14 d’abr. 2014

EL VERMUT DE KIKO AMAT #7 - (JAVIER CALVO)


Ahí está. Acabo de verle, plantado en mitad de la subida de la calle Alzina, mirando a su alrededor y consultando el móvil, ostensiblemente perdido. Estos de Barcelona Sur, cuando cruzan la Gran Vía rumbo al norte van más desorientados que un murciélago afónico. Le pego un chillido para que sepa que los refuerzos han llegado, me planto a su lado y le digo:

-Está ahí.

Y le señalo la bodega La Costa Brava, que está a diez metros de donde se detuvo. Y luego le miro a la cara, solo que no, porque la mirada se me desvía a otro sitio, y entonces es él quien me suelta:

- ¿Por qué siempre me miras el pelo, tío?

Existen dos respuestas a esta pregunta:
a) Siempre lo hago, con todo el mundo. Es un tic del que no puedo zafarme. Pero además:
b) Llevas un peinado extraño que pide a gritos pausada investigación.

Le respondo la opción a), que él rechaza creer, y mascullo algo incomprensible, fruto de los nervios. Lo cierto es que nunca sé como tomar a Calvo. Y creo que él tampoco sabe cómo tomarme a mí; así que aquí estamos, como dos extraños en mitad de la calle Alzina, medio azorados y casi afásicos, los labios más sellados que princesitas debutantes.

La última vez que le vi, en el bar Heliogàbal, él estaba invitando a una ronda de ratafía y yo rechacé mi chupito, porque soy capaz de beberme un charco con purines de cerdo y un gorrión agusanado flotando en él, pero no ratafía, esa pegajosa pesadilla hecha de sotobosque, y él me miró y luego dijo:

- ¿Por qué eres tan huraño, tío?

Curiosa frase, porque yo también quisiera preguntarle lo mismo a él. Y así nos encontramos los dos hoy, mirando al huraño reflejado al otro lado del espejo, como en aquella historia del Pitufo número 100. Pugnando por comprender la hosquedad ajena.

Ya en la bodega, Calvo se quita la chaqueta (luce camiseta de Wire; el grupo), se sienta ante mí, y al mirar sus rasgos, tan excesivos en todo, pienso en que alguien le comparó una vez a Caryl Chessman, el famoso “Bandido de la luz roja” que gasearon en 1960 en San Quintín. Es una cara atávica, esculpida a mandoblazos en la ladera de un monte escarpado, puro rictus de ídolo pagano. Calvo me confiesa que arrastra un resacón de antología, se pide un café con leche, lo sitúa frente a mi quinto, y –frunciendo aún más el ceño– pregunta:

- ¿Para qué era esto, entonces?

Bien empezamos.
Calvo es escritor. Es decir: era un tipo de escritor y luego se transformó en otro, acto que le convierte en la figura más inusual de la literatura española actual. Estamos hablando de un desertor de la posmodernidad. Un narrador que cambió de bando en mitad de la contienda, como Italia en la IIª Guerra Mundial. Por supuesto, su alteración de rumbo se celebró desde nuestro bando con champaña joven y estruendosa pirotecnia, y desde aquel viraje Calvo no ha dejado de escribir libros sensacionales, como Corona de flores (Mondadori, 2007) o El jardín colgante (Seix Barral, 2012). Y no solo cambió de estilo: Calvo tomó el camino opuesto de cara a la crítica, la escena literaria y el mundo editorial, y renació en lo que siempre debería haber sido. Un Jeremiah Johnson narrativo, aislado en los cerros de su universo personal, haciendo lo suyo sin reparar en las ventoleras que sacuden cíclicamente el mundo de la novela.

Calvo y yo diferimos en bastante, pero coincidimos en lo esencial. De lo contrario no estaríamos aquí ahora. Yo no era nada fan de lo que hacía y ahora soy fan de lo que hace, y esto es algo que jamás me había sucedido. Tengo que aprender a gestionarlo.



Casi nunca hablas de esto, pero aquí (en esta bendita casa) es tradición comenzar hablando un poco de familia y bagaje y pasados. Clase social, barrios, lecturas, relación con tus consanguíneos...

