28 de juny 2013

EL VERMUT DE KIKO AMAT #02 - LAURA FERNÁNDEZ


(descarregat aquesta entrevista gratuïtament en pdf a aquest enllaç
descárgate esta entrevista gratuitamente en pdf en este enlace)

Mi segundo vermut tiene lugar en el bar La Masia, sito en la calle Elisabets. La decisión se tomó por motivos puramente motrices: la escritora invitada de este mes, Laura Fernández, que acaba de sacar La chica zombie (Seix Barral), está embarazadota y no le conviene en absoluto la escalada a Barcelona norte, que era mi propuesta inicial. Laura es una autora con genes similares a los míos: puro extrarradio de Barcelona y bagaje working class, lectora anglo-americanófila, autodidacta al 100%. Cuando se emociona hablando aparecen, de forma imparable, los tics de pronunciación del hijo de obrero inmigrado, segunda generación. La s y la c mutan en j (escondiendo / ejcondiendo, cosas / josas), el “mierda” brota rotundo, de una forma que solo escuchas en el cinturón industrial de Barcelona (mieeerrrrda; como si te hubieran sepultado en una, de repente), se esfuman todas las d antes de o (dotado / dotao) y Laura vuelve a estar en Terrassa a principios de los noventa, conspirando en algún solar.

Soy fan.
Pero no lo he sido siempre, si he de ser sincero. Por razones expuestas algo más abajo (tomar por afectación lo que era pura normalidad) me costó horrores entrar en el universo personal de Laura Fernández. Una vez lo hice, sin embargo, topé con un alma similar, si bien macerada en otros vapores. Es muy divertido hablar con Laura Fernández. Estamos de acuerdo en una auténtica burrada de cosas, empezando por nuestro amor mutuo y eterno por John Fante. Laura no siente ningún tipo de reverencia por los “barbudos del XIX”, como diría Limónov. Le importa un bledo el canon de la Alta Cultura, serle fiel o no, doblegarse a sus exigencias formativas. Cuando le gusta algo es de forma completamente intuitiva, porque el artefacto en sí hizo sonar alguna nota en su interior. Ama a Kafka y a Batman por razones parecidas
y no establece diferencias entre ambas cosas (y encima no lo hace con subterfugios posmodernos). Los libros le salvaron la vida, de forma harto literal, y siente por ellos un amor y una adoración desesperada que en muchos otros indicaría completa pretensión y afán de darse aires. Laura es el epítome de ex-nerd birria con autoestima bajo mínimos nacido en una época en que ser así aún no era nada cool, y la gente te escupía en los patios. Pero Laura sobrevivió, y por eso escribe libros como La chica zombie.
En La Masia, Laura recoloca su embarazo seismesino para que no incordie, pide una bebida no alcohólica, yo, el perfecto opuesto de la suya, y empezamos a hablar.



Algo que me encanta de tu universo es que no escondes tus aficiones pulp o de cultura popular. Muchos autores vienen del mismo mundo que el tuyo, pero en las entrevistas les sale un tourette canónico de Alta Cultura que suena a disculpa pusilánime. “Por favor, aceptadme, soy un intelectual, de veras”. Me da cierta pena observar ese fenómeno.
Todos los escritores que me han acabado gustando nunca se han tomado en serio a ellos mismos, y uno nunca debe tomarse en serio a sí mismo. Yo escribo porque leí a Stephen King, y nunca lo voy a negar, ni me voy a avergonzar. También puedo decir que me parece fascinante el sexto libro de Manolito de Elvira Lindo, Yo y el imbécil, a nivel de diálogos es una influencia en lo que hago, y también Niños muertos de Martin Amis, que me fascina, especialmente el personaje del Keith Whitehead, el escritor gordo aquel. Devoro compulsivamente todo tipo de lectura, y por mi formación (como es tu caso) autodidacta, cuando cogía libros en la biblioteca de Terrassa los cogía por argumento. Y a la que empecé a afinar la puntería, vi que algunos autores homenajeaban a otros y empecé a encontrar la línea que los unía, y allí me fui abriendo dos caminos: empecé a dejar la lectura compulsiva por argumento y me empecé a asomarme a la lectura que te deja un poso. Yo me leía treinta libros cada verano, cualquier cosa, El Cliente, y lo mismo con películas.

