27 d’oct. 2014

PERCUSIÓN PERSUASIVA (Y OTROS SONIDOS CATALÍTICOS): Crónica #1 (año 2):


ELSA DE ALFONSO Y LOS PRESTIGIOS
(Piano bar Klavier, 16 de octubre del 2014)
por Kiko Amat

Al Klavier me presento algo alegre. Alegre, dicharachero y ruidoso, que es aquel estado mío que temen todos los organizadores de conciertos apacibles de Barcelona. Hace nada estaba en El Pato Loco con mi amigo David, contándole con todo lujo de detalles el surtido de cosas raras que me han ocurrido estas últimas tres semanas; cosas buenas, malas, espectaculares y algunas harto vomitivas y un par de bochornosas y lamentables también. Para contar todas estas cosas tuve que pimplarme cuatro medianas encadenadas en tiempo récord, porque en caso contrario se me parcheaba el esófago y no me brotaban los vocablos adecuados para describir mis desventuras y periplos por tierras lejanas.

Cuando llegamos al Klavier (llegamos en plural; tras sus cuatro medianas, mi amigo David resultó más fácil de convencer que yo mismo), mi alegría se torna pasmo, mezclado con algo de pudor. Pasmor. Entro en ese piano bar con aires de whiskería para señoras fumadoras, recojo el 12” que Alba de Canada tenía bien reservadito para mí en la puerta, consigo colar a David haciendo ver que es medio sordomudo y no puede valerse por sí mismo, y de repente la sofisticación me abofetea en ambos carrillos. Miro a la concurrencia, y todo es interesante. O sea: todo. El paisanaje, la atmósfera, el evento. Todo exuda clase y glamour. Todo es fascinante, incluyendo la escobilla de váter, y en los pies del personal se agolpan más zapatos náuticos que en la cubierta del Azor.

Pero algo no encaja.

Un relámpago que estalla desde la troposfera me hace reparar en qué es.

Mierda: ¡soy yo!

Yo estoy dando el cante. Ahora lo veo. Yo y mi amigo David, resaltando como juanetes en un anuncio de reflexología podal. Es un momento triste, cuando te das cuenta de que eres el tío más acémila y basto de un bar. Ahí estamos los dos: Poli Díaz y Marianico El Corto. Filo-ebrios, para más inri, y luciendo (estéticamente) como dos borrachos que hubiesen entrado por la puerta de una Humana y salido por la ventana opuesta después de tropezar con todos los colgadores. David lleva unos tejanos rococó que pasaron de moda en 1998, pero que a él le pirran: son aquellos Levis alambicados que rotan como el columnaje del Palio vaticano sobre los jamones de uno, convirtiendo la parte trasera en delantera y viceversa. Y son muy anchos. De sus pantalones se podrían sacar 5 o 6 calzones pitillo para la audiencia del Klavier, y aún nos sobraría tela para unos cuantos quepís de cadete. Y en cuanto a mí, ni pregunten. Solo decirles que, aún en la puerta, una joven amiga me espetó, tras repasarme de pies a cabeza: “¿Pero tú no habías sido mod? Pareces UN CHOLO”. Fantástico. Mil gracias. Luzcamos, pues, esta noche nuestra colección de primavera. Nuestro look de mierda.

Justo entonces llega mi amigo Garry, quien parece que acabe de descender de un rocódromo sin que le haya dado tiempo de pasar por el vestuario, y ya somos tres. The Three Stooges. Tony Leblanc, Landa y Ozores. Los económicamente débiles, como decía aquella película. Chuck Norris, Charles Bronson y Vin Diesel representando la “Campfire scene” de Sillas de montar calientes en el set de El Gran Hotel Budapest.

Pero calma. Pero tranquilos. Yo soy un tío adaptable. Soy un hombre de mundo. Me siento a gusto entre príncipes y mendigos, en el palacio y en la leprosería. Una vez bailé música disco al lado de Miquel Roca Junyent (era una boda), y a la mañana siguiente recibía moratones pogueadores en un concierto de Poison Idea. ¿Por qué, entonces, están aflorando ahora todos mis complejos de patán iletrado? Me siento como si me hubiesen pillado con el hocico amorrado a las gachas y los dedos llenos de salsa en pleno banquete del jubileo.

Porque, es cierto, el ambiente de la sala es más cerrado e insider que una misa rosacruciana o un rally del Klan. O sea, con gente decente, talentosa, simpática y benigna en lugar de los encapuchados quemacruces de turno, me refiero. De repente pienso que el Rock-Ola en 1981 debió ser así. Ni prensa ni civiles ni fans pedestres del pop. Sólo puro círculo primigenio. Los iluminados, la línea dura, el club privado, los originales. La clique. La camarilla. La mafia del baile.

Solo cambia los Gabinete o Derribos de entonces por Elsa de Alfonso y Los Prestigios de hoy. Tanto grupo como espectadores son los verdaderamente modernos, como en 1981 lo eran Canut, Berlanga y Benavente y sus imperdibles veleidosos. Y digo modernos como simple constatación de hecho, nunca como epíteto de intención punitiva o fiscalizadora. O sea, ellos son los que saben los que se cuece. Los que escuchan y profieren el último grito. Los que están al día (no como yo, que estoy perpetuamente atascado en el anteayer, y encima con un buen jaquecazo).