Una familia de clase obrera completamente normal, perfecto en ese sentido a nivel de empezar de cero, ningún tipo de influencia familiar: no soy hijo de hippies, ni intelectuales. Me parece un entorno maravilloso, tabula rasa total.

La gente que ha leído a Lovecraft desde la niñez (mi caso) tiende a pertenecer a la honorable (antes denostada, hoy celebrada) tradición nerd. ¿Eras tú un nerdo solitario o eras trotón y razonablemente deportista?


Ninguno de los dos extremos. Tampoco era lovecraftiano. Esa tendencia no me llegó hasta mucho más tarde. Mi primer consumo cultural consciente fue musical. Con trece o catorce años empecé a comprarme casetes. Mi primer disco fue el Never Mind the Bollocks, de los Sex Pistols, porque me parecía peligroso, y empecé desde allí a comprar discos punk y góticos...

Ese primer disco suena sospechosamente cool. El mío fue el Thriller.
(Seriedad sepulcral) Ese fue el primero que tuve en mi vida.

Aunque a v-v-veces sucede, es cierto.
Después tiré a cosas hipsters de la época. El segundo o tercero debió ser el The Head On The Door de The Cure, que era lo más de la época. A partir de la música empecé a descubrir cosas aledañas, por ejemplo Lovecraft, libros de terror... En aquella época un disco de The Cure y las ediciones de bolsillo aquellas de Alianza iban de la mano. Pero de niño había leído poco y el entorno no lo incentivaba. Luego tuve la típica cosa adolescente de comprar libros al azar, solo porque te gustaba el título o te sonaba que podía ser cool porque llevaban un monstruo en la portada...

O tetas.
(Sonríe de forma casi imperceptible) Sí. Y luego ya en la universidad se te cuadricula mucho más la cabeza. Cuando acabé la universidad y me fui a Londres, a la vuelta me metí en la teoría literaria, algo que, como bien sabes y has señalado públicamente en alguna ocasión (sonríe), fue bastante pernicioso para mi escritura.

Pues mira, no sabía que había sido eso. Yo sabía que algo malo te había sucedido, pero pensaba que había sido algún tipo de trauma, que te habían tocado en las duchas o algo...
Pues no (sonriendo). Fue eso. Iba a clase y estaba sentado al lado de Eloy Fernández Porta y, evidentemente...

Esa es una de las cosas más intrigantes de tu carrera, ya lo hemos comentado alguna vez: que eras un tipo de escritor, y te volviste otro completamente distinto. Me interesa esa mutación.

Cuando tomas la decisión de ser escritor, que en mi caso fue bastante accidental... Yo empecé trabajando como traductor, esa fue mi entrada en el mundo editorial, en el 98 o 99. Trabajaba en Mondadori, de editor freelance y traductor. Tuve suerte, porque cuando terminé el máster aquel de teoría literaria no tenía ningún tipo de perspectiva de futuro, me di cuenta de que para la universidad no servía, porque es un mundo selvático, darwiniano, como la Secta de los Asesinos. Tenía la opción de volverme a Londres otra vez (ríe), pero ya no me quedaba dinero, así que decidí ponerme a trabajar. Llamé a unas de las pocas personas a quien conocía del mundo editorial, un personaje que más tarde se reveló como un estafador (carcajadas). Se llamaba Mihály Dés, un húngaro que editaba una revista llamada Lateral, germen de lo que una década después sería la Generación Nocilla. De allí salieron Robert Cantavella, Jorge Carrión, toda esa gente... Le dije que no tenía donde caerme muerto y él me dio dos teléfonos para que empezara de lector editorial. Uno era el de Claudio López Lamadrid y el otro el de Jorge Herralde. Hice las dos llamadas que determinaron mi vida actual. Llamé primero a Herralde, porque era el que tenía más caché, y su secretaria me dijo que estaba ocupado. “Ya te llamaremos”, y tal. Claudio López, por otro lado, acababa de entrar en la editorial, e imagino que estaba en su mesa vacía, mirando al teléfono, el bolígrafo perfectamente alineado, y entonces llamé y le conté lo mío. Él me ofreció trabajo esa misma tarde. Eso era antes de que Claudio se diese cuenta que Mihály era un estafador profesional. Si la secuencia de hechos llega a ser la contraria... (nueva carcajada) No sé donde habría acabado. Así, me puse a hacer informes, preparar antologías, y un día Claudio me dijo que probase a escribir un libro. Una novela me parecía imposible, así que me encerré un verano y escribí un libro cortito de relatos, que era lo máximo que me atrevía a hacer entonces. Los publiqué con 28 años, y ese fue el problema. En aquella época no había nadie de esa edad escribiendo, y me doy cuenta de que debería haber esperado unos años más, pasados los treinta.



