17 de des. 2014

PERCUSIÓN PERSUASIVA (Y OTROS SONIDOS CATALÍTICOS): Crónica #2 (año 2):


SENIOR I EL COR BRUTAL
(Golferichs Centre Cívic, 14 de noviembre del 2014)
por Kiko Amat

En una noche de relámpagos e inclemencias llega el concierto acústico de Senior i El Cor Brutal. Me siento algo culpable cuando llego a la sala Golferichs, porque: a) es un emplazamiento minúsculo (no el vasto hipódromo con tremendas corrientes de aire que pintaba yo), b) las entradas estaban asaz limitadas, c) La gente ha tenido que levantarse al alba para reservarlas y yo c) le había pedido (esta es la parte que vierte plomo ardiente sobre mis pústulas)... Ejem: 8 tickets al mismísimo Senior. Ocho. Un equipo entero de rugby 7 + el entrenador. Una big band de jazz entera, con bandleader incluido. Los Palmas 7 y el roadie de postre.

De acuerdo, la entrada era gratuita (y, por tanto, no le hemos hurtado el asiento legítimo a nadie); pero aún así. Me siento como el típico prestamista bastardo de la Francia de Vichy que tiene la alhacena a rebosar mientras la gente come ratas marinadas en barro, allá en la zona libre. Por norma general no me reconcome lo de entrar de balde a los eventos si luego he de redactar mis buenas páginas sobre ello, pero ¿ocho entradas? Es un arrase algo cochino, lo admito. Senior me había comentado, afable como siempre, que las entradas estarían en el apartado de Prensa, sin problema, primo. Y asimismo me abochorna presentarme allá con siete fulanos más. ¿Debería ofrecer algún tipo de explicación en taquilla? “Sí, somos todos de prensa. Los ocho, sí. Yo escribo, ellos siete fotografían. Desde distintos ángulos. Eso es”.

Pero, ¿qué quieren? Muchos de mis amigos querían acudir, incluyendo a David, que lleva todo el santo verano chillándome el estribillo de “Roselleta” al oído con un acento valenciano que a él le parece comiquísimo (y, si he de serles completamente sincero, a mí también). Cuando llego a la Casa Golferichs, de hecho, eso es lo primero que hace David. Berrearme “ROSELLEEEETA” en el tímpano izquierdo haciendo trizas cada hueso del oído medio, y luego comunicarme ya en la oreja buena que no ha comido en todo el día, y que al mediodía se ha echado al gollete tres jarrazas de medio litro, y que todo ha ido cuesta abajo (o arriba) desde allí. Que va pedo perdido, vaya. Absolutamente pestífero y miasmático. Yo temo lo peor, porque sé lo que sucede (y ustedes también, pues se lo he contado mil veces) cuando uno entra embriagado y parrandero a una velada de quietud acústica.

Por fortuna, no sucede nada de ese jaez; pero sí muchas otras cosas increíbles que procedo a contarles sin más demora. Así: accedemos los ocho al salón tras mostrar nuestras acreditaciones, y nos encaramamos por las lujosas y vetustas escaleras de este sublime edificio modernista. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni idea de si es sublime o no. Ni modernista, ya que estamos. Viejo, eso sí, y también angosto, y para colmo sin bar a la vista. Pero “sublime”, ¿qué diantre voy a saber yo? Me temo que tendrán que consultar algún número atrasado de Arquitectura y diseño.

Una vez en el ático, de aspecto luterano y sobrio (huele a baúles y secretos, etapa Mancomunitat), me dispongo a aparcar mis fatigadas nalgas contra la pared trasera para disfrutar del concierto en paz, cuando una azafata, con la cordialidad de un rottweiler que hubiese sumergido su almorrana en un plato de llameantes guindillas, me espeta:

- No podéis estar de pie.
- ¿Perdón? –contesto yo.

Pues desde que comenzó mi existencia en este ancho y bello mundo me han prohibido una porrada de cosas (No mees desde el balcón. No mezcles Fanta y Coca-Cola, que explota. No coloques rompetochos en boñigas de perro. No incrustes huesos de aceituna en las fosas nasales de otros niños. No escribas en primera persona. No te metas todo el gramo tú solo. Etc.) pero jamás estar de pie. Vamos, ni los nazis, que lo prohibieron casi todo, se atrevieron a vetar la posición erguida a base de piernas y pies que ha sido hito evolutivo desde la revolución cognitiva post-neanderthal. Ni a Pol Pot, que estaba muy majara y mataba a la gente que llevaba gafas, se le ocurrió lo de perseguir la erguidez.

