3 de des. 2014

KEVIN Y YO: Un día en In-Edit Beefeater junto al líder de Dexy’s Midnight Runners


1. Desde hace unas semanas mis amigos se ríen fuerte de mí, porque afirman que me he convertido en un groupie baboso de la peor especie. Y tienen razón; qué puedo decir. Llevo demasiados años reteniendo con presión esfinterial las ganas de fotografiarme junto a mis ídolos y sepultarles en álbumes firmables. Mi actitud pretérita venía directa del punk: el rollo franciscano de que quienes están allí arriba en el escenario no son distintos a nosotros, bla bla. Y asimismo, aunque todo eso sea cierto, uno tiene que admitir que existen fulanos tan influyentes y tan determinantes en la cultura y las emociones de uno (desde la adolescencia), que automáticamente dejan de ser “uno de los nuestros”. O sea: lo siguen siendo, pero ya con rango de Mariscal de Campo o Jefe del Estado Mayor (mientras tú permaneces de cabo chusquero en perpetuo retén de letrinas).

A la mierda: es así: no puedes (no puedo) tratar a esos grandes músicos pop con mundano desinterés, como si acabaras (yo acabara) de toparme con ellos en una calçotada multitudinaria. No funciona así.

Ya no, al menos no en mi cabeza.

No, desde hace unas semanas trato esos momentos singulares –yo, allí, hablando con uno de mis héroes– con la atención que los pastorcillos de Belén dedicaron a la súbita y asaz flipante anunciación de María realizada por eunucos alados. Pues son aquellos momentos fugaces, tal vez irrepetibles y ante todo muy locos. Y de los cuales, no hace falta que se lo diga, pretendo salir con el máximo acarreable de bibelots, fotos de recuerdo, números de teléfono y direcciones de mail, autógrafos en mis calzoncillos y roce físico al límite de la perversión.

Ya en ese estado de patente desequilibrio, me entero de que viene a Barcelona Kevin Rowland, de Dexy’s Midnight Runners (hoy Dexys), posiblemente mi grupo favorito de siempre y –con toda seguridad– la banda que me explica hasta la última sílaba. Perdonen si ahora cabeceo de aburrimiento, pero no puedo hablarles más de Dexys de lo que he hecho hasta hoy. Me niego. Hace un par de días estaba tratando de seleccionar una pieza sobre ellos para incluir en la antología de artículos que estoy recopilando para Blackie Books, y me salieron siete de ellos. ¿Siete textos (casi tesinas) distintos sobre Dexy’s Midnight Runners, para siete medios distintos? ¿Qué clase de pillado se obceca en algo así? Al leerlos seguidos me vi como al tarado Jack de El Resplandor, tecleando una y otra vez la misma majarada solo porque tiene sentido en su cabeza (y se halla poseído por entes espectrales).

Pero a lo que iba: que me entero que viene Kevin Rowland al In-Edit Beefeater y, tras realizar un impactante salto-mortal-adelante-doble (la más difícil de las proezas gimnásticas) y caer limpiamente en la estera del hall con los brazos en cruz (¡alehop!), agarro el teléfono y llamo a mi querido Cristian, director del festival.

- Tú, Cristian. Aquí Kiko –le suelto– Oye, compi, que quiero ser yo el que acompañe a Kevin Rowland todo el día cuando esté aquí.
- Sí, ja, ja. Muy gracioso –me responde– Ahora en serio, ¿Quién es? ¿Honorio? Ya está bien de cachondeo, macho, que estoy currando en el festi.
- No, Cristian –insisto– Que soy Kiko, de verdad.
- Sí, seguro. Como que el Kiko haría algo así. ¿Eres Luís Ricardo, verdad? Ya fuera de coñas, tíos, que no tengo tiempo.
- Te juro, Cristian...
- ¡Agapito! Claro. Tenías que ser tú. Muy divertido, hijoputa.

Finalmente logro convencerle de que soy de veras Kiko Amat, en solo dos horas y tras seis análisis computarizados de voz, retina y huellas dactilares. Cristian, entonces, me coloca la metafórica espada en el hombro y me nombra Caballero de Rowland. Runner especial, categoría extra. Una mezcla de ama de llaves victoriana, palanganero, porteador Ubangui, perro fiel y gilipollas-para-todo. Yo soy el tipo a quien Rowland llamará si le urge una cataplasma, un masajito glutear o se le antoja que alicate el baño del hotel con otro embaldosado a juego con sus calcetines. Yo: Kiko Amat. Dexys groupie servil hasta la enésima potencia, con una única salvedad: no soy Pamela Des Barres. Mi línea en la arena es la demanda de favor sexual en backstage o habitación, al caer la noche y cuando todos los gatos son pardos.