Como decía Vonnegut.
Sí. En todo caso, mis dos primeros libros son infumables. Una copia de la literatura americana que estábamos trabajando en Mondadori. Una copia descarada.

Pero las copias no son necesariamente malas. Mucha gente hace cosas excelsas partiendo de la copia, como Billy Childish. Creo que el problema en tu caso era la materia copiada.
No tanto, porque tampoco estaba copiando literatura realmente mala. Lo que pasa es que publicar tan pronto es puro aprendizaje en público. Y estás descubriendo qué clase de escritor eres, y lo estás haciendo publicando libros, y eso me parece antinatural. Un poco es como lo dijiste tú: mi literatura empieza con el último relato de Los ríos perdidos de Londres. Lo demás me da una pereza inmensa. Alucinante. Que si me revierten los derechos prefiero no renovar, vaya. Prefiero quemarlos todos.

Alguna vez me has contado tu época de joven promesa, cuando te ibas de copas con escritores famosos y todo el día estabas rodeado de jóvenes editores, y siempre pienso en el típico grupo inocente de pop que de repente se embala en una vorágine de drogas y grupis. ¿No fue tóxica, toda aquella atención y lisonjas?
No tanto, porque para empezar lo estás magnificando muchísimo. Era mucho más pequeño que esto. Pero entrar en Mondadori fue para mí el entrar en todo su mundo, ir a todas las fiestas literarias, conocer a escritores de la generación anterior, algunos de los cuales llegaron a ser amigos míos, como Rodrigo Fresán o Ignacio Martínez de Pisón, gente con la que me llevo muy bien y que me ha ayudado bastante. Pero es verdad que llegó un momento en que tuve que dejarlo. Primero, porque mi vida social había cambiado mucho y no me veía allí.

Dejarlo significa que cesaste de ir, simplemente.

Sí, claro. También coincide, como dices, que pasé de “joven promesa” a “ex-promesa”. El estatus de promesa no realizada...

¿Has been?
No, más bien never was (sonríe). Esto generó un entorno mucho más cómodo donde existir. Tuvo que ver con que yo me fui a América, me desconecté mucho de todo, me metí mucho en la droga, y cuando volví ya tenía a la mujer embarazada. Y cuando regresé a Barcelona lo empecé a ver todo muy distinto, y me empezó a dar vergüenza todo este rollo como americano, ya había salido el Nocilla Dream, todos los libros de aquella cosa, y me dije “Tengo que hacer algo que sea lo contrario de todo eso”. Irte a vivir a Estados Unidos lo que hace es acabar con cualquier tipo de adoración que puedas tener por su cultura, porque esa adoración viene de la falta de familiaridad. Cuando empieza a ser familiar, deja de ser fascinante. Y decidí escribir una novela de crímenes ambientada en mi barrio. Me parecía lo más opuesto posible a la literatura en boga aquel momento. Pero fueron años en realidad muy interesantes, y saqué cosas interesantes a nivel vital de algunas personas. Fresán me sirvió de acicate en cuanto a lo que tiene de biblioteca andante y de curiosidad continua. Es un tipo que lee cien veces más que yo. Cien veces más que todo el mundo, vaya. A Casavella, por otro lado, solo lo traté los últimos años de su vida, pero me planteó un modelo opuesto: “yo no voy a fiestas literarias porque son malas y todo el mundo lo sabe”.

La diversión es de bastante mala calidad, allí.
La diversión él la encontraba por otro lado, pero venía más por lo de pérdida de tiempo. El tío no te decía que era mejor que aquellos tíos, pero sí vio que no tenía que alternar con esa gente, como si le tuviesen que dar algo. Él era una lección de autosuficiencia: no necesito nada de nadie y voy a hacer mi rollo. También me sucedió un alejamiento con la gente de Mondadori, al final me acabé yendo de la editorial, etc.