 

- Que no podéis estar de pie responde la azafata, aún luciendo el rictus molesto de un basilisco que se acabara de pillar las pelotas en un cepo de trampero Tenéis que sentaros.
- ¿Por qué? –le pregunto yo, genuinamente intrigado.
- Normativa.
- ¿Normativa? le suelto, ya en la frontera del berrido Entiendo que en un Boeing 777 en pleno despegue, en zona de turbulencias ventosas y con un jemer enajenado blandiendo un AK-47 en la cabina, uno pueda reclamar que nos atengamos a la “normativa”. Pero esto es un concierto. Acústico. Con piano. Ni siquiera mi cavidad timpánica va a sufrir daño alguno, obtusa y huraña mujer.
Lo de “obtusa y huraña mujer” no se lo digo. Ni lo del “jemer enajenado” con el AK-47. Ni utilizo la expresión “cavidad timpánica”. Pero lo del Boeing en zona de turbulencias sí.
- Tenéis que sentaros.
- Grrrrr gruño, alejándome de allí en dirección a las butacas, el Tercer Reich empezó así, joder, con gente que no tenía nada mejor que hacer que ir por ahí metiendo sus narices en los asuntos de los demás y prohibiendo cosas y sigo un rato por esos derroteros: totalitarismo bla bla, ataque al libre albedrío grunt grunt, oprobio y humillación brr brr, usted no sabe con quién está hablando etc.

Pero la broma macabra no termina allí, pues hemos acabado llegando los últimos (estábamos en el bar de delante bebiendo y haciendo acopio de latas), y por consiguiente solo quedan unas cuantas sillas laterales libres donde aposentarnos. En fila india. Sí: uno detrás del otro. Como niños tontainas haciendo el trenecito. La conga del asiento.

Y no, no han oído mal: he dicho “haciendo acopio de latas”. No se podían entrar bebedizos en la sala Golferichs, pero somos de Sant Boi y en esto de pasar de estraperlo licores de garrafón tenemos una dilatada experiencia, testeada en mil pitotes, francachelas y mortíferas fiestas de instituto (“Kiko, julay, métete tú las cuatro Xibecas en la parka, que como nos pille la de Ética...”). Yo entro mi lata encajada en mis propios frijoles, miren ustedes, no sé ni cómo. Pero allí está: roja y fría y deseable como una espía del Kremlin. En cueros bajo un abrigo de visón (mis pantalones).

La situación que sigue me parece hilarante: cuatro bobos (nuestras cuatro respectivas acompañantes rechazaron sabiamente seguir la línea testosteronil de razonamiento y se dispersaron por todo el ático; cuanto más lejos, mejor) pasando las latas hacia atrás como en la escena del túnel de La Gran Evasión. Y tosiendo estentóreamente para ocultar el PSSSSHHHHHT de apertura latil, que en medio de aquel sepulcro habría sonado como los V1 del blitz reduciendo Londres a cascotes.

Hasta aquí mi introducción.

Lo que queda ahora, no van ustedes extraviados, es el concierto de Senior i El Cor Brutal. A mí Senior me gusta horrores cuando hace ruido, porque es un tío educado en indie americano y le va el volúmen, así que no sé muy bien qué esperar de lo de hoy. En el escenario, lo dije de pasada, hay un piano. Un piano grande, vertical, no de cola; pero incluso así. Un piano es (para mí) una cosa muy serrrria. Su presencia vagamente ominosa parece anunciar que en cualquier momento emergerá del cortinaje Leonard Cohen, o Richard Clayderman, o (peor) Rufus Wainwright con una pamela gigantesca y dos caniches recién perfumados. Lo sé, lo sé: Jerry Lee Lewis. Liberace. Brian Wilson. Jimmy Webb. Homérico etcétera de pianistas excelsos y/o fogosos y/o chiflados. Pero cada uno tiene sus temores, y los pianos voluminosos son uno de los míos. Especialmente en un sitio como este, yo mal encajado en el extremo de un ático sin la menor posibilidad de fuga. Además, desde que vi la serie Black Books, siempre que topo con un piano pienso que dentro se halla Manny, tocando las cuerdas con un par de cucharas.