Por suerte, ya en la barra, David desactiva todas mis angustias espirituales y culturales de la forma más efectiva posible. Se tira un pedo. Se tira un pedo que atrona como tempestad indochina, y del taburete donde está sentado se desprende un tornillo. Lo juro por mi madre. ¿El ataque de risa que me da? Estoy a punto de mancharme los pantalones.

La risa se congela en nuestros labios cuando un camarero con rasgos de policía municipal de algún villorrio de Castilla La Mancha nos sirve las dos cervezas que habíamos pedido, y entonces pronuncia la cifra de débito. 14 euros. Me carcajeo otra vez y palmeo la barra con vigor, pensando que es la broma más graciosa que –en plena crisis nacional– puede haber soltado alguien, y entonces reparo en su faz de busto funerario egipcio. Oh, no era guasa. ¿7 euros por cerveza?

David y yo respondemos al insulto con el alarde de algarabía, dadivosidad y desprendimiento que suele apostillar –entre los muertos de hambre– un sustazo de esa magnitud.
-¿Sólo 14? –le decimos, juntando mucho las cejas y levantando los hombros, como si no hubiese sucedido nada digno de mención–. Tome 20, buen hombre, quédese el cambio y cómprese un ciclomotor.

Luego nos vamos los tres a una esquina a sollozar a gritos y a lamer nuestras heridas. Lo cual resulta providencial, pues desde allí espiamos en primicia a un chaval anónimo con cara de topo ajedrecista que avanza, gallardo, hacia la barra. Se masca la tragedia, queridos lectores. Arreándonos codazos subrepticios los tres, escuchamos como el topito suelta “dos gin-tonics”, tan pancho, y a continuación le entrega al barman-munipa otro billete de 20 euros. Observamos la transacción entera, a sabiendas de que algo así, en el Klavier, solo puede terminar en lágrimas.

El barman regresa y coloca una solitaria moneda de euro en la palma del chico. Nunca un pedazo de metal se había visto tan minúsculo e insignificante. Parece una moneda del barco pirata de los Clicks, ahí, sola en mitad de esa vasta meseta de piel. Parece una bolita de anís en la zarpa de un pelotari. El chico mira la moneda y pone cara de haber visto pasar al fantasma de su difunto padre en bolas, y luego agarra los dos gin-tonics y se va a un rincón. Una hora después todavía estará allí, su gintonic recién empezado y la moneda aún en mitad de su mano. Intentando comprender qué acaba de suceder, y porqué es mucho más pobre que hace nada.

En todo esto, el concierto va a empezar. Por fortuna, porque habíamos decidido insensatamente pasarnos al gin-tonic –si van a atracarme, al menos tratemos de amortizar el desfalco en la medida de lo posible– y se me estaba acabando el parné.

  

No lo he mencionado antes, aunque deberían haberlo asumido –¿por qué si no estaría aquí esta noche?–: Elsa de Alfonso me gusta mucho. Sus composiciones me conmueven de un modo muy particular. No es solo por nostalgia, aunque la nostalgia está allí, por qué negarlo. Elsa suena a como sonaban mis quince años. Me explico: ni siquiera a lo que escuchaba yo en mi habitación a los quince. Suena al momento, a cómo sonaban los bares y las cosas y los aires y la gente de entonces. Suena al futuro, hecho pasado. Como diría Kevin Rowland, quiero volver a sentir aquella sensación que tuve en 1986: cuando –menor de edad perdido– metía la cabeza en bares y husmeaba a mi alrededor, y pensaba “aquí es donde quiero estar, para siempre”. Cuando escucho a Elsa, soy aquel niño.

Nada de esto tendría la menor importancia, tienen ustedes razón, si las canciones no fuesen una cosa colosal. Sofisticadas, grandiosas y a la vez indefensas. Ampulosas y a punto de derrumbarse a cada momento. Tanteando el sendero. Algunas son tristes, otras son bailongas; todas me encantan.

Aparece al fin Elsa de Alfonso en el escenario, con el pelo muy oxigenado y una camisa turquesa brillante que es un primor, y que me recuerda a algunos de los jubones que llevaban PJ Proby o los Monkees en 1967. Pau Riutort (de Beach Beach) toca la percusión electrónica y luce un flequillo húmedo muy peculiar, como de übernerd, solo que peinado a sabiendas de lo que comunica (imagino). Borja Rosal (Extraperlo) pellizca la guitarra con esos efectos Prefab Sprout/Orange Juice tardíos que son la marca perpetua de su sonido. Laura Antolín (Doble Pletina) se hace cargo del bajo, y lo hace la mar de sobria. Lo mismo con Marc Ribera, también de Doble Pletina, al mando de las teclas sintetizadas (fundamentales en el estilo de Los Prestigios).