Antes comentabas lo de Londres. ¿Qué hacías allí? Fuiste a buscarte la vida, o a conocer la cultura...
Ni siquiera eso. De todos los barceloneses que estaban en Barcelona en los 90 creo que fui el único que estaba allí sin trabajar. No hacía nada (ríe). Iba a sitios que no costaban dinero: la Tate Gallery, pasaba la tarde en el Museo Británico...



Esto es bastante Colin Wilson. Pernoctar en saco de dormir en Hampstead Heath y cada mañana lavarse en una fuente y, hala, a la biblioteca del British Museum.
Sí (largo silencio que bordea lo inquietante). Nunca hice nada interesante en Londres. Su único valor fue de primer contacto con una metrópolis. Ir por primera vez a una ciudad grande y fliparlo muchísimo.

Decías que empezaste a escribir con los tics aquellos de la literatura americana hype del momento. Alguna vez te he escuchado decir que era una reacción contra los generacionales como Ray Loriga y compañía, y también contra los que venían de la Cultura de la Transición y eran mayores que tú. Pero es paradójico que, buscando esto, te saliesen novelas con tantos tics de entonces. Aquellos primeros intentos no han envejecido muy bien, como decías antes.
Los noventa fueron un periodo muy raro para mí, en el sentido de lo que era escribir en España. Primero vi que había una cosa inservible, que era la mano negra de la literatura realista y tradicionalista, contra la cual periódicamente hay que rebelarse porque intoxica la literatura. En los noventa todavía era así. Loriga era una figura interesante porque cuando sacó su primera novela fue el primer escritor que se postuló como estrella pop, y partía de que su imagen era la que vendía sus libros. Tenía ese aura de rockero de Malasaña y tal... Eso influyó en los que teníamos diez años menos. Él es colega mío, y es un tío que tiene su mundo, quieras que no. Ahora no está pasando su mejor época, porque la gente ha dejado de prestarle atención y es como una reliquia. Él representaba bastante la idea de que la literatura española tradicional es algo contra lo que merece la pena rebelarse. Creo que estoy desbarrando un poco...

En absoluto.
Luego se generó odio contra esa narrativa joven porque se había convertido en una operación de marketing. Eso generó una situación por la cual, cuando yo empecé a escribir, no había escritores jóvenes. Se había estigmatizado, por todos aquellos libros sobre chavales salingerianos que se drogaban y estaban rebotados con el mundo. Los escritores de menos de treinta años se contaban con los dedos de una mano. Tú habías publicado una en Anagrama, pero creo que era bastante excepcional, y Anagrama tampoco estaba sacando tantos jóvenes. En aquel momento había un vacío. Entre eso, y mi fugaz paso por el mundo académico, donde los estudios culturales son una fábrica de wannabes americanos... Cuando yo estaba allí era Lyotard, la posmodernidad y Robert Coover; ahora es la teoría queer. Pero la dinámica es la misma: qué estaba de moda hace diez años en América, pues hagámoslo ahora. Con lo cual no solamente estás siendo un hipster, un turista, no solo estás siguiendo una moda, sino que además es una moda antigua, y de otro país. Y aquí admito que caí de cabeza.

Un gesto que te honra. Admitirlo, digo.
La idea esta de que el realismo es malo, y hay que escribir raro, y desordenar los capítulos, personajes freaks y tal...

Tú lo defines a veces como una enfermedad que se pasa. ¿Te han quedado secuelas de aquello, el equivalente de un cráter de viruela en forma de cicatriz posmo?
Yo creo que no. Si cojo El jardín colgante, que tiene un par de años, no veo que exista ninguna relación entre eso y lo que empecé a escribir.

Hay cosas encomiables que pueden hacer daño a los futuros imitadores o prosélitos. Hendrix estaba bien, pero engendró a cientos de guitarristas espantosos. ¿Hay gente que te gusta que pueda haber representado una mala influencia?
Esto es muy complicado (cara de fatiga). No sé qué es una influencia legítima o una excesiva. En realidad lo que me parece interesante es ser completamente no canónico, no buscar tus influencias en Kafka, Borges y Bolaño. Si tus influencias son Kafka, Borges y Bolaño...

