10 de juny 2014

EL VERMUT DE KIKO AMAT #8 - (LIDIA DAMUNT)


Estoy esperando a Lidia Damunt en el C.A.T. Tradicionàrius de Gràcia, Barcelona. Examinando detenidamente –como un nerd– las sensacionales baldosas antañonas que visten el bar, mientras una orquesta de barrio ataca “Perfidia” en una sala contigua y una legión de niños rompe filas por entre las sillas. Son las cinco y media de la tarde, y aún canturreo “Happy” en el interior de mi cráneo (acabo de ver Gru 2 junto a mis hijos), cuando la distingo allí fuera, en la calle. No parece envejecer, esta Lidia. Lleva beisbolera highschool y camiseta de Tormina Records y su media melena ye-yé de toda la vida y, si no te acercaras a examinar su lagrimal con una lupa de aumento, podrías asumir que es aún 1997, cuando la vi por vez primera. Era en un balcón de un bar de la Manga del Mar Menor: Hello Cuca tocaban con Los Fresones Rebeldes (también recién formados) y los murcianos Vacaciones. Mi recuerdo de aquella noche es californiano: palmeras, xafugor, apartamentos unifamiliares, los grupos tocando frente al mar, todos los bares chaparros con terraza en el segundo piso. Mi recuerdo de aquella noche levantina es fetén; 1997 fue un gran año y aquella fue una velada estupenda. Me gustaba mi Yo de entonces, por añadidura (y eso siempre ayuda).

Salgo a la puerta del C.A.T. y nos damos un abrazo, y Lidia me dice algo en aquel feroz acento que a su paso hace fruncir ceños de atención. El acento murciano/cartagenero (para mí son el mismo, aunque sin duda esta afirmación banal podría provocar una guerra fratricida allá abajo) es un sonido particular que exige de mí la más acusada de las concentraciones. Mucha gente lo considera poco agraciado, pero en mí evoca tiempos nuevos y memorables; aunque a veces tenga que hacer repetir lo que me dicen.
Soy seguidor de las Damunt desde que empezaron a andar (artísticamente) por el mundo, y por ello estamos aquí hoy, a primera hora de una tarde de abril. Sugiero tomar un refrigerio en La Costa Brava, otro de mis escondrijos predilectos, a tan solo cinco minutos de allí. Lidia Damunt acaba de sacar un nuevo disco, Gramola (Tormina Records, 2013), pero no estamos aquí por eso, los lectores fieles del Vermut ya lo sospechan. Estamos aquí para hurgar en la historia.


Quizás sepas que en todos los vermuts la tradición es empezar mostrando el árbol genealógico: familia, geografía, bagajes y otras muescas del pasado. Y así sorteamos las preguntas sobre el último disco, que siempre son un latazo.
Qué suerte, porque de Gramola no me apetece nada hablar. Ya me han preguntado demasiado. Mira, a mi madre le gustaba mucho la música. Ella es de Cabo de Palos, y nos contaba que siempre iban bandas allí a tocar, y ellas iban con su pandilla a verlas y a bailar. Se hacían llamar Las Chicas de la Isla. Pero cuando se casó no continuó con esa tradición.

Se le quitaron las ganas, a la pobre.
(Ríe) Sí, tuvo cinco hijos y se dijo: “mira, no estoy ya para eso”. O sea, en mi casa sucedía lo mismo que en la de Manolo Martínez, por lo que leí en la entrevista que le hiciste. Incluso la colección de música clásica era la misma. Colección de Música Clásica de Salvat. Esa era la que teníamos. Mi madre nos la ponía pensando que aquello era... Cultura (ríe). Más adelante recuerdo ver la tele y fijarnos, mi hermana mayor y yo, en las canciones. Y luego, cuando nos íbamos a la cama (compartíamos habitación), una cantaba y la otra tenía que adivinar de qué programa era. Las sintonías. Así, como entretenimiento. De algo mayores ya nos llevaban al Corte Inglés a comprar discos, de vez en cuando. Teníamos once o doce años.