Pero no había nada que temer. Por allá que hacen su aparición Senior (Miguel Àngel Landete) y, a las teclas, un Cor Brutal (E. Martin: voces, teclados y guitarras). Senior con su donosura, simpatía y contagioso confort: un tío zen que parece estar a sus anchas en un escenario, como si hubiese nacido en él, como otros nacen en pesebres, taxis o quirófanos.

Comparemos, para que visualicen su aparición. ¿Ustedes recuerdan cómo se encaraman al escenario todos esos cantautores pulcros, enchufados de TV3? Bien. Pues Senior no se parece en nada a ellos. He’s totally different in every way, que diría Rowland. Senior no exuda esa... Esa solemnidad escoba-en-culo, cetro-en-mano, canonjía-bajo-llave. Sus gestos y andares son naturales, como lo es también la forma en que este recital está concebido. Si algunos de aquellos cantautores parecen haber nacido para representar sus composiciones en el Palau de la Música, para una audiencia de cursis, jerséis con coderas y gafas estrechas de color chillón, Senior parece hecho en el vodevil. Puro music-hall. Las tres pis: Piano, espirituosos y pitorreo. Ambos, Senior i su Cor Brutal, le quitan hierro a lo de representar su set en pianoso acústico. A lo largo del concierto, Landete se apoyará en el artefacto, y afectará poses de gran dama, y se tomará esto como lo que es: un buen rato, fabricado a base de música pop. Porque lo demás, ya lo saben, es solo propaganda.

  

No les hablé del público: hay mucho pelo cano y mucho jubilado abúlico. Ignoro si son fans de Senior o, por el contrario, se trata del contingente desocupado que siempre suele ocupar las primeras filas en actos gratuitos de cualquier local o librería, y que tanto podrían estar viendo esto como escuchando una conferencia etnográfica sobre glifos mayas o admirando danzas atléticas del Ballet Bolshoi. Sea como sea, no podré reprimir un estremecimiento de Vergüenza Propia por Decoro Común (VPPDC) cuando Landete se ponga a cantar aquello de “bocabadats / amb el cul xorrant sang” y algún vejete se atragante con su propio aullido. El momento va a recordarme fuertemente a cuando aparecían escenas cochinas en la televisión del destape 70’s y estábamos ante el aparato mis padres, hermanos y yo, y yo me apresuraba en generar un par de Anteojos de Bochorno TM con las dos manos. Como para parapetar mi sonrojo, si entienden lo que quiero decir (esto va por los anti-geneticistas: mi hijo menor realiza EXACTAMENTE el mismo ademán cuando aparecen besitos en películas infantiles. ¿Cómo rayos se explica eso, si no es por pura cadena de ADN e instinto heredado?).

Senior toca muchas canciones de su último álbum, El poder del plaer, que comenté con crasa abundancia de expletivos para otro medio. “La Bomba De Plaer”, “Els Professionals”, “Cele”, “On T'has Clavat?”, la explícita “Tancs”, “Actes d'Amor”, mi favorita “Lapido X” (porque lleva nombres propios, y porque dice la frase “Deixa-mos la guitarra / Lapido Xicotet / Pa rebentar-li la cara / Al fill de puta aquell”), “El Cel de les Illes Caiman” y, cómo no, “Roselleta” (que, me enteré hace poco, es una versión de Eef Barzelay). Cuando Senior toca “Roselleta” me vuelvo y topo con David, sonriendo y medio bizco, feliz en su salsa (en la jerga inglesa de “salsa”, quiero decir: “to be sauced: to be so drunk all you can think about is how drunk you are”).

En todo esto, Senior agarra y abandona y vuelve a agarrar la guitarra, pone caras de estremecimiento y angustia folk, como si a Steve Earle le estuvieran practicando un tacto rectal con pimientos del padrón, se apoya en el piano tal que un Noël Coward barbudo, y va paseando por la tarima como yo me paseo por mi casa cuando platico por teléfono. Algo ido. Metido en mis cosas. Gesticulando como un orate.