¿Mereces morir?
...La has cagado. O sea, la has cagado. Porque lo que vas a acabar haciendo es literatura de tu tiempo, literatura institucional. En ese sentido, el canon me parece absolutamente pernicioso. Y hay escritores que son buenos, y técnicamente competentes, que escriben muy bien, pero sus influencias son kafkaborgesybolaño (los pronuncia juntos), y no encuentro nada en ellos que no esté ya en Kafka, Borges y Bolaño. Cuando encuentro un escritor que, al menos, se ha ido de allí y ha partido de cosas rarísimas, y ha generado una especie de universo alternativo, y ves su investigación y no es la que recomiendan los suplementos, no es un tío que se lee el Babelia y después se compra el último libro de quien toque esa temporada... Eso me parece interesante y mucho más legítimo.



A veces me da la impresión que en nuestro país solo se vende la banalidad más abyecta o los tochos más sesudos. Analogía fílmica: O eres Scary Movie o eres el Solaris de Tarkovski. O cerrilidad mongoloide o chapa arty. No veo que autores con sentido del humor, frescos, legibles y a la vez literarios puedan acceder a un público grande, de la manera en que lo hacían en Norteamérica Joe Heller o Vonnegut.
(Momento de duda) Bueno. Humm. El tema ventas está muy complicado. Al haber bajado el techo de ventas de la llamada novela literaria (lo que no es novela histórica, Julia Navarro...) cualquier novela que no sea de puro entretenimiento se ha vuelto una cosa mucho más oscura. Ahora mismo da igual si escribes un libro súper complicado o uno de 150 páginas lleno de chistes, porque vas a llegar al mismo tipo de público y vas a vender como mucho 5000 copias. Y eso si has fidelizado a un lector con los años, porque si no, ni eso. Ahora mismo no puedes utilizar las ventas como parámetro para juzgar. Yo no veo esa dicotomía Scary Movie o Tarkovski. Porque una cosa eran los 70, cuando se vendían novelas muy densas, y la mitad de aquellos tochos setenteros –como Miguel Espinosa, o Juan Benet– ahora mismo nadie sería capaz de leerlos. Que entonces tuviesen un público es algo prodigioso. Vale que los 70 eran así en todo, y la gente se tragaba el rock progresivo, se tenía una idea mucho más paciente...

Bueno, yo no me refería a que los libros fuesen tochos, sino más bien a que, aunque sean breves, tengan que exhibir esa fidelidad al canon homogéneo de la cultura seria, el canon del suplemento cultural, etc.

Creo que el imperativo de seriedad de la alta literatura ha quedado circunscrito a unos pocos suplementos literarios, como mucho, y no a todos. Creo que ni el público ni la universidad hacen ya esta distinción.

No hablo de seriedad. Hablo de que incluso cosas como la Generación Nocilla, que mencionabas antes, se planteó como algo moderno porque hablaba de porno y pop y telebasura e internet, etc., pero cuando esgrimía referentes literarios, eran los de la academia: Joyce, Nabokov, Kafka, Flaubert. Por muchos remakes que hicieran, estaban regurgitando de nuevo el canon oficial.

No lo sé. Me encanta que hables de ellos en pasado, como si hubieran muerto, eso me hace mucha gracia. Si ahora tengo que ponerme a pensar qué fue lo distinto de la Generación Nocilla, yo diría que fue lo académico. Era una generación compuesta por profesores de universidad, y no solo en campos de literatura, sino en física, ciencia... Germán Sierra y Fernández Mallo eran científicos, y sus libros estaban llenos de ecuaciones y tal. Esto fue una irrupción de la teoría literaria en novelas, novelas que te daban su propia interpretación de la literatura, todo muy sesudo y tal... (Larga pausa con suspiro final).