Porque tu padre tampoco era nada musical.
No. Nada de nada. En mi casa no demostraban ningún interés hacia la música; no querían saber nada de ese tema. Pero sí es cierto que había una guitarra y había teclados por si a nosotras nos daba por ahí, aunque a ellos no les gustara. En mi casa todos éramos muy indoor, porque en La Manga no había nada fuera del piso. No había demasiado que hacer, así que ellos nos proporcionaban fuentes de entretenimiento casero. Instrumentos, y también muchos libros.



Decías que sois cinco. ¿Qué proporción de chicos y chicas?
Tres hermanas y dos hermanos. La mayor, Cuca; Mabel, la segunda; yo, en medio; y luego Sebastián y Diego, más pequeños.

Y nadie más (aparte de Mabel) ha demostrado aptitudes musicales.
Bueno, mi hermano Diego a los dieciséis empezó a querer tocar el piano. Se compró una colección de libros y DVD, y ahora tiene un piano y toca lo que le echen. Mozart, o sea, Tchaikovski, le da igual. Te lo toca. Un día quiso ir a un sitio para que le corrigieran los defectos adquiridos, pero no lo soportaba. Es un autodidacta total, y eso que el piano no es una guitarra; es mucho más difícil. Y por otro lado mi hermano Sebas es rapero, hace grabaciones caseras y son bastante buenas.

¿Recuerdas cuál fue la primera canción que te emocionó de veras, de niña o de pre-adolescente, y que no viniese de tus padres? La mía, si quieres saberlo, fue “What’s love got to do with it” de Tina Turner, en 1984. Yo debía ir a séptimo de EGB.
Tengo muchos recuerdos de esos, algunos con canciones muy tontas. El de edad menor que recuerdo era con una canción de un anuncio televisivo, de Sanyo, (canta) “Sanyo, Sanyo, siempre contigo...” Quizás a los siete años de edad. Tengo muy buena memoria para esas cosas. De música más normal, que no fuese de anuncio (y este es un recuerdo muy tempranero), puede ser un video de MTV (en mi casa teníamos parabólica, porque en La Manga no llegaba bien la televisión normal) del “Sultans of swing” de Dire Straits. Dije: “vaya, cómo toca ese la guitarra eléctrica...” En mi casa había una guitarra española, pero yo quería una como en el video. Eso fue un impacto. Nos comprábamos discos de pop, Whitney Houston y tal, pero entonces Mabel empezó a traer a casa cosas más avanzadas, y un día vino con el Gente abollada de Surfin’ Bichos, que me impresionó bastante.

Mencionas continuamente La Manga, lo que me lleva a pensar en lo mucho que nos marcaron los sitios poco comunes (o demasiado comunes) donde crecimos. Gilles Smith aduce que los punks de pueblo, como XTC, eran más interesantes que los que estaban en el meollo de Londres. La Manga es un sitio peculiar: lo recuerdo muy playero, plano, nocturno, con mucho bar...
Sí, pero así es solo en verano, cuando tú lo viste. El resto del año está muerto. Imagina lo que es para un crío crecer ahí, qué aburrimiento. Pero nosotras no conocíamos otra cosa, para nosotras era lo normal. Había un kiosco de prensa y estábamos todo el día comprando revistas, de radioaficionados, alucinando con el resto de mundos que existían allá fuera. O pillabas el Popular 1 y te decías: mira todos estos grupos.

Es posible que vieses las imágenes de los grupos antes de escuchar la música como tal de esos mismos grupos, un fenómeno muy común durante los setenta y ochenta.
Eso era muy divertido, es verdad. Comprar revistas de grupos que no habías visto en la vida, e imaginar a qué sonaban. También me gustaban mucho las cartas de Popular 1, con gente escribiendo que se había sentado a escuchar a Spacemen 3, y había tenido un viaje... (ríe). Todas esas cosas proporcionaban mucho misterio. Entonces Mabel y yo empezamos a pedir discos por correo. Revistas como Rockdelux anunciaban Discos del Sur, por ejemplo, y yo también recibía el Discoplay.

Si sabes lo que es el Discoplay, tienes una edad determinada. Es como decir un precio en pesetas.
Sí. El Discoplay lo conocía por vía penpals. Yo hacía un fanzine de cómics, en el colegio, y comentaba tebeos que mandaba la gente. Yo me anunciaba en revistas como Zipi y Zape, TBO, Mortadelo, en la sección de correo, y allí daba a conocer mi fanzine Cóndor.