Y te construiste un canon personal. Siempre es mejor cuando un autor tiene un universo personal, especialmente si es coherente y encima está fabricado así, a base de tropiezos y aciertos.
Exacto. Hay novelas que seguramente son malísimas, pero me han ayudado mucho. Ahora leo sobre todo ciencia ficción porque me ayuda mucho a nivel narrativo, por la rapidez argumental. La ciencia ficción va al grano, no se detiene por nada ni explica nada. He aprendido también gracias a series de televisión que tampoco me avergüenza nombrar, como Mujeres Desesperadas, que considero un prodigio a nivel narrativo. Gracias a ella he aprendido a usar la elipsis, la organización de las escenas en mi novela viene de esa serie. En La chica zombie la forma en que se ve lo que el narrador piensa, la diferencia entre el pensamiento previo y lo que realmente dice, es algo sacado de Stephen King. Nunca tengo la sensación de estar haciendo algo original. Yo solo estoy juntando cosas que han hecho antes otros, no me invento nada nuevo.

Francamente, creo que eso es lo que hacen la mayoría de escritores, sin admitirlo. Y luego hay gente (como nosotros) que opina que tienes que dar las gracias a toda la gente que te ha influenciado, como si fueses un rapero enloquecido. No emergemos de debajo de una seta. Existen una formación y unos maestros previos.
Sí, sí. Cada libro que leo es una caja de herramientas de donde saco cosas. ¿Por qué no atribuirle el mérito a tus mentores? Lo mismo que Robert Coover me ha facilitado el uso de las cursivas y la perversidad, Mujeres desesperadas me ha dado la estructura.

Leyendo a algunos autores se nota que no han leído libros con acción, ni novela negra, como tú, porque les parece perfectamente lícito que pasen treinta páginas de reflexión interior donde no sucede nada. En la literatura que cultivamos es anatema que no suceda nada; la acción debe avanzar, los personajes deben ser explicados.
Esto me lo habrá dado el periodismo. Por la ausencia de fuegos artificiales que requiere la disciplina, y también porque tengo muy poco tiempo para escribir, siempre he tenido muy poco y lo que tengo intento utilizarlo lo mejor posible. Por tanto voy al grano y quiero pasármelo bien todo el rato. Durante un año escribí sesenta páginas, las borré, no conseguía encontrar el tono. Y el capítulo con el que ahora empieza la novela (la conversación con la amiga) en realidad era el tercero. Y un día lo vi: aquí está la novela, esto tiene que empezar en este punto. Yo no escribo con esquemas, pero les doy mucha importancia a los personajes, cada personaje tienes que sentirlo como parte de ti. Cada personaje tiene algo de mí. Si no empatizas con un personaje, ese personaje resultará forzado, como en las películas de Almodóvar. Y cuando están forzados, la novela no avanza. Un personaje no puede estar al servicio de la trama; la trama debe estar al servicio del personaje. Lo colocas en una situación, y la trama debe desarrollarse en la manera en que se desarrollaría si el personaje existiese.



Bueno, algunos autores sí logran ponerse en la piel de personajes que no se parecen en nada a ellos. Simplemente no es nuestro sistema.
Sí, pero aunque yo no me parezca en nada a Rigan Sanders, el director del instituto, una parte escondida de mí está allí. Cuando él mira a Velma Ellis, yo siento cómo se siente él, porque alguna vez me he sentido así con alguien. Sé cómo de incómodo puede estar alguien muy gordo, porque he estado embarazada. Siempre he encontrado ese punto de conexión con mis personajes.

Siempre tiene que existir una verdad emocional, que luego disfrazas con narrativa. Ese es el postulado de Harry Crews. Hablamos de lo mismo en mi pasado vermut con El Petit de Cal Eril.
Exacto. La novela puede ir de lo que sea, pero debe contener un sentimiento real; una sensación de asfixia, o lo que quiera contar cada uno.