Aunque, a fin de cuentas, si lo pide bien...

Es broma, majaderos. Mi culo es un santuario. Una fortificación de los templarios. El puto Pentágono cular. Por mi derrière no entra ni el mismísimo Kevin Rowland, eso que quede bien claro.



2. Ya estoy en el aeropuerto de El Prat. Porque, no me digan que les sorprende, decidí permanecer pegado a él como una maldita lapa desde el minuto en que tomara tierra. Cuando salía de casa, hace menos de una hora, mi mujer me chifló y me palmeó lujuriosamente el trasero y luego dijo:

- Uau. No te veía tan elegante desde hacía diez años, chato.
- Exageras, mujer –respondí, repeinándome la raya a la izquierda– ¿Tenemos algún clavel reventón para la solapa?
Una vez estamos ya plantados ante la puerta de Llegadas de El Prat, la verdadera runner, una vivaz teutona que me saca dos palmos y conoce a Manu Chao (me ha dicho), pregunta:
- ¿Cómo vamos a reconocerlo?
Y yo le digo:
- Tú tranquila. Lo reconocerás.

Dicho y hecho. Cuando aparece Kevin Rowland, la imagen es tan incongruente que por un momento creo estar en la escena final de Encuentros en la Tercera Fase, cuando del ovni empiezan a desembarcar pilotos de la II Guerra Mundial junto a titiriteros medievales y desconcertados fontaneros 80’s con mullet. La escena en El Prat es idéntica: entre un mar de chándales bálticos, uniformidad casual nórdica, españoles amortajados en Quechua y despendole cromático-purpurinesco del tipo centroamericano, aparecen Kevin Rowland y (bola extra) Big Jim Patterson, trombonista original de la banda. De Big Jim no recuerdo el look, porque como todo groupie atontado solo tengo ojos para el objeto de mi chifladura, pero Kevin Rowland... O sea. Cómo sales así de casa, Kevin. Pero en admirativo: ¡CÓMO SALES ASÍ DE CASA, KEVIN! ¡VIVA LA MADRE QUE TE PARIÓ!

De los pies a la cabeza: el tío lleva impecables zapatos bicolor (ocre/blanco) tipo brogue y estilo golf; jeans azules de anchura montgolfieresca (siempre dice que le gusta exagerar el look 30’s y 40’s, como si hiciese falta exagerarlo) que le llegan hasta medio pecho, al modo Buster Keaton; camiseta interior de obrero antañón; tirantes amplios de doble abotonadura (no de clip); americana gris de sarga (casi esparto); y, de postre, una discreta BOINA ROSA. Bueno, salmón. Pero aquí en El Prat el efecto que hace es como si llevara un hirsuto sombrero-torreta de la guardia de granaderos de Buckingham Palace.

Antes les mentí, por cierto: yo voy hecho una mierda. Y aunque fuese de chaqué, a su lado seguiría pareciendo un mojón. Un mojón con bambas.



3. En la furgoneta hablamos de inanidades y lugares comunes, porque si una cosa tengo clara es que a Kevin Rowland no se le puede entrar hablando del pasado o, peor, de Dexy’s Midnight Runners pasados. Ni de discos antiguos suyos. Ni de mitos dexyanos o leyendas pop sobre su banda. Con Kevin Rowland, me parece a mí, no se puede hablar de casi nada relacionado con él. Ni ahora ni, de hecho, jamás. Antes, andando hacia el parking, solo le dejé caer –de puro nervioso, y para clarificar mis credenciales– que yo soy fan de Dexys desde los 14, y que estuve en Brighton hace unos años, en el Dome, cuando estrenaron el One Day I’m Going to Soar.

- ¿Cómo? –me dice Rowland, visiblemente impresionado– ¿Fuiste a Brighton solo para eso?

Me mira como si me faltara un tornillo. Yo le devuelvo la mirada como si a él le faltase uno.
Vamos a ver: pues claro que fui a Brighton solo para ver a Dexys.
Menuda pregunta.