¿Ya les llamábais fanzines?
No, es verdad. Lo llamábamos “revista”. Lo recuerdo porque de vez en cuando recibía la carta de algún niño o niña enfadado (pues éramos niños) quejándose de que no le habíamos mandado una revista, sino “unas cuantas hojas fotocopiadas” (ríe). A través de eso recibía muchas cartas, y conocí el Discoplay, y empezamos a meternos en discos de punk y todo eso. Y luego, ya en el instituto, empezamos a ir a la ciudad. A Cartagena, donde había tienda de discos. Pero los guays venían por correo. Imagino que en Sant Boi debía pasar igual.

¿Y el paso de comprar discos a rasgar guitarras fue inmediato? ¿O durante un tiempo fuisteis solo fans?
Si te digo la verdad, yo desde que era muy pequeña he hecho música. Antes de conocer a grupos guays, mi entretenimiento era jugar con instrumentos. Eso siempre fue mi llamada. Mi primer juguete emocionante fue un tecladito. No sé muy bien porqué, porque como decía (me doy cuenta ahora, hablando contigo) en mi casa a nadie le interesaba eso.

Creo que es proclividad innata, de la de siempre.
Sí, siempre me ha interesado el sonido. Yo ya tocaba antes de conocer grupos chulos. Cuando conocimos grupos de punk y cosas chulas, me junté con Mabel, que tenía muy buen gusto, lo que fue bien para que yo no terminara haciendo el “Sultans of swing” (sonríe). Y yo tiraba también para el blues, porque me molaba el sonido de las guitarras. Era una buena combinación: las referencias de cada una, juntas.

Mabel, inevitablemente, siempre aparece en mis charlas contigo, pues os conocí juntas en Hello Cuca y os veía como un binomio, como una unidad. La apariencia que dabais era de solidez inquebrantable.
¿Solidez como hermanas? Hombre, también nos peleamos. No mucho. Pero somos muy diferentes, eso sí.

¿No peleabais ni de niñas?

No. Mabel es muy pacífica. Con mi hermana Cuca sí nos pegábamos, y con mi otro hermano, el mayor, también. Pero Mabel es muy tranquila. Somos muy distintas, pero nos compenetramos bien. Yo soy más... ¡AAAARGH! (realiza una mueca de bestia salvaje), y ella es más tranquila y reflexiva. Yo siempre he sido más impulsiva, aunque ahora con la edad me he ido calmando. A veces hago cosas sin pensar, y luego me digo: “¿Pero qué he hecho?” Pero bueno, me temo que eso no lo voy a perder nunca.

Sé de lo que me hablas.
Sí, es parte del encanto (ríe). Con Mabel la relación es muy buena. Me fio mucho cuando me recomienda discos, porque sé que tiene muy buen ojo.

¿Le pides también consejo no musical?
Bueno... No. Solo de música (ríe). No. Sí que le consulto otras cosas.

Vuestra iluminación riot grrrl, la forma en que la contáis, siempre me ha encantado. Especialmente lo de vuestro viaje a Olympia, una cosa tan de fan entusiasta juvenil, de creyente... Como el periplo a La Meca. Claro que cuando llegasteis allí os encontrasteis con que era solo un pueblo.
Aquello era un poblacho (ríe). ¿Quién te ha contado eso, Mabel? Sí, ibas por la calle y veías pasar a Calvin Johnson, con su novia, treinta años más joven que él. Olympia es un poblacho, pero te encuentras allí a los cuatro personajes famosos. Ojo: nosotros no decidimos ir allí desde La Manga. A través de Tobi Vail,a Hello Cuca nos salieron unos conciertos con French Toast, el grupo que tenía James Canty de The Make-Up. Fuimos a hacer conciertos a Washington, New York y Harrisburg, y alguno más, y luego Tobi nos invitó a un festival que organizaba ella en Olympia, el Yeah Fest. Everett True también estaba por allí, y le conocimos. Estaban él y el tío de Hole, que era un cachondo, en una fiesta en casa de Tobi Vail.