Cuando a Dennis Potter le preguntaban: ¿Cuál de los personajes de El detective cantante eres tú? Siempre respondía que todos. Todos eran él.
Sí, te distribuyes. Es como una especie de sinfonía, y eso es lo bonito. Todos tienen que tocar una parte de la sinfonía para que el sentimiento emerja al completo.



Por otra parte, cuando dices “A Velma Ellis no le gustaba la poesía. Le gustaban las aventuras galácticas”. Esa sí eres tú, del todo. Solo hay que poner Laura Fernández en lugar de su nombre.
[Ríe] Sí, cada vez más. Hay una época para todo, y después de ser madre, como tienes tan poco tiempo, abandonas el tema de la autoexploración personal y simplemente quieres evadirte, por un lado, y por el otro quieres recuperar la parte niña que hay en ti. Y la recuperas así. Vale: soy mayor para algunas cosas, pero quiero seguir jugando. Y la poesía es algo que leía de adolescente precisamente porque quería ser mayor. Quería pensar en mí como ser humano, e indagar en mi psique... Pero hay una etapa de tu vida en que la poesía queda lejos.

Yo nunca la he tenido cerca, si te he de ser franco.
Yo, en esa época cortavenas y sentida, leía a Silvia Plath y esas cosas, hasta que llegó un momento en que dije: ya está bien de quejarse, ¡pero si la vida es divertida! Se trata de escoger entre mirar la vida de forma dramática o de forma cómica. Es mucho mejor lo segundo. Puedes mirar una desgracia de una forma cómica y reírte un rato, pero si incluso las cosas buenas que te suceden las examinas de forma dramática siempre encontrarás un punto de sospecha, “ahora es cuando me pasa algo malo”. Hay un cambio fundamental en lo que escribía, porque yo llevo escribiendo desde los doce años y he escrito bastantes novelas antes de todo esto. Novelas bastante malas, que gracias a Dios destruí, y que eran muy dramáticas. Pero leí a John Fante y me cambió el chip. Qué coño: ¡pero si uno se puede divertir! La clave de John Fante es que uno no se debe tomar en serio. Arturo Bandini sabe, en el fondo, que no vale una mierda. Cuando lo leí, pensé: soy como este tío.

El peligro de explicar sucesos trágicos de forma trágica es, habitualmente, que uno tiende a ponerse pomposo o solemne. Los ingleses, que en esto son los maestros, saben que uno jamás debe ponerse solemne; es el peor pecado.
Bueno, eso nos lo copiaron de El Quijote [ríe].

Incluso si es así, ellos lo han conservado en su literatura y en España, en cambio, se tiende a olvidarlo. Hay que quitarse gravedad, reírse de todo y primordialmente reírte de ti.
De acuerdo en todo lo que dices.

Hablemos de adolescencia. Mi mujer siempre me dice que escribo porque no cicatrizo bien, y leyendo sobre tus personajes adolescentes se intuye que los dramas y traumas de adolescente tampoco los tienes muy cicatrizados.
Hay un momento de tu vida en que te detienes. Mis personajes (Velma Ellis, o el director) se detuvieron en un momento de su vida, y desde entonces han seguido cometiendo los mismos errores. Y están atrapados en ese yo. Creo que todo lo que sucede en tu adolescencia, que es la etapa más dura de tu vida... [pausa]. Yo no querría regresar a ella jamás. Si me ofreciesen volver a tener quince años diría que una mierda; prefiero tener cincuenta de golpe que volver a aquella edad.