Ya en el vehículo, y tras un pequeño intercambio de letales clichés sobre Barcelona (aunque él parece vagamente interesado) e Inglaterra, Rowland se pone a hurgar con desidia en su smartphone y a charlar algo más quedamente con Big Jim. Yo me encojo en mi asiento y, como ya esperaban, empiezo a escuchar conversaciones ajenas sin ningún rubor. Como una mucama chismosa, escondida tras la puerta del cuarto de planchar.

Kevin Rowland se pone a hablar de nombres de ciudades. De cómo los topónimos irlandeses tienen nombres evocativos y poéticos, como Connemara o Knocknahur, mientras que los ingleses son prosaicos y aburridos, como Leeds o Kent. Entiéndanme: su conversación me importa tres pitos. Es el tono, la pasión, la entonación de Rowland, la forma en que modula cada palabra. Todo ello está a un pelo de hacerme perder el conocimiento. Es la voz de los diálogos de “The ocasional flicker” (de Don’t Stand Me Down) que he escuchado millones de veces a lo largo de mi vida.

Are you sure it's not heartburn?
No, it's definitely not heartburn
It's just a little matter of a burning, a little matter of a burning nature. It's not arson, it's not arson.
It's OK it's my problem. I'll deal with it myself.


Y allí me entran ganas de ponerme en pie en mitad de la furgoneta, agarrar una banana a modo de micrófono, volverme de forma teatral y ponerme a cantar karaokescamente ante sus ojos enloquecidos: YOU KNOW, THAT LITTLE PROBLEM THAT I USED TO GET... OH YE-E-E-AH?

Pero no hago nada de esto. Me repantigo más y más en el asiento delantero y dejo que esas palabras y nombres (“Ballyshannon. Lisdoonvarna. Newtowngore”) me bañen entero, como una ducha caliente.



4. El día va avanzando, y yo sigo feliz como un rorro con una piruleta extralarge, de esas que te tapan media cara y no puedes morder sin rasgarte las comisuras de los labios. Y eso que a lo largo de esta mañana me ha ido pasando lo que no está escrito:
Primero, Kevin Rowland me ha advertido de que es vegano y abstemio –dos palabras que, por norma general, me harían salir corriendo hacia las montañas para no volver nunca al mundo de los hombres– y ni me he inmutado. Lo he encajado como un mozallón. OK: vegano y abstemio. El binomio maléfico. El combinado infalible de los tíos más envarados y soporíferos de cualquier reunión social. No pasa nada.

Segundo, Kevin Rowland me ha dicho que quería descansar y, luego, descansar un poco más aún, y yo no he dejado de sonreír ni asentir en ningún momento; aunque veía cómo mis delirios de tomar cerveza tras cerveza con él y contarle la historia de mi vida se desvanecían ante mis ojos como una tenue bruma lacustre. No entiendo, en todo caso, cómo un hombre que viene de Londres en avión (no a nado, o en piragua) a una hora razonable y no trabaja en la minería o la construcción –ni tiene 80 años– puede requerir tanto reposo (será astenia primaveral, me digo). Pero sigo sonriendo, consciente de mi fortuna. Eh, estoy con Kevin Rowland, colega. Por mí como si le revienta a alguien la aorta de un machetazo.

Tercero: Kevin Rowland se ha confundido de nombre dos veces al llamarme. La primera me llama KOKO (muy bien, ríanse), la segunda KOKI (por favor, que cesen las carcajadas; esto duele). Y para colmo las interpelaciones eran para que le trajese un té, no para convidarme a cantar en su nuevo single o mandarle al mundo un tuit que anuncie: Kiko Amat es mi fan de Dexys favorito.