¿Os decepcionó la escena, al topar cara a cara con todas estas personalidades ilustres del punk americano?
Tendrías que preguntarle a Mabel, si ella tenía alguna expectativa. Yo no soy mitómana. Sé que tú eres así, pero yo no. Yo estaba encantada de estar allí, pero nada más. Yo soy más del tipo que en el momento no le das importancia a las cosas, y cuando pasan los años te dices: “anda, si yo estuve allí. Quizás debería haber aprovechado más”. Porque en aquel momento yo solo estaba disfrutando de los conciertos con Hello Cuca, y riéndome de todo con Alfonso y Mabel, allá en nuestra burbuja. (Medita un instante) No, no soy nada mitómana, la verdad. Por ejemplo, con Kathleen Hanna, de la que si fui muy fan, y admiraba, y pensaba “cómo canta”, cuando ya fui a conocerla se me había pasado esa fase mitómana, y me dio lo mismo. Con Ian Svenonius, de The Make-Up, por quien sentía una admiración enorme, sí que se me cayeron las lágrimas cuando le conocí. De verlo. Como si fueran los Beatles. Porque tenía aquel tupé con el pelo tan negro, y los ojos aquellos, y todo el grupo con tan buena pinta, con los trajes... Me quedé... impactada.



Bueno, a ver, yo soy mitómano hasta cierto punto. Prefiero no conocer a mucha gente que admiro, eso sí. Temo que vayan a decepcionarme (algo que, por otro lado, es inevitable).
Claro. Es que luego está lo de que mucha gente de quien te gusta lo que hace, luego no son... hipermagnéticos (carcajada).

Por no decir que el rock’n’roll está tradicionalmente producido por gente algo dañada, con personalidades defectuosas. O sea, mejor que no sean tus amigos.
Es eso. Que es mejor no conocerles.

Excepto si se trata de Ian Svenonius. Cuéntame por favor lo de cuando Svenonius vino a Murcia.
Fuimos a verlos al festival Serie B de Calahorra, en el año 2000. Yo creo que fue de los últimos, si no el último concierto de The Make-Up como grupo. Ya no estaba el batería, el concierto que vimos tocaban con Ted Leo a la batería, y tenían un segundo guitarra. El caso es que después de aquel concierto todos los miembros del grupo tenían más o menos plan para pasar los días libres que tenían. Michelle Mae se fue a Cadaqués con su novio, James se iba a algún otro sitio, e Ian se quedaba sin plan. Nosotras nos volvíamos a Murcia desde La Rioja en autobús al día siguiente. Ian insistió en que le llamáramos, que se venía con nosotras. Nos pareció de locos, pero ahí estaba, rumbo a Murcia en un viaje de autobús eterno. Recuerdo no pegar mucho ojo y que Ian no paraba de cascar. Hablábamos de los grupos de música. Los grupos suecos y los japoneses, que tenían mucho en común, sabían copiar muy bien. Todo esto salió porque justo por esa época triunfaba mucho un grupo llamado The International Noise Conspiracy, unos imitadores de The Make-Up que le encantaban a todo el mundo, ¡a nadie le importaba que hubiesen copiado de The Make-Up hasta los trajes! Y nada, luego en Murcia lo pasamos muy bien. Era octubre y estábamos siempre de paseo y comiendo helados. A Ian le molaba mucho lo de que siempre hubiera gente por la calle. Jugábamos a adivinar nacionalidades. ¿Alemanes? ¿Ingleses?... A Ian le encanta todo eso, la historia, los mapas. Si se aburre saca un rotulador y se pone a dibujar mapas. “Los alemanes están atormentados y son hipercríticos, los suecos son unos copiones, los ingleses son unos perros...”, decía. Después de unos días lo metimos en un autobús de nuevo, para reunirse con el resto de miembros de grupo y volver todos juntos a USA.

