pero hoy en día los únicos que rajan, con cuarenta años, son aquellos a quienes les deben pasta [sonríe]. Hay gente muy prudente que no tiene ganas de remover la mierda. Carlos Liñán o Carlos Subterfuge podrían haber dicho muchas cosas que nunca dijeron. Quizás porque sabían que querían durar muchos más años en aquella industria. Las rencillas e insultos no explican el indie de los 90. Explican a dos tíos de veinte años que se odiaban, independientemente de la escena a la que perteneciesen.



Pensaste en titular tu libro Por favor, págame. Por la “confusión monetaria” que imperaba en el indie.
[ríe] Menudo eufemismo.

Pero paradójicamente, al margen de Subterfuge y Gabi Ruiz y un par más, no hay mucha gente que se enriquezca allí. Luís Calvo de Elefant no va por ahí en limusina, precisamente.
Aquí solo hay 3 tíos que han hecho pasta: Carlos Galán, Gabi Ruiz y los hermanos Morán. Uno es de un sello que hizo pasta, y los otros dos son festivales. En esa época nadie creía que los festivales iban a ser la aspiradora que sorbería la poca pasta que existía. En 1997 todo el mundo creía que se trataba de hacer discos y montar algún bolo. Nadie podía haber previsto lo de los festivales.

Es que ibas al Serie B de Pradejón, que era la pera, y aquello parecía la fiesta mayor de Calahorra. Y digo esto como elogio.
Montar un festival era una ruina. Cuando los de Pradejón llevaron a Redd Kross a La Rioja, creyendo que iban a reventar la sala [carcajada]. Estos tíos te lo cuentan ahora como si se tratase de algo que hizo otra gente. No entienden cómo pudieron creer que iban a meter 600 personas para ver a Superchunk allí. “¡Y no nos drogábamos!”, me decían, “¿Cómo podíamos creer que iba a salir bien?”. Pero años después ya se vio que aquí lo que molaba era el festival. No somos de números. Somos de fiesta, y de sol.

Así triunfó el FIB. Yo estuve en los tres primeros y ya se veía que algo había sucedido. Aquello ya no era el Serie B. Ya había un look, un tipo de público...
Habían llegado todos los discos de importación, podías comprarte el NME en los kioskos, el Rockdelux empezaba a subir, y se creó una escena. Mínima, porque seis mil personas en Benicássim, de un país de 40 millones es un segmento insignificante de la población. Pero empezó el esfuerzo mediático que explicaba todo lo que sucedía en Benicàssim, y subió el suflé.

Hagamos una reflexión final. Es injusto decir que el indie no legó nada. Tenemos el Soidemersol, el Entresemana, “Al amanecer” de Fresones Rebeldes (que aún se canta en bodas), la segunda etapa de Sr. Chinarro y la carrera entera de Los Planetas. Coño, y Astrud. No es mucho, vale, pero tampoco está tan mal.
Víctor Lenore dice que los sellos o las editoriales no deben valorarse por los discos buenos que sacan sino por los malos. Aquí hubo mucha morralla. A tu lista yo añadiría El Niño Gusano, el LP de Family (que me encanta)... Pero eso no quita que no fuese una escena exageradamente sobredimensionada por la prensa. Y desconectada de la realidad de una manera voluntaria. La prensa pasó de muchas cosas que eran mucho más interesantes que el indie. Pero nos entestamos con que aquello era la nueva Movida, y ahí se acabó todo. Como decíamos antes, esto no se puede comparar a lo que salió aquí en los 80. Esos discos que dices están muy bien, pero son muy pocos.

Sí. Estaba intentando autoconvencerme a mí mismo, yo qué sé. Para no deprimirme.
[ríe] Es que échale un vistazo a alguna revista de 1996. Mira los informes de “Nueva escena valenciana”. En mi libro ni aparecen esos grupos. Nadie se acuerda. ¿Quiénes eran? Todos aquellos grupos malísimos tenían una o dos páginas en cada revista. Igual aquel mismo año Rubén Bladés estaba sacando un disco increíble, pero no salía en la prensa. Salía una página y media de Guedeon Della [ríe].

Es que se pilló lo peor de Inglaterra, joder. Salad y Echobelly fueron portada varias veces de Melody Maker y NME, Dios mío, y eran inmundos.
Mikel López Iturriaga lo explica muy bien. Como prensa musical, llegó un momento en que incluso nosotros nos vimos tan abrumados por el mimetismo de todos aquellos grupos que empezamos a dar caña para que hiciesen algo más personal. Pero a la vez no nos dábamos cuenta de que nosotros también estábamos copiando la forma de trabajar de la prensa inglesa. Estábamos obnubilados por el indie español y por el de fuera. J. Mascis se tiraba un pedo y había que explicarlo.

¿Hacía dónde se decantan tus simpatías? Porque tu libro no tiene un input personal muy explícito.
Bueno. Quizás no se nota en mis palabras, porque yo solo escribo un prólogo, pero precisamente allí digo que quiero llegar a unas conclusiones y quiero explicar una serie de cosas para las cuales hago una serie concreta de preguntas y ordeno el libro de cierta manera. Y obviamente he ordenado las cosas para explicar una serie de ideas y opiniones que son las mías. Y no me escondo de ello. Lo estoy explicando para que se lea de un modo, y no de otro.

Resume tus filias y fobias, por favor.
Pues no estoy nada de acuerdo con la gente que ve el indie como algo contracultural, y estoy más de acuerdo con la gente que lo ve como una ocasión perdida para crear una escena alternativa que crease algún tipo de tejido que permaneciese. Y no hablo de discos, que dependen de una determinada inspiración que no puedes exigir, sino de un cambio de actitud. Crear algo más cooperativo, como los gaztetxes de Euskadi, que hubiese cambiado la mentalidad de la gente para que ahora los grupos no pensaran solo en que les fiche el sello del Primavera Sound. La dependencia de la escena independiente actual de los tres o cuatro agentes potentes, del festivaleo y las marcas, es idéntico al que existía a mediados de los ochenta con las marcas y las multinacionales. En ese sentido no se creó una base para crear algo independiente de verdad. Y en cuanto a afinidades personales... No comparto mucho lo que dice Antonio Luque, su visión cínica de la vida, pero me cae bien. Lo mismo Fernando Alfaro. Con Jota seguramente desde ahora nos caeremos peor, porque creerá que ha quedado mal en el libro. Claro que a lo mejor él ve que ha quedado súper bien. Vete a saber.


Fotografia de portada: Lluis Huedo
Text: Kiko Amat
Correcció: Pablo Gerschuni