No, no iba por ahí. Rowland asume que soy solo una especie de botones loco y viejo a sueldo de In-Edit Beefeater, y no se equivoca tanto. Lo soy. Por él, lo soy. Hago lo que sea, leches. Cualquier otro músico del mundo (Weller incluido) me pide que le traiga un té y me deshuevo de risa en su faz y le digo que se lo traiga Rita y me despido con un calvo. Pero no a Rowland. Además, me ha permitido fotografiarme con él un par de veces, y esas imágenes están ahora surcando el globo de un confín al otro, porque se las he enviado a absolutamente todo el mundo que conozco. Enemigos y gente fallecida inclusive.
Además: cómo no tener flashback tras flashback. Mirémoslo al estilo Canción de Navidad: ahí está Kiko en 1987, a los 16 años, colgando con chinchetas una fotocopia del álbum recopilatorio de singles de Dexys en la pared de su habitación infantil. Ahí vuelve a estar él, en 1989, en jeans cortados y pedaleando sobre una bicicleta en un camping, escuchando una y otra vez el “All in all (this one last wild waltz)” y el “Until I believe in my soul” en su walkman Aiwa. Y (¡eh!) ¿No es ese también él? ¿Andando por Fairbridge Road en 1998, ataviado con una donkey jacket y gorro de lana y Monkey Boots (es decir, vestido de Dexys de la cabeza a los pies; cosa que hoy me abochorna una pizca), camino de la lavandería? ¿Y no es ese...? No importa. Claro que es él. Siempre es él, el desgraciado de él, y siempre con Dexys. Dexys toda la vida, a lo largo de todo el trayecto, cantando lo que sucedía aquí dentro, como la mejor voz en off que uno pueda tener a modo de conciencia. A modo de explicación, su voz, para elevarnos por encima de todo esto. De todo el mal. “Un día me elevaré”, dice aún Rowland, y yo le sigo creyendo. Él nunca estuvo por encima de nosotros. Él solo quería limpiarse; él solo anheló algo puro, algo que pudieras llamar “pureza”.

- ¿Koki?

Discúlpenme ustedes. Kevin me reclama. Me encantaría seguirles hablando de pureza y redención y todas esas mierdas, pero lo primero es lo primero, seguro que lo entienden. Seguimos en un instante. No se vayan, por favor. Y paren de reírse por lo de Koki, cojones.




5. “Este es el momento más extraño de mi vida”. Debo haber dicho esa frase 14.000 veces, y siempre fue mentira. Todas las otras veces, todas las otras coincidencias, todo lo que sucedió antes: falso. Porque este sí es, ahora ya sin asomo de duda, el momento MÁS EXTRAÑO de mi vida entera.

Porque estoy en un restaurante biológico (u orgánico; nunca he sabido si son la misma cosa) sentado delante de Kevin Rowland. No hay nadie más. Quiero decir: estamos él y yo, solos, en la misma mesa. Cena íntima, Kevin y yo.

Tengo que hablar con Kevin.

Todo mi cuerpo está concentrado en suprimir la carcajada de orate que hace rato que pugna por brotar de mi gaznate. Si llegan a interrumpir a aquel chaval de 16 años cuando colgaba la foto de Dexys en la pared y llegan a decirle que en 27 años estaría cenando a solas con Kevin Rowland, el pobre chaval habría perdido la cordura y se habría comido la caja de chinchetas.

Y sin embargo, aquí estoy. Mirando tan pancho cómo Kevin Rowland se embute patatas fritas en la boca a puñados. Algo de mayonesa se atasca en su bigote. ¿Debería limpiárselo?

No. Eso sería muy gay.

La verdad es que, dejando de lado las ansias grandes de troncharme de la situación, estoy sorprendentemente zen. Y eso que Rowland no está precisamente locuaz. Va contestando a mis frases sin ser maleducado ni tampoco encantador (“encantador” o “simpático” son dos palabras que ni siquiera el más desquiciado de sus fans osaría utilizar al definirle). Pero no es solo Rowland, que ya de por sí es taciturno y por dentro está más dañado que un pulmón con metástasis avanzada. Es también la inglesidad, esa forma de ser de ellos. Esa lejanía, esa distancia, esas corazas... ¿Cómo lo dijo Heine? “El silencio: una conversación con un inglés”. Pero yo ni me inmuto. Conozco a muchos ingleses, y estoy perfectamente inmunizado contra su torpeza social (fácilmente confundible con abyecta mala educación, si usted es un profano).

Así, en la mesa con Rowland simulo que todo me importa un comino. Si algo desprecia el inglés medio es la gente que se esfuerza demasiado (por agradar, por obtener algo, por resaltar...). He tries too hard es una de las expresiones más desdeñosas de su lengua. El inglés siempre debe aparentar que nada le emociona demasiado, y yo he aprendido a simularlo con el tiempo y las trompadas.

Así, Rowland y yo hablamos como si estuviésemos en un tren camino a Bristol, dos viajeros anónimos que intercambian cumplidos neutros y charla mundana. Hablamos de té. De Londres y Brighton. De Future Islands (le gustan). De otros grupos de los ochenta (“No me acuerdo”). Hablamos de soul un poquín y le recomiendo el “Showdown” de Kenny Carter, que él no conocía; mi canción de deep soul favorita. También le cuento que habla de cuernos terribles y que es la pera.