Decías en una entrevista reciente que la escena murciana de la época en que empezaba Hello Cuca era muy mod, y que a vosotros nadie os hacía ni caso.
La pregunta de aquella entrevista era si no se suponía que los mods eran más abiertos de miras respecto a la participación femenina. No sé ahora, pero desde luego entonces no. La escena murciana en general era muy machirula. Allí no habían chicas que hiciesen música. Bueno, estaban Iluminados, de Bullas, pero eran unas freaks. La gente las consideraba unos bichos raros: dos tías, hermanas, bolleras... No era como para que todos los tíos dijesen: “¡Venga, bienvenidas, os acogemos al club de los músicos de la región de Murcia!” (ríe). Aparte ellas hacían su tipo de pop, y en Murcia en aquella época solo había grupos de blues. A nosotras nadie nos hacía caso, tampoco, pero nos daba igual. Nosotras teníamos nuestros contactos de carteo, y cuando apareció internet ya nos mandábamos mails con gente, íbamos a tocar a Madrid y Barcelona...

¿Hello Cuca empezaron en 1996, o así, verdad?
En 1997 salió el primer single. Antes habíamos grabado un tema para un recopilatorio de Spicnic, el homenaje a Tim Burton [Spicnic en No-Mundo, 1997]. Lo grabamos con un 4 pistas de Iluminados, en Bullas. Antes de ello, en 1996, teníamos un grupo con las chicas que también estaban en el fanzine Miau: Marta a la batería, Mati cantando, Mabel al bajo, yo a la guitarra y mi hermana Cuca a la segunda guitarra. Hicimos varias canciones, pero el grupo se deshizo. Entonces Mabel y yo, que éramos las que teníamos más interés, decidimos hacer un trío y buscar batería. Entonces apareció Alfonso.

¿De dónde salió él?
Le conocimos en una fiesta de Iluminados. Él estaba estudiando un máster en Murcia, y vivía allí. Estaba en Meteoro, por aquel entonces. Yo le enseñé el Miau, a mí me encantaban Meteoro, y nos caímos súper-bien. Le propusimos ser batería y él se entusiasmó. Ya sabes cómo es: “¡Sí, venga, ahora mismo!”

Formabais parte de una serie de grupos del momento que no se parecían en nada, pero en los que primaba el entusiasmo y el hazlo-tú-mismo. Y sin rivalidades.
Había buen ambiente, sí. Quizás también porque había más chicas en los grupos. Pero no había tanta escena: Los Fresones Rebeldes, TCR... Luego aquello fue derivando hacia grupos más... más...

¿Blandos? ¿Twee?
Más twee, sí. Nosotras tocábamos bastante con Los Fresones Rebeldes, con los que había afinidad.

¿Recuerdas la sensación de tener tu propio grupo y recorrer España como algo romántico o épico?
No sé. Quizás es que yo nunca valoro nada en el momento (ríe). En ese momento debía estar pensando en lo cansada que estaba de viajar, o quejándome todo el rato, o diciendo que aquella noche había sonado como el culo. Soy una rayada. En el momento tampoco estaba eufórica de alegría. Para mí las mayores satisfacciones eren ensayar y hacer canciones, y cuando tocábamos en directo y nos salía bien. Pero la parte social de tener un grupo, jamás la he sentido, la daba por hecha. Nunca he necesitado un grupo para sentirme guay, porque yo siempre he sabido que iba a hacer música, y sabía que de uno u otro modo siempre tendría un grupo para hacerla. Pero como Hello Cuca no puede haber dos, eso también. Echo de menos la conexión con esas dos personas, poder hacer eso tan especial que hacíamos. Eso es algo que no se encuentra tan fácilmente.



Cuando entrevisté a Manolo Martínez volvimos a hablar de la nostalgia, un concepto que vivimos de distinta forma. Él la considera ponzoña paralizante, yo motor creativo. Mirar atrás con cierta emoción y ponerte sentimental, al considerar tu inocencia pretérita. Bueno, en tu caso no hace mucha falta, porque operas igual que en los principios de Hello Cuca. No es que ahora tengas tour manager, o algo parecido.
(Carcajada). Hombre, pues no. Pero echo de menos ir en el coche de Alfonso, escuchando a The Gossip, a toda pastilla. Claro, ahora viajo sola. Pero tampoco me importa. Es solo que en Hello Cuca era más divertido. Ahora en Malmö tengo otro grupo, con otras tres tías, también en plan riot. Se encontraron las unas a otras, y luego pusieron un anuncio en la página del Ladyfest de Malmö buscando guitarrista y batería, y aparecimos yo y otra chica. O sea, que tengo otro grupo. Y esa sensación de estar todas ahí... (pone cara de hacer el bobo). Pues eso mola. Y tener un grupo mola. Porque en grupo todo es más divertido. Desapareces tú y de golpe eres el grupo. Somos Arre! Arre!, ensayando en el local, y (simula griterío comunal) ¡Somos las mejores! ¡SOMOS LAS MEJORES! A lo mejor a nadie le gustamos, pero ¡SOMOS LAS MEJORES! Te creces en grupo, y eso es muy divertido. Todo vale, porque somos las mejores.