A ti te salpicó un poco, ¿no? ¿Fue como pillar un catarro tras una noche de pasión playera, o qué?
(Impávido) Bueno, a mí me adoptaron. Yo empecé a publicar cinco años antes que ellos y en un primer momento me agobió mucho. En primer lugar aquello era una estrategia colectiva, bastante pensada y dirigida a los medios. Ellos vivieron mucho del rédito de Nocilla dream, que había sido un pequeño superventas, y a partir de allí se impulsaron. En aquel momento mi percepción era que yo no necesitaba formar parte de esta estrategia colectiva, no estaba seguro de que fuera bueno para mí y no estaba seguro, además, de que fuera verdad lo de que yo estuviese en su escena. Después dejó de importarme, porque ya estaba pensando en hacer otra cosa que no tenía nada que ver con ellos, y luego se volvió completamente irrelevante porque se hicieron el harakiri en público y desaparecieron como grupo. Y, de hecho, si les mentas hoy su afiliación a aquella generación, los miembros supervivientes se ponen furiosos. Carrión acaba de publicar el libro anti-Nocilla, que es Librerías, prácticamente un alegato en favor del objeto libro, algo contra lo que ellos denostaban de entrada, por tecnofilia y tal. Pero todo ello ha dejado de importar, como prueba el pasado que utilizabas en tu frase.

Alguna vez te he contado que yo empecé a escribir por oposición, no solo por afiliación. Mi impulso inicial debe tanto a las cosas que amaba (Brautigan, Vonnegut, McInnes, Fante) como a las que detestaba (suficientemente documentadas). ¿Te sucedió a ti algo parecido?

¿Te refieres a buscar superar cosas que admiras, o a escribir pensando en que no quieres parecerte a tal autor?

Ambas cosas.
La parte de emular y ponerte en la estela de alguien me ha sucedido mucho. Lo que pasa es que si me pongo en esa estela y acabo pareciéndome mucho a ese alguien, estoy cayendo en otra trampa. Benet fue uno de los primeros casos, Joan Perucho también, a otro nivel el mismo Casavella, e incluso cierta modalidad de novela muy local de novela muy barcelonesa que es muchas veces satírica, otras veces costumbrista, pero que siempre es muy analítica de la realidad social de Barcelona. Es una tradición muy mainstream, en cierto modo, la que empieza con Vida privada de Sagarra y continua con Marsé, Mendoza en los sesenta... Y allí sí que me dije: quiero pertenecer a esa tradición, porque me mola mucho. Casavella estaba allí en realidad, dando una visión muy friki de inmigrante, pero que en realidad era el mismo modelo picaresco, el del chaval que se busca la vida en Barcelona. En cierta manera, y si exceptuamos la primera, tus novelas también son así. Y yo volví de América y me dije: es esto. Lo que pasa es que me gustaba más la Barcelona rara de Perucho, pero creo que todas esas visiones se pueden conciliar, pues son partes de una misma realidad.

A mí raramente me comparan con esta tradición, quizás porque desde el principio venía de subcultura y hablé mucho de música pop y eso era más llamativo que lo de ponerme tras Marsé o Mendoza, cuyas primeras novelas me encantan y desde luego en cuya tradición me incluyo. Salvando las distancias.

Yo lo creo, sin duda.

Y es una gran tradición a la que pertenecer.
Totalmente. Pero hace diez años sucedió que se magnificó aquello de la “literatura pop”, y llegó un punto en que no significaba nada. ¿Qué quería decir la literatura pop? Yo creo que si hablabas de un personaje y hablabas de sus discos, no estabas haciendo nada fundamentalmente distinto de lo que hacía...

Scott Fitzgerald.
Claro. O cualquier persona que estuviese definiendo un personaje a través de las cosas que le molaban y su universo personal.

Es curioso, porque lo que en realidad hacía yo eran novelas de aventuras urbanas muy tradicionales en su forma.
Lo que sucede ahora es que la etiqueta esa ha desaparecido porque no hay nadie que no haga eso. Ya da igual. Nadie se plantearía decir que algo es una “novela pop” solo porque habla de música, pues ahora es lo que hace todo el mundo. Se ha convertido en el estilo dominante. Y en cuanto a los contraejemplos que pedías, la gente a la que no quieres parecerte, eso es un tema chungo.

Espinoso.
Es un tema muy espinoso.