De hecho, si tuviese que definir al Senior de hoy lo haría así: Steve Earle + Noël Coward + Mark Eitzel + Billy Bragg.

Entre las que conozco se cuelan otras que no conozco, pero me alegro de haber conocido. Recuerdo en particular “Tots Els Ianquis Que Vull”, que Landete definió en algún lugar (inspiradoramente) como “una canción de cuna para sí mismo”. Algo que le ayuda a conciliar el sueño en noches atribuladas, y que a la vez es una loa a todos esos músicos norteamericanos que venera y digiere en sus propias canciones. Voy a recordar “Tots Els Ianquis Que Vull”. Es una canción difícil de ignorar que, por añadidura, me habla de mi propia anglofilia. ¿Senior y yo? Tenemos enfermedades parecidas con síntomas idénticos, pero nos contagiamos en continentes dispares. Nuestras manos se encajan sobre el Océano Atlántico, como en aquel viejo parche de northern soul.

Otra favorita que descubro es “La Gran Esperança Roja”, de su álbum València, Califòrnia, y que incluye la espléndida estrofa “Jo sóc només un covard / Però vull fer-te costat / Jo sóc només un covard / Però tinc roja la sang”. Hay una gran ansia de venganza en Senior, en muchas de sus composiciones. Concurro con ello, pues también yo acarreo esa gran sed de venganza en mi interior. Creo que todos lo hacemos, en mayor o menor manera. Me chifla la forma en que Senior narra la venganza, pintándola como algo noble y elevado, como una respuesta lógica al ansia de justicia y a la desaparición de libertades, negándose a reducirla a su acepción común, sinónima de inquina gratuita, puñal por la espalda, cosa de ladinos escurçons negres que cagan en tronos y secuestran infantes.

La forma en que Senior habla de venganza, me recuerda a como Tim O’Brien habla de venganza. En Gato enamorado uno de mis libros de cabecera si me permiten concretar. Tim O’Brien nos recuerda que “la palabra viene del latín, vindicare, y en su etimología más primitiva no tiene matiz peyorativo de ningún tipo. Vindicar es triunfar sobre la sospecha o la acusación o la presunta culpa, y para los antiguos ese triunfo no excluía el castigo despiadado de los que acusaban en falso. (De ahí, vindicta pública). Según la fórmula clásica, no había nada innoble en buscar la satisfacción por la vía del castigo. Ser “vengativo” implicaba cualidades honorables y heroicas a la vez, fineza de espíritu, una disposición moral a no quedarse de brazos cruzados ante la falsedad y la traición”.

Las cursivas son mías.

Senior es vengativo, de un modo similar. Senior es un vengador. Él vengará (con canción) las afrentas que aquellos canallas derramaron sobre nosotros, los inocentes. Como diría Tim O’Brien: “di lo que quieras, pero los romanos entendían de estas cosas. Ellos acuñaron la palabra”.

El concierto termina, pero en realidad no, porque entonces aparece Senior por entre las butacas, guitarra en mano y completamente desenchufado (la “normativa” horaria impidió que se realizara un paupérrimo bis con electricidad) y toca paseándose arriba y abajo como un folkero marxista en plena asamblea una versión de "The Low Anthem" bautizada como “Potser Tingues Raó”, que finalmente se extingue entre grandes aplausos.

Mis amigos y yo nos marchamos, dejando adrede las latas vacías en el suelo para que las azafatas sepan que hemos burlado su vigilancia (“I want it to look like arson!”, berrea Nick Valenti en Balas Sobre Broadway). Abandonando el edificio no tenemos la menor idea aún de que lo más grotesco de la noche está por suceder, cuando entremos en una cervecería cualquiera de la zona (con dos de nuestras mujeres ostensiblemente preñadas) y por un malentendido de lo más baladí un pavoroso matón amenace con matarnos a hostias (y estemos a un tris de recibirlas). Pero eso, como aduce el viejo cliché narrativo, es otra historia. Quiero decir: de veras.

Fotografia de portada: Xavier Mercadé
Text: Kiko Amat
Correcció: Pol Camprubí

1 comentari:

Anònim ha dit...

El disco es El poder del voler