Y el peso se lleva colectivamente.
Claro. Yo es que me canso mucho. Mis discos en solitario me gustan, pero a veces tengo mis crisis. Echo de menos repartir esas responsabilidades entre más gente.

Siempre me gustó la forma en que Hello Cuca llevaba el asunto riot grrrl, de una forma tan lúdica, poco de lanzar arengas. Por mucho que el movimiento fuese positivo siempre te encontrabas a gente más neuras, que al poco rato ya empezaba a soltar sermones sobre el patriarcado. Pienso en algunos ingleses que conocemos.
Sí, alguna de esa gente era más oscura que nosotras. Con el fanzine Miau nos pasaba igual. Solo queríamos que fuese una cosa divertida. Porque es lo que nos mola. Miau era una cosa entretenida, con artículos feministas pero divertidos. Había un artículo sobre ir a comprar ropa donde nos quejábamos que solo había tallas pequeñas. Y había mucha parodia de cosas como el Cosmopolitan, porque incluíamos artículos de “¿Cómo ligarte a los chicos?”. Eso mucha gente no lo pillaba. La gente se pensaba que éramos así en realidad. Existía un sentido del humor que nosotros entendíamos perfectamente, porque funcionábamos de ese modo, pero otra gente no pillaba. Hace un mes estaba con Mabel en La Manga, releyendo un Miau, y nos partíamos de risa. Pero mucha gente no entendía ese humor.

Es que la ironía sutil... Mucha gente no la caza, las cosas como son.
Bueno, otras cosas no eran irónicas (ríe). Recuerdo un artículo de Hello Kitty que escribí porque de repente me había vuelto súper fan de Hello Kitty (ríe). “Hola, soy Hello Kitty, nací en...”. Estaba escrito como si hablara ella.

Todo el mundo tiene momentos bajos, Lidia.
Pero yo lo escribí muy de verdad. Y no me da vergüenza, mira. En cuanto a las letras de Hello Cuca, nosotras estábamos inspiradas por una primera generación de riot grrrls, y ya pertenecíamos a la segunda. Esto es así. Y está recogido en libros (carcajada).

¿En libros encuadernados de verdad, o en “unas cuantas hojas fotocopiadas”?
(Ríe). No, no, en libros de verdad. Lo dice en uno: “Hello Cuca, representantes europeas de una IIª generación de riot grrrls”. Como nos colamos en todos los Ladyfest que hubo... (carcajadas). Es solo que en Hello Cuca teníamos una personalidad propia. Nos inspiraba lo que nos inspiraba, pero las letras de Mabel eran una cosa distinta. Y estaban las influencias de Alfonso, que manejaba otro tipo de referencias: Bow Wow Wow, por ejemplo, ese rollo tribal con un aire más cincuentas. Gracias a eso era más original lo nuestro. Nunca hicimos letras combativas. La gente leía que éramos riot grrrl, que se suponía que tenían letras politizadas, y entonces en las reseñas decían: “Hello Cuca, ese grupo aguerrido con letras beligerantes...” No lo habían escuchado en su vida, claro, porque si les llegas a poner “Aguacate nena” (ríe) te habrían dicho: “Pero ¿esto qué es?” Para mí era más la forma en que hacíamos las cosas que no las cosas que decíamos. Éramos un grupo político por...