¿Y tener un cerebro de cincuenta con el cuerpo de quince? Eso no estaría mal.
[Suelta una carcajada] Eso estaría de puta madre. Esa especie de magma que eres de adolescente, la gente que conoces, la forma en que te relacionas, eso te marca para siempre. Es la primera vez en que eres adulto de verdad, y te haces una pieza del entramado social. En aquella época yo intentaba ser camaleónica, para no disgustar a nadie y encajar en todas partes, y que nadie te tomara como el marginado, como el apestoso. Y eso lo arrastras el resto de tu vida. De algún modo eres la víctima de tu comportamiento adolescente. No sé si he cicatrizado, pero sí tengo la sensación de que al escribir la novela hay una parte de eso que se ha cerrado para siempre. Para mí, el sentimiento de lo que era el instituto está ahí, siempre que quiera puedo revisitarlo, pero tengo la sensación de haber soltado lastre.

El crimen definitivo que puede cometer una chica adolescente es querer divertirse como los tíos y tener gustos de tío. Al pendón se le puede perdonar, pero a la rara, nunca. Erin Fancher, tu protagonista, parece simbolizar tu propia experiencia.
Totalmente. Yo tuve un trauma, y es algo que he recordado al leer la novela esa de John Irving donde habla del sujetador preparatorio y todo eso, cuando me dijeron que me tenía que poner sujetador. Dije: ¿por qué? [Ríe] Yo quiero correr, esto es incómodo. Y es en ese momento, antes incluso de que te venga la regla, cuando descubres que no puedes ser como los niños, que aunque te hayas criado con ellos y compartas sus costumbres no eres un niño. Y piensas: vale, ahora me tengo que empezar a comportar como una niña. Y entonces te fuerzas por ser como las demás, pero no lo eres. Por eso siempre digo que la música, los libros, la cultura, las colecciones absurdas, se vuelven tus amigos. Son los amigos que estaban allí antes de que llegaran los amigos reales, y estarán allí mañana. Yo pasé por toda esa etapa, y aparte quería tocar la guitarra, quería tener un grupo; pero eso era inconcebible, en mi casa, en el instituto y en el mundo. Tenía la habitación llena de posters de tías tocando la guitarra, para convencerme de que se podía hacer, de que alguien lo estaba haciendo. Ahora que voy a tener una niña lo podré ver, pero creo que es mucho más duro ser chica. Yo quería todo lo prohibido: quería jugar a futbol, para empezar. Cuando logré montar un equipo en el instituto vi que era un rollo como una casa, perdimos todos los partidos, nadie sabía jugar, corríamos detrás de la pelota todas a la vez, pero quería hacerlo. Solo para demostrar que podía. ¿Por qué ellos lo tienen súper fácil, y sus padres les llevan todos los domingos, y yo no? Siempre me resistí a dejar de jugar a partir de cierta edad. Dejé de jugar con muñecos, pero continué escribiendo.



En algunos hombres raros de mi generación la sensación de otredad acababa manifestándose de forma bélica (esto soy yo, y que os den por culo si no os gusta), y en cambio parecía que a las chicas raras no les quedaba más remedio que utilizar el camuflaje social.
Tenías que estar siempre escondiendo que leías libros, o que tocabas la guitarra. Hasta que di el primer concierto nadie lo sabía [ríe]. Todo se mantenía oculto. Yo era como las demás en clase (aunque no vestía como ellas), pero luego tenía una doble vida, otro universo que ya no estaba en aquel instituto. Mantenía mi reputación intacta allí, pero luego era yo misma. Hubiera dado cualquier cosa por tener amigos que escribieran, o a quienes les gustara lo mismo que a mí. Pero, como supongo que te sucedía a ti, cuando vas a un colegio público donde a la gente le importa una mierda el futuro y en general leer, te conviertes en el mono raro.

También realiza uno asociaciones de supervivencia, como se hace en todos los entornos hostiles, basándose en el mínimo común denominador aceptable. En mi pueblo era: ¿Quién se taja de aquí? Vale: tú, tú y tú, seguidme. Nuestro vínculo de gang será tajarnos como monas, y que les den a estos muermos.
[Ríe] En las chicas también se busca el gang, porque de lo contrario te sientes muy sola. Lo jodido es que no me acababan de gustar los ambientes de bar, en Terrassa todo eran discotecas, y cuando encontrabas algún sitio con música un poco guay el ambiente era demasiado kumbayá. Pero en medio de okupas fumando porros me sentía ligeramente más cerca, aunque no fuese exactamente lo mío. La música era agradable, la gente estaba emporrada y decía tonterías. Era más humano. Lo otro era todo tensión.