Juntos y ensamblados consiguen algo que a mí se me antoja una mezcla del Franco Batiatto de “Nómadas”, El Último de la Fila, Prefab Sprout y los Dinarama de 1987. Cómo decirlo: es todo lo que en 1987 me daba vergüenza confesar en público que me emocionaba, y que años después conseguí asumir, interiorizar y lucir de blasón con mundano desparpajo.

Los Prestigios tocan ahora las dos que me emocionan de forma grande: “Gardenias” y “El oleaje”. No soy nada original, a juzgar por los aplausos. Y esa es la gracia de los hits: que sean las que gustan a todo el mundo en el mismo momento.

“El oleaje” es una torch song. Es la canción que quieres escuchar cuando de lo que se trata es de avivar las llamas de la autocompasión. Es la balada icónica para el tío con el sombrero ladeado (de puro taja) que va uniendo los palillos del martini en una figura geométrica, copa a copa y hecho una lacrimosa basura en mitad del bar. En ese sentido, y si quitamos el grave desperfecto que ha representado hoy para nuestros bolsillos, es la canción perfecta para el Klavier. Para que el escenario melodramático fuese aún mejor, deberíamos estar sin compañía en una barra desolada, masticando el resquemor y la rabia y la lástima y (ya lo dije) la autocompasión del dejado. Aquél que se ve “tanto tiempo esperando / para que todo quede en nada” (como bien canta “El oleaje”), y las bromas compartidas y el universo en intersección se hacen pedazos, y aquella persona-que-fuimos-juntos se desvanece como cocaína en un vendaval de altiplano. Cuando sientes la injusta laceración del dejado, “El oleaje” es lo que quieres escuchar, estoy seguro. Para bailar agarrado, pero a ti mismo, pisoteando por el camino partículas de tu desmenuzado órgano muscular principal del sistema circulatorio. Tu puto corazón, quiero decir, hecho migas por la lagarta/lagarto de turno. Tu corazón, tu pobre corazón, pisoteado por algún cabrón. O cabrona, que también las hay.

“Gardenias” es mucho más optimista. O lo es, cuanto menos, la inspirada melodía de sintetizador donde se sostiene. Sin duda me hace pensar en el Steve McQueen, y el “Goodbye Lucille #1”. Las cabezas del público se mecen ahora como campos de trigo, y se escuchan algunos gritos alborozados de “¡Guapa!”. Es una canción preciosa, esa es la verdad, y Elsa la canta como si se le hubiese caído algo al suelo, y ese algo fuese un colló-de-mico que hubiese rebotado hacia al techo. O Elsa le da la serenata al primer piso, o le canta al sótano. Su lenguaje corporal no parece surgir particularmente del pánico escénico, sino de la más pura introspección, de haberte metido de lleno en lo que cantas. Reparo en la letra de “Gardenias” una vez más, que me hurga en los pulmones por una hendidura intercostal: “Oh, no te diré nada más / no he venido a herirte ni hacerte sentir mal / ni lo sueñes, hoy estoy aquí / para poder inspirarte y hacerte ver / el feliz desencuentro en el que nos encontramos tú y yo”.

El feliz desencuentro. Sólida imagen a recordar. El desencuentro más feliz.

Elsa toca algunas más: “Lo nuestro”, “Sobre el amor”, la maravilla battiatesca que es “La pietra bianca” y unas cuantas más que no conozco (luego descubriré que estrenan un par de ellas, y que también recuperan “Caramelos”, de Villarroel), y la gala termina antes de que te hayas dado cuenta. Es hora de que nos marchemos. Cuando lo hago, lo hago sin mirar atrás, bíblico-style, temeroso de convertirme en estatua de sal. Nunca volveré a poner los pies en el Klavier, eso está claro y rubricado con sangre, pero me alegro horrores de haber venido.

Y, sin embargo, tengo ahora que tomar la última, sin duda. Un momento, déjenme colocar un par de aparatosas comillas aquí: “la última”. Ahora está mejor. “La última”, y no en el Klavier, no me jodas. Cuando llega la última de verdad (antes han venido la antepenúltima y su lógica sucesora), me veo berreando al modo Goebbels 1944 en el bar gallego de la esquina, ciscándome a voces en cierto nuevo libro, recién publicado, que me parece un espanto moral y un panfleto andante. No recuerdo qué carajo debí decir, pero, a juzgar por el volumen y los ojos como platos y las caras céreas de mis contertulios, debió ser memorable. Debió ser la monda.

Nota de gentnormal: Kiko Amat inicia la segona temporada de "Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos)" a gentnormal després de publicar la secció durant un any al digital Barcelonés. Durant aquesta temporada, aquesta secció es publicarà amb més o menys (i)rregularitat a la nostra plana.

Fotografia de portada: Dani Cantó
Text: Kiko Amat 
Correcció: Raquel Molina

2 comentaris:

Anònim ha dit...

Kiko Amat contra Victor Lenore suena a algo así como el Muhammad Ali Vs. Foreman de los suspendidos en gimnasia: queremos ver eso.

Anònim ha dit...

Amat se come a Lenore con patatas, que le haga un vermut!