Por la táctica.
Sí. En 1997 muy pocos grupos se editaban sus propios discos. Nosotras nos autoeditamos siempre todo en Rompepistas; porque nos daba la gana y no podíamos consentir otra cosa. Ese era el contexto que queríamos. La gente a veces nos miraba con pena: “Pobrecitas, no tenéis sello y tenéis que autoeditaros los discos”. Pues no. Es que queremos hacerlo así. No estamos en Kill Rock Stars, pero estamos en Rompepistas. Y en esa época no era tan fácil autoeditarse. Eso era un esfuerzo que hacíamos porque nos gustaba el resultado. Para mí eso implicaba una posición de independencia.

Menos manifiestos y más hechos, vaya.
Sí, es que nosotras no somos así.

A mí me irrita...
(Interrumpiendo, con mirada de maternal preocupación) A ver, ¿qué te irrita, Kiko?

Joder, muchas cosas. Un montón de ellas.
¿Pero tú todavía estás rabioso, como en los viejos tiempos, eh? (ríe)
(Algo avergonzado y mirando a la mesa) Sí. Un poco. Bastante.
A ver, cuenta.



Cuando leo entrevistas con vosotras (Hello Cuca o Lidia Damunt) me irritan igual el periodista machista y condescendiente como el periodista empeñado en que hagáis declaraciones “beligerantes”, exigiendo que os posicionéis en cada respuesta. Me parece que esa gente no entiende muy bien cómo sois.
Ya. Hombre, está bien que ahora se hable más de machismo, pero últimamente parece que solo puedas hablar de eso. La verdad es que estoy harta de entrevistas. Mira, a lo mejor esta es la última entrevista que hago (sonríe).

¿Cómo, en la vida?
(Circunspecta de repente, como si acabara de tomar una decisión) Pues a lo mejor sí. A lo mejor, como ya tengo Tormina Records, mi sello, pues esta ya puede ser mi última entrevista. Estoy harta. ¿Y sabes por qué? Porque muchos entrevistadores te entrevistan para que tú digas lo que ellos quieren decir. Me sucedió hace poco. Porque cada uno tiene una agenda y unas cosas que él quiere expresar, y va buscando a artistas para que expongan con su boca lo que el entrevistador quiere decir, sobre el machismo o lo que sea. Pero yo ya me he cansado de esto. Es que es un rollo (sonríe). La música es mi vida, pero la gente le da demasiadas vueltas a todo. O sea, yo no soy una filósofa. Yo hago canciones, y ahora he hecho un disco de versiones. ¿Qué más voy a decir? He hecho esas canciones porque me gustaban esas en concreto. Es cansino tener que explicarlo todo. En el próximo disco incluiré un fanzine con todo explicado y no daré ninguna entrevista. Porque estoy aburrida.

Una de las gracias del pop es que no hace falta explicarlo demasiado.
Sí. Bueno, y si los periodistas quieren explicarlo que lo expliquen ellos, no yo. Cuando uno hace discos, a la gente se le va un poco la olla con las explicaciones.

Lo de ir por solitario, ¿cómo sucedió?
Hello Cuca ya no estábamos tocando mucho. Me fui a Mojácar a vivir porque tenía una novia que tenía un restaurante allí, y me marché con ella. Estaba allí aburrida, y me compré discos de flamenco, de la colección Universal. Me compré un disco de Fosforito que tenía un cupón dentro, participé en un sorteo, me llamaron a casa y gané una guitarra española. Yo trabajaba de camarera en Murcia, y un compañero de trabajo era profesor de flamenco y me dio unas lecciones de guitarra flamenca. Y allí en Mojácar se me juntó un poco eso con que empecé a escuchar mucha más música folk. En uno de los viajes de Hello Cuca a Londres habíamos estado escuchando a Bert Jansch, y me pillé cosas, de Dylan también. Yo quería seguir haciendo música, y como en Hello Cuca la cosa estaba un poco apagadilla... Además, en Mojácar, durante los meses que estuve viviendo allí, estaba un poco hippie. Vivía delante del mar, trabajaba de recepcionista de un hotel y me aburría mucho, y estaba todo el rato leyendo libros de cosas psicodélicas.

Define “cosas psicodélicas”. Kesey, Huxley... ¿Eso?
Sí. Bueno, yo no fumo ni marihuana, pero me puse a cultivarla en la terraza. Me entró...

¿Un renacimiento hippie?
Sí, pero no de estética. Estaba yo allí oyendo a los Byrds delante de la playa, y me dio por eso. Decidí cultivar marihuana y luego fumármela. Me crecieron un montón de plantas altísimas.

Me cuesta imaginarte, la verdad.
Yo soy de experimentar. De probar. Y lo probé, vamos, pero me sentaba muy mal. No me gustó. Luego me compré unas setas, de esas que cultivas en casa y te comes. Y tuve un viaje que me marcó. Tuve una conexión psicodélica, no sé cómo llamarlo. Se lo conté a un amigo, que es experto en estas cosas, y me dijo algo parecido.

¿Qué setas eran? ¿Psilocibina?
Psilocibes, sí. Eran setas frescas. Las plantas, las riegas y luego te las comes.

¿Estabas sola, cuando celebraste el viaje?
No, con mi novia. Pero a ella no le hizo efecto y se durmió. Y a mí me pasó una cosa muy rara. Tuve una historia muy extraña. Una historia entera. Voy a resumirte todo esto. Mira: yo oía unas cosas, y problemas míos familiares, cosas que me ponían triste, en ese momento los entendí. Eso me abrió una vía nueva, y a partir de ahí... O sea, al final del viaje empecé a gritar y la chica que estaba conmigo medio durmiendo tuvo que pararlo, por si me volvía loca. Ya nunca volví a probar las setas. Fue una vez y ya está. Y mi amigo me dijo: así que ahora ya “sabes” (ríe). Pero no sé.

Pues me lo estás vendiendo muy bien. Casi que me están entrando ganas de salir corriendo a comprar setas de esas.
Hombre, yo no quiero tampoco que la gente lo pruebe por eso. Para mí fue una cosa de puro autoconocimiento.

Y lo que te has ahorrado en psiquiatras. No es broma.
Y tanto, y tanto. Hay drogas que, si eres una persona recluida, te abren. Como el MDMA. Pero para mí lo de las setas de Mojácar fue crucial. Allí se abrió el bloqueo que yo tenía, y empecé a escribir. Cuando me fui a Madrid, las canciones me salían como churros; después de todos estos años calladica...



Los que te hemos visto al frente de Hello Cuca jamás habríamos dicho que te afectaba un bloqueo.
No, pero no tenía vía de expresión. Yo no iba a hacer letras en Hello Cuca porque no me gusta que en un grupo haga las letras más de uno. Como las de Mabel estaban muy bien, pues ya está. Pero tras las setas empecé a hacer letras. Y aprovechaba los sueños, y fabricaba historias con ellos.

Claro, no es lo mismo berrear al micrófono que sacar letras enjundiosas.
No. Yo aún no había encontrado manera de sacar todo lo que quería expresar. Y ya cuando el viaje aquel grité un montón...

Suena a terapia del grito clásica.
Sí. Mira, yo tengo un sobrino que tenía problemas de salud, y a mí eso me ponía muy triste. Y cuando pegué aquel grito me pareció como si el tiempo se moviera hacia atrás. Eso pueden ser paranoias de la droga, claro, pero mediante aquello entendí la evolución de los genes, y me vi como parte de una cadena, y el grito aquel me hizo conectar a todo eso, al pasado y al presente y al futuro. Luego no podía parar de gritar, y la chica con la que estaba tuvo que intervenir. Pero a partir de allí algo en mí estaba mejor. Y luego fui a Madrid y me enamoré, y todo empezó a ir bien.

Ahora estás en un momento de plenitud, salta a la vista.
Sí, soy madre, tengo mi sello, estoy feliz allí en Malmö, con mi hija, todo va muy bien. Lo único que me faltaba era el grupo, y ahora que lo tengo y puedo rockear... (ríe) Mucha alegría. Pero no sé si ha quedado mal hacer apología de la droga. Quizá parezco una loca. Ahora me arrepiento un poco (ríe). Bueno, tú cuenta lo que te parezca bien, Kiko.

Fotografia de portada: Carlos Leoz
Fotografia interior: Lluís Huedo

Text: Kiko Amat
Correcció: Marta C.

1 comentari:

Tuli Márquez ha dit...

Cojonuda entrevista. Felicitaciones.