- No me digas nada más –me interrumpe.
- ¿Cómo? –respondo, algo confuso.
- No quiero tener demasiadas expectativas y luego decepcionarme –contesta, afable– No me digas que es la mejor canción del mundo, porque si luego no lo es, voy a tener una decepción.

Vale.
Pero qué tipo más raro eres, Kevin, por el amor de Dios.

Cuando estamos comentando el documental sobre Spandau Ballet, que me ha chiflado (le cuento), empieza a sonar por los altavoces una canción de no-sé-quién-coño que lleva un sample de “True”. Los dos nos quedamos sorprendidos un momento y miramos a los altavoces, convencidos (yo al menos) de que en cualquier momento empezará el fenómeno poltergeist y el salero y su burger de tofu (¡puaf!) saldrán despedidos por los aires.

Oh: acabo de recordar algo mondante, como perfecto colofón a este gran disparate de día. Sucede cuando más seguro estoy de haber camuflado a la perfección mi groupismo. Para Rowland, me digo, solo soy un fan de Dexys más bien razonable que se está tomando todo esto con asombrosa parsimonia. Sin asomo de locura de fan arrebatado. Y de repente...

- ¿Qué es eso? –me suelta, con ojos de enajenación, señalando a algún punto a mi derecha.
Me vuelvo y miro al suelo, por si hay una gran cucaracha, o un asesino enturbantado con alfanje estaba reptando hacia nuestra mesa.
- No, eso –dice, y señala claramente a mi bíceps derecho.
- ¿Eso qué? –me miro el brazo, y entonces lo veo, y juro por Dios que se me escapa un "Oh, no".

Llevo tantos años con esto en el brazo que suelo olvidarlo. Mierda. Mi tatuaje de LET’S MAKE THIS PRECIOUS en un corazón ensaetado. Oh, pollas. Oh, pollaspollaspollas. Adiós disfraz de fan moderado, hola inequívoca señal de fan loquísimo (y posiblemente peligroso).

- Ja ja. Eso. No es nada –le digo, muy poco convincente, y entonces para quitarle hierro a la cosa digo algo que le añade muchísimo más hierro a la cosa– Me lo hice en México hace tiempo.
Venga: ¡perfecta normalidad! Lo típico de México, vaya. Te vas al DF y regresas a la semana, súper-tarado, con el título de una canción de Dexy’s Midnight Runners hincada con tinta en la piel para siempre.

Veo cómo su cerebro está considerando las distintas opciones: fuga por la puerta de atrás, ataque directo, llamar al 091, ofrecerme patatas fritas, abalanzarse hacia el suelo y sollozar violentamente, lanzarme la hamburguesa a medio comer a la jeta...

- Deberíamos ir tirando hacia el cine –le digo.
- Sí –me dice él, poniéndose en pie– Mejor.



Fotografia de portada: Arxi + Kiko Amat
Text:Kiko Amat
Correcció: Pablo Gerschuni

3 comentaris:

Sr.Helvetica ha dit...

Muchas gracias por esto, Koki Amat: por las risas, y por lo bien que me vendrá si dentro de 20 años me veo cenando en un restaurante vagano con Jarvis Cocker.

Anònim ha dit...


Sincerament m'esperava algo així...

Ai koki...

Makoki ha dit...

Ayer en un foro de feisbuq colgué la entrevista a Paul Weller publicada para el Pais en 2007.
El foro son unas locazas de Paul, ellos y ellas, más cercano a la Superpop.
Y es cuando salta un mod furibundo diciendo que vaya mierda de entrevistador, que a PW había que lamerle los mocasines, y que, corto y pego: "Yo sigo entiendo la música como tener entre mis manos el nuevo disco de "fulanito". Lo escucho hasta lo obsesivo si me gusta. Cuando un periodista entrevista a ese artista que tanto me gusta quiero ver lo que ese artista tiene que decirme. NO QUIERO SABER LO QUE A ESE PERIODISTA LE PARECIO MEJOR O PEOR DE LA ENTREVISTA"
Luego sigue con calificativos sobre bloguero de mierda y cosas así.
Y hoy me encuentro esta entrevista a KR, y alusiones a PW. Estoy por pasársela y echarme unas risas a su costa...

Great Koko, Koki, Kiko.