Eso está todo en La chica zombie. Alguien que vive en un mundo privado paralelo, que juega en su cabeza. Mi hijo mayor me dijo un día, con esa visión preclara y precoz que a veces tienen los niños, que “las ideas eran juguetes de la mente”.
Sí, eran mis juguetes y también mis amigos. Es así de triste. Es tal cual, como en aquella canción de Nirvana. Aunque eso es algo que racionalizas después. Siempre prefiero leer a estar con gente, lo que también es malo. Sigo siendo un poco así. Los libros ya están escritos, y muchos de sus autores ya están muertos: no te pueden decepcionar. Lees sus biografías y te ríes. De acuerdo, era un cabrón, pero tenía su corazoncito [ríe]. Si lo viera ahora le daría un abrazo, me daría igual que tratara mal a sus hijos o fuese nazi, como Hansun.

La clave de eso es la distancia. A los muertos les perdonas cosas que nunca le pasarías a alguien de hoy. Jardiel Poncela era un poco facha, pero hace mucho tiempo de aquello, y tampoco es como si hubiera matado a nadie.
[Ríe] Porque lo que te queda de ellos son los libros. Y el libro es tu amigo. Acabas pensando que un tío que pensaba así, que era capaz de escribir esos libros, en el fondo tan mala persona no podía ser. Vale, pegaba a sus hijos, no sé, no hay para tanto. Se le iba la mano[ríe].

Hace poco le pregunté a Robyn Hitchcock cómo le sentaba haber estado de moda y cero de moda varias veces en un par de décadas (dependiendo si el amor a los años sesenta coincidía con el zeitgeist o no), y me dijo que incluso un reloj estropeado da la hora dos veces al día. Lo tuyo con los zombis parece un caso similar. Tu amor de toda la vida, ahora, por pura casualidad, vuelve a estar in.
He de confesar algo: en realidad no me gustan mucho los zombis. Pero es porque creo que, como los superhéroes, están desaprovechados. Tras Wendolin Kramer leí mucho Los 4 Fantásticos, Spiderman, Capitán América, y están muy desaprovechados. Cuando entra un buen autor en el mundo de Batman, los cómics son muy buenos, pero la mayoría son muy malos. La idea del superhéroe me parece algo muy trágico porque es alguien que renuncia a su vida para salvar a los demás. El escritor es un poco así. Renuncias a vivir para crear ficciones que los demás puedan consumir, y tú eres el que sale perdiendo en ese reparto. Nadie te lo compensa jamás. El superhéroe es, en ese sentido, una figura muy compleja que en los cómics (porque son para adolescentes) solo se toca de forma superficial. No descarto escribir más sobre el superhéroe con problemas. El zombi parece que tiene que ser un tipo sin cerebro, cuando en realidad es una metáfora perfecta de la muerte. Cada uno de nosotros es un muerto viviente. En el caso de Erin, ella es consciente de que está haciendo algo que no le gusta y de que se va a morir igualmente. La visión de los gusanos viene porque no está aprovechando cada minuto de su vida y va a morir, y algún día va a estar criando gusanos. Ese zombi inconsciente me parece mejor idea que el zombi inconsciente de George Romero, por ejemplo, aunque aquel tuvo sentido en el momento que apareció como imagen de la masa consumista que quería devorar al individuo. La segunda de Romero transcurría en un supermercado, directamente. Ahora Walking Dead intenta expresar lo contrario: el zombi manifiesta individualidad en medio de la masa. Se trata de darle esa vuelta más: el zombi es el consciente, y la masa del instituto la inconsciente. Estas figuras clásicas podrían tener muchas más lecturas que las que les damos.