¿Necesitas a mis abogados?
Pero bueno, cambia mucho la perspectiva que tienes cuando eres joven y ambicioso y competitivo. Cuando empecé a publicar tenía esa cosa de querer llegar a muchos sectores, te preocupa mucho vender, si va a recibir buenas críticas, si va a ocupar el lugar que tú crees que merece tu obra. Lo cual es absurdo, porque no hay ningún escritor que no crea que merece ocupar un lugar de centro inmóvil del universo, en torno al cual gravitan todos los astros. Este es un tipo de perspectiva que solo conduce al abismo emocional. Y por otro lado está la competición: a este tío de mi ciudad y generación le va mucho mejor que a mí. Eso es psicótico, y entra perfectamente en la inmunización de la que hablabas antes. Esto se vive, se pasa y luego te olvidas y te dedicas a intentar divertirte escribiendo, y eres consciente de tus limitaciones y de dónde vas a llegar. Que haciendo la literatura que haces no vas a llegar nunca a un gran público, vas a tener tus lectores y vas a compartir algo con ellos y ya está.

Bueno, a mí vender me parece deseable. O sea: quiero vender diez mil libros, y sí que pienso en ello. Lo jodido es que no influye en absoluto en lo que hago porque no sé hacerlo de otra manera, y si intentase ganar lectores haría un churro descomunal. Pero no me conformo con escribir para unos pocos.
Ya. En mi caso todo eso ha desaparecido de mi mente y lo he redimensionado mucho, y ya tengo familia y todo eso, y esas cosas te parecen un poco soplapolleces. Bueno, es cierto que me molaría vender diez mil libros. Pero que no pasa nada si no lo haces. Es como la posteridad. ¿Mis libros se seguirán leyendo cuando yo me haya muerto? (ríe sarcásticamente) O sea: no. El destino de todos los escritores es el olvido.

No estoy de acuerdo. Yo vengo de escuchar discos que se grabaron hace cincuenta años, y esos discos viven en mí cada vez que los escucho. Son inmortales, pero no en el sentido petulante del canon. Son inmortales porque siguen inspirándome a mí y a mucha otra gente. Y por ello no me tomo la posteridad como una bobada. Quiero que mis libros inspiren a gente de aquí a mucho tiempo.
(Larguísima pausa) Dicho todo esto, y una vez declarada mi no competitividad, mi no deseo de posteridad y mis no malos sentimientos hacia el resto de escritores, sí puedo decir que hay un escritor en esta ciudad que es un claro contraejemplo de todo lo que debería ser la literatura y todo lo que debería existir en el mundo (sonríe maliciosamente). Es un personaje entrañable, del que hemos hablado miles de veces, un ser con una gran carrera, fulgurante, con un universo personal absolutamente intenso y, en mi opinión, absolutamente equivocado.



¿Lo dejamos a la imaginación del lector?
Lo dejamos a la imaginación del lector.

Me gustó mucho cómo exponías en el prólogo de un cuentecito de Lovecraft por qué eres lector de novelas, no de cuentos. Me gustaría que lo repitieses aquí.
Para mí hay algo intensamente decepcionante en el ritmo del cuento. Cuando empiezo a leer una historia no estoy psicológicamente preparado para que termine a las diez páginas. Eso tiene que ver con el hecho de haber crecido leyendo novelas. Y luego hay una especie de impostación de la totalidad, incluso en relatos que me gustan. Hace poco traduje unos relatos de Salinger, y eran de puta madre, quizás la versión más bonita del cuento, gente que era capaz de decir más en menos sitio. Pero siempre me han producido una gran frustración. Falta de plenitud. El relato moderno está entendido como un instante, y ese instante se supone que es un microcosmos de todo, pero a mí no me funciona. No hay desarrollo, no hay evolución, no hay una historia, el personaje no crece... Eso siempre me ha frustrado, y llegó un momento en que me lo tuve que admitir a mí mismo, porque durante años me decía que era imposible que no me gustaran los cuentos. Al final vi que no tenía porqué fingir que sí.

Otra descomunal memez es asumir que un autor tiene que tocar en algún momento todas las disciplinas de la escritura: tienes que escribir algún poema, publicar relatos, luego graduarte a la novela...
Bueno, yo he escrito bastantes relatos, no creas, y salvo los del primer libro, los demás eran cuentos por encargo. Para antologías, para revistas... Siempre dije que sí porque para mí era muy pretencioso decir que no, y de hecho tengo dos libros de relatos y ya tendría material para un tercero, pero no creo que lo publique nunca. Lo dejé porque no me gustaba. Además pienso que el 95% de la gente servimos para hacer una sola cosa.

Totalmente de acuerdo.

Y algunos no somos buenos ni en una. Al menos concentremos toda nuestra energía en hacer esa bien.

Cada dos años o así creas un relativo revuelo haciendo declaraciones oficiales.. Las últimas fueron: a) una diatriba sobre el escribir sin cobrar, y b) una contestación directa a un libelo sobre los escritores catalanes que escribían en castellano. ¿Tenemos que esperar un nuevo comunicado de los tuyos en breve?
No. Lo de escribir sin pagar era más bien autodefensa. Era una cuestión de supervivencia y responsabilidad, porque ya tengo una edad y familia, y no puedo permitirme seguir haciéndolo. En realidad no es una idea que me distinga de la mayoría de la gente. Simplemente la mayoría de la gente lo que hace es negarse a escribir gratis y decir que están ocupados cuando se lo piden, sin necesidad de hacerlo público. Tiene que ver también con que cuando volví a Barcelona y me fui de Mondadori, la gente con la que iba por ahí era gente de editoriales muy pequeñas o directamente underground (de fanzines, microeditoriales). Hoy en día, de entre la gente con la que salgo y me veo, la editorial más grande es Alpha Decay. Eso es un emporio, una multinacional, comparada con otros colegas míos. Me metí en un mundo donde me parecía que todo el mundo estaba haciendo cosas más interesantes, pero en ese mundo nadie te paga. Tienen el dinero justo para sacar sus libros. Y uno acaba entrando en una red de favores... Esto suena súper mezquino, pero hubo un momento en que me metí tanto en eso, prólogos para todo el mundo, artículos para tal web, que al final vi que no podía hacerlo más. Que invertía la mitad de mi tiempo en hacer cosas gratis. Y respecto a lo de la feria de Bruselas, eso fue simplemente un exabrupto. Una de las cosas que me he propuesto, y que pienso cumplir a rajatabla, es no hablar de política ni nada parecido, porque tengo un perfil no profesional de Facebook y estoy expuesto a la monstruosa inflación de opiniones acerca de todo. Hoy en día entrar en una red social es entrar en un mundo abrumador de opinadores y pontificadores. Solo permanezco allí para hablar con amigos lejanos. Pero hablar de política me resultaría imposible: todo lo que veo es distópico e irreal.

Es un poco antinatural que dos fans de los discos no hayan hablado aquí de música. Quizás porque, como me dijiste a propósito de Mil violines, Jimmy Webb te hace vomitar; y yo no soporto a grupos como Coil. Pero quizás puedes decirme algún disco que te emocione y te hable directamente, aún hoy.

(Rictus de fastidio mudo).

Bueno, no hace falta que sea un Top twenty ordenado.
Es que soy muy malo para esto de las listas y los juicios. Pero una cosa de la que me he dado cuenta es que hay una edad de tu vida, cuando descubres la música, que no la superas jamás. Te pasas toda la vida arrastrando ese bagaje. Si me pones hoy en día Siouxse & The Banshees lo flipo, pero sé que lo flipo porque lo descubrí a los quince años y me remite a mi juventud. Además de que pienso que es una buena banda. Lo mío sería una confluencia entre la música extrema (Throbbing Gristle, Einstürzende Neubaten, Psychic TV), que cuando la conocí me pareció que tenía una intensidad que no tenía el resto de música, a cosas por las cuales sueles burlarte de mí como Whitehouse o el black metal. La experiencia de esos grupos en directo me gusta más que a un tonto un caramelo, quizás porque soy medio sordo o porque no tengo ni puta idea de música, pero cuanto más ruido hacen más me gusta. Y luego música ocultista, mística y tal, y eso abarca desde rollos hippies tipo Incredible String Band a cosas que si las escucharas tendrías un derrame cerebral, como Current 93. Y luego por en medio está el rock gótico, que es la música con la que crecí. Una mezcla de todo eso.

Fotografia de portada: Carlos Leoz
Fotografia interior: Lluís Huedo
Text: Kiko Amat 

Correcció: Marta Cucurella

1 comentari:

Anònim ha dit...

ja ja ja: Tu eres mas guapo. No, tu eres mas guapo. Que no, que no, que tu eres mas guapo. Venga, los dos somos mas guapos