Hablabas de la soledad, que es la parte desagradable de nuestro trabajo. Un autor está solo, por definición. Da igual si eres Hemingway y luego te das de puñetazos con un toro. La faena es solitaria y es inconcebible no pasar la vida sentado escribiendo palabras. No puede hacerse de otro modo.
Ha sido siempre así. Pero creo que has estado solo, y por eso escribes. En mi caso fue así. Yo fui hija única, mis padres trabajaban todo el día en fábricas y llegaban a casa tarde, y yo estaba siempre sola. Te aburres de todo, al final. Primero escribes para huir un poco de esa soledad, y luego buscas a alguien que sintonice contigo al máximo para huir de esa soledad. Por eso todos mis personajes acaban siempre encontrando a alguien que les hace salir del agujero. En todas mis novelas nunca importa el aspecto físico ni de dónde vienes ni si eres hombre o mujer: todos encuentran a otro que les complementa, que les entiende a nivel interior. La empatía sobre lo que te sucedió de niño, por ejemplo, es la base de cualquier relación duradera y del amor en sí. El amor real y la empatía máxima.

Es celebrable que tu extenso catálogo de traumas infantiles y heridas adolescentes se transforme en narrativa sin amargura ni melodrama.
Cada uno intenta vivir su vida como algo que le ha tocado. Eso es típico de la adolescencia, pero la mayor parte de las cosas realmente duras que te suceden en la vida las vives con resignación. La sensación de batalla diaria, de que no existiese un mañana, cómo volveré a casa, me hablará este o aquel otro, me pegarán a las cinco... En aquel momento lo vives como: es lo que hay. Yo a los doce era bastante gorda, y algunos me llamaban gorda, fofa. Yo les decía: ¿Qué te crees, que no lo veo, idiota? Y al final la risa a mi costa se transformaba en risa hacia el idiota que me había insultado. Es un arma para que nada duela tanto, y en literatura sucede igual. Que los personajes se rían de ellos mismos.

Tener un alter ego (sea obvio, como los de Fante, o camuflado) es una buena forma de mostrar tu trocito peor, tu parte más mezquina o dañada, sin los embellecedores que serían la consecuencia lógica de una autobiografía.
Yo tengo un alter ego, la escritora Robbie Stamp. En La Chica Zombie aparece solo como autora del libro que lee la protagonista, pero en el próximo libro tendrá un papel mayor. Ese es el personaje que tengo más tendencia a intentar embellecer, porque es obviamente yo, pero también acaba quedando bastante decadente. La forma en que crea es la forma en que yo creo. En el caso de los otros, la parte mezquina está bien repartida. Puedo hablar por boca de Shirley Perenchio porque yo también he participado en bullying a gente; sé lo malo que puedes llegar a ser y cómo puedes humillar a la gente.

De hecho te comportas de forma más vil cuando no eres el sujeto Alfa, sino el que está en el último eslabón de la cadena alimenticia, y de repente alguien se sitúa por debajo tuyo. ¿Quién está peor que yo aquí? Solo ese. A por él.
[Ríe] Tengo grabada en la mente una escena en un lavabo en que hice llorar a una chica, que además era mayor que yo. No sé qué le dije, pero la recuerdo allí, llorando en una esquina del lavabo. Horrible. Por otro lado, aquello para mí representó una especie de triunfo. Pero vaya: hemos sido malos, hemos sido buenos... Al final acabas siendo bueno, porque eres idiota [ríe].



Sobre tu estilo: me costó entrar en él por una concepción errónea. Yo veía tu escritura como afectación, cuando ahora la veo como naturalidad. Una naturalidad que viene de tu universo (cómics, aventuras, pulp...) y que provoca que tus personajes hablen como malas traducciones españolas de obras americanas.
Yo digo “demonios” a menudo, y mi novio también. Mi hijo dice “maldita sea”. Somos una familia bastante rara, porque creo que leemos más que vivimos [ríe]. Pero sí, es verdad: he leído ingentes cantidades de novela anglosajona traducida, y podría contar con los dedos de una mano las novelas españolas que he leído por voluntad propia (no para reseñar). Hasta que empecé a trabajar como periodista no había leído a autores españoles. De los que te obligaban a leer en el instituto, la única que me gustó realmente fue La colmena, y solo por la cantidad de personajes que aparecían. Y al mismo tiempo leías a Stephen King y te decías: esto mola mucho más. Para hacer mi universo creíble, y para creérmelo yo misma (porque soy mi primera lectora) tienen que hablar así, se tienen que llamar de esa manera. No pueden tener nombres reconocibles aquí, porque a mí no me sugiere nada un nombre como Paco, aparte de recordarme a gente que conozco. Para mí todo tiene que ser cartón piedra. En Mujeres desesperadas las protagonistas viven en un pueblo ficticio llamado Wisteria Lane, que representa todos los barrios residenciales que están en las afueras de ciudades importantes. Me gusta crear ese escenario de cartón piedra donde se mueven estos personajes, que son mis muñecos. Pueden escuchar a No Doubt, que sí existen, pero solo porque yo quiero hablar de los noventa, la época en que transcurrió mi adolescencia y que, por lo tanto, conozco a fondo. No sé cómo es la adolescencia hoy, o cómo era la de los años cincuenta. Para anclar la historia a la realidad puedo utilizar ese referente mundial. En Wendolin Kramer lo pasé bastante mal precisamente porque me dijeron que, al ser novela negra, debía estar ambientada en Barcelona, con sus auténticos nombres de calle y de persona.

Pero La chica zombie tampoco pasa en Estados Unidos. Pasa en ninguna parte y en todas, como un capítulo de La dimensión desconocida.
Para eso me fijé mucho en Kafka. Quizás el castillo sea el castillo de Praga, pero también podría ser solo un castillo. Viviendo en un barrio de mierda de Terrassa yo podía imaginar cómo era aquel castillo y por qué significaba tanto que le invitaran a él; no me hacía falta haber vivido en Praga, ni conocer su situación política. Odio las novelas sociales.

Cuando oigo hablar de novelas en que “la ciudad es otro personaje”, salgo corriendo y no me detengo hasta haber cruzado la frontera.
Lo importante de las novelas son los personajes, no el escenario. Cuando lo es el escenario, el recurso se transforma en atadura. Además, me apetece hacer guiños como el del instituto Robert Mitchum o la calle Heller, por Joseph Heller.

La chica zombie tiene trazas de Kurt Vonnegut o Richard Brautigan, dos de mis autores favoritos. ¿Qué crees que te han dado esos dos escritores? La voz infantil, quizás.
Sí, la voz infantil, para empezar. Estoy con Vonnegut cuando dice que el mundo sería un lugar mejor si todos tuviésemos la honestidad de un niño de diez años. Aparte que Vonnegut escribía para extraterrestres, como en Desayuno de campeones, cuando explica de dónde viene cada elemento: esto es una vaca, esto es una hamburguesa... Me encanta ese recurso. Trata al lector como si realmente fuese un bebé que sale del cascarón y tiene que darle toda clase de explicaciones. De Brautigan, tomé el humor absurdo; cuando leía el capítulo de Un detective en Babilonia que se titula “Es de noche, está oscuro”, o un capítulo donde todo el texto es “hola”. Es un humor raro, pero muy natural. Lo de la tipa que bebe mucha cerveza y no va a mear le da también un punto de inquietud y misterio. Juega con la imprevisibilidad. Que pueda pasar cualquier cosa en una novela que, hasta ese momento, hablaba de cosas más o menos creíbles. Te recuerda a cuando eras niño y te creías cualquier tipo de cosas. Yo lo digo y va y pasa: eso es para mí escribir ficción.



Il·lustració de portada: Carlos Leoz
Fotografies: Lluís Huedo
Text: Kiko Amat
Correcció: Joanaina Font

1 comentari:

Zana ha dit...

Le mola estifen king, recibió buliin y a su vez humilló a otra chica, pero al final te haces bueno porque eres tonto. Ah, y el pulp y el decir "mierda"

Pues vaya plan. Casi mejor el caracangrejo de la" nocilla experience", el que copia al de "hablemos de langostas"

